LA HABANA.- Los 40 años de haberse producido el mayor éxodo que recoge la historia en el hemisferio occidental ha visto mermada la magnitud de la conmemoración que amerita el acontecimiento por un suceso universal que sorprendió a todos y aunque no queramos, trasformó nuestras sociedades, la epidemia del COVID-19.

Sin embargo, las cuatro décadas transcurridas del éxodo de Mariel no han pasado por alto, muchos menos para quienes protagonizaron ese emblemático episodio que sentó las bases de un antes y un después tanto para Cuba como para el sur de la Florida, el principal escenario del impacto que significó la llegada de unos 125.000 cubanos.

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El laureado compositor Jorge Luis Piloto Alsar (Cárdenas, Matanzas, Cuba, 1955), es uno de quienes llegó a través del puente marítimo de Mariel y contó en exclusiva su experiencia para Diario Las Américas, como parte de la más grande oleada migratoria que se ha producido en el castrismo.

- Cómo era la vida de Jorge Luis Piloto en La Habana de finales de los años 1970

En agosto de 1978 terminé el servicio militar, que en mi caso fue de más de tres años porque me pidieron quedarme tres meses más para participar en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes que ese año se celebró en La Habana.

Formaba parte de una agrupación musical dentro del EJT (Ejército Juvenil del Trabajo) que se llamaba Habana 75, por el año en que se fundó el grupo. La última actividad donde tocamos en el Festival fue en el barco El Pinero, que hacía el trayecto de Batabanó a Nueva Gerona, Isla de Pinos. Entre otras delegaciones juveniles, viajaban las de Finlandia, Suecia y Francia y fue la razón por la cual, a partir de esa fecha, a Isla de Pinos le cambiaran el nombre por el de Isla de la Juventud.

Al recibir mi baja del servicio militar, traté de trabajar en lo que sabía, que era en la música, pero me dijeron que no necesitaban más músicos, a pesar de haber participado en el Adolfo Guzmán, el más importante concurso nacional para compositores que entonces había en el país, y con la canción "Decir tu nombre" había ganado el premio que otorgaba la revista Bohemia. Pero en Cuba nunca pude dedicarme profesionalmente a la música y terminé trabajando en una fábrica de carbón mineral de la industria sidero-mecánica, en El Cerro. Allí trabajé en un almacén hasta el día en que me fui por el Puerto del Mariel en 1980.

-¿Cómo recuerdas aquellos días?

Los recuerdo muy vívidamente, pues debido a los acontecimientos de la Embajada de Perú, en la barriada habanera de Miramar, el gobierno de Fidel Castro abrió el Puerto de Mariel e invitó a todas las personas que residían en Estados Unidos, ir al Mariel en una embarcación y llevarse a todos los miembros de su familia que quisieran irse.

Estaba casado, y el tío de mi esposa llegó al Mariel y nos reclamó. Éramos nueve personas: sus padres, su hermano y su esposa, su sobrino con su esposa y su hija de tres años, su sobrina y su esposo, que era yo. Para nuestra sorpresa, solo autorizaron la salida de seis personas, entre ellos yo, y dejaron a mi cuñado con su esposa y su niña, que no pudieron salir hasta el mes de agosto. Nosotros nos fuimos antes, el 16 de mayo.

Recuerdo que en la noche del sábado 10 de mayo, vísperas del Día de las Madres, llegaron dos militares a la casa y nos dijeron que teníamos que presentarnos al día siguiente, a las 7 de la mañana en el Círculo Social Gerardo Abreu Fontán, en la Playa de Marianao. Aquel sábado por la noche, los pocos familiares y amigos que sabían que en cualquier momento nos iríamos, vinieron a despedirse, entre ellos mi madre y mi hermano. Enseguida en el barrio se dieron cuenta de que nos íbamos y trataron de organizar un acto de repudio, pero la presidenta del CDR (Comité de Defensa de la Revolución), les sugirió hacerlo al otro día. Les dijo que nos teníamos que ir al mediodía del domingo, nunca les dijo la verdad, de que nos iríamos esa madrugada. La amistad pudo más que la posición política. Siempre se lo agradecimos.

Al llegar al Fontán, me doy cuenta de que no había llevado la baja del servicio militar y me quisieron devolver, pero alguien me preguntó dónde había pasado el servicio, quiénes eran mis superiores y otras indagaciones. Hizo una llamada y me pude quedar, otro milagro. En el Fontán pasamos seis días. Solo nos podíamos llevar lo puesto. La comida teníamos que comprarla, una cajita al día por persona, con arroz blanco y algo que parecía pescado. Pasamos hambre. Un día no comí nada. Cuando comíamos un poco más era por la caridad de otros que estaban esperando la salida como nosotros y habían llevado dinero.

-¿También estuvieron en el campamento El Mosquito?

Sí. El viernes 16 de mayo nos pasan al Mosquito [en la provincial habanera de Artemisa], el lugar más tétrico e intimidante que he visto en mi vida. Estaba cercado por una alambrada muy alta, con garitas con soldados apuntando con ametralladoras de grueso calibre, también había montones de soldados con perros pastores alemanes. Los perros se los echaban a la gente cuando se producían disturbios por la comida, que nunca alcanzaba para todos. Ahí me encontré personas que llevaban muchos días esperando. Nos tenían separados por grupos: Testigos de Jehová, Presos Políticos y Familiares, que era el nuestro, y otros que no recuerdo.

No quiero dejar de mencionar dos incidentes terribles. Cuando nos movieron del Fontán para El Mosquito, empezaron a llenar una guagua a partir de los últimos asientos hacia los primeros. Mi esposa y yo éramos los últimos de la fila y nos tocó sentarnos en el asiento frente a la escalera de la guagua, donde se paró un soldado con un rifle AK. Al ver a mi mujer le dijo al chofer: "Mira el flaco de mierda ese, el tronco de jeva que se lleva para meterla a puta allá en Miami". Mi soberbia y reacción fue inmediata, pero mi suegro, que estaba detrás de mí, me agarró por el hombro y me dijo: "No digas nada, te quiere provocar". El soldado respondió: "Que diga algo, que se va a ir sin dientes".

- Han pasado cuarenta años y el régimen sigue usando los mismos métodos contra quienes piensan diferente, maltratando a su propia gente, violando sus derechos civiles y ciudadanos.

Fue lo más humillante que he vivido, pero no fue todo. Al bajarnos en El Mosquito nos registraron y me encontraron en el bolsillo de mi camisa una foto tamaño pasaporte de mi madre. Me la rompieron en la cara, mientras una mujer me decía: "No te puedes llevar nada". Todavía me pregunto cómo un sistema puede sacar lo peor de los seres humanos. Le da poder y algunos beneficios a determinados cubanos y le salen sus verdaderos colores.

[En el año 2002, durante un viaje por varios países europeos exsocialistas (Hungría, República Checa, Eslovenia y Polonia), Piloto rememora que la visita al campo de concentración de Auschwitz le recordó El Mosquito, por su hacinamiento y sus literas. Prosigue su relato]

Para suerte nuestra, solo estuvimos unas horas en El Mosquito y de ahí fuimos al Mariel y abordamos el barco, un camaronero nombrado Golf Star. Con el tiempo, supe que éramos 478 personas, nos metieron como sardinas en lata, no había lugar donde sentarse. Me subí al techo y allí encontré un lugar al lado de un hombre negro, recién sacado de la cárcel. Había muchos delincuentes y varios enfermos mentales, quienes también estaban muy nerviosos.

A las pocas horas de salir, comenzó una tormenta terrible, no llovía, pero como había luna llena, se veía muy bien. Las olas caían sobre el barco, barriendo el vómito de todos los que estábamos allí, mareados. Algunos cayeron al mar, luego me dijeron que fueron cinco, pero yo recuerdo haber visto solo a dos, que no se pudieron salvar, era imposible.

En medio de esa tormenta, el moreno, que estaba lleno de tatuajes, me pregunta: “¿Blanquito, de dónde eres?". "De La Habana", respondo. Entonces él me pide: "Si yo muero y tú te salvas, busca a mi madre que se llama (me dijo el nombre, pero lo he olvidado), que vive en la calle Hospital, en el barrio de Cayo Hueso, y dile que mi último pensamiento fue para ella". Solo comenté: "De ésta, los dos vamos a salir vivos". Y así fue. Cuando me decía eso no se le veía miedo en la cara. Nunca más lo volví a ver, pero nunca lo he olvidado

A Cayo Hueso, Florida, llegamos el sábado 17 de mayo a las 3 de la tarde. La sed me mataba. Cuando me bajé del barco, a los marines les decía Please, Water! Y me dijeron: "Toma esto que es mejor". Era Gatorade. Había llegado a la tierra prometida.

Juré nunca regresar a Cuba y hasta hoy lo he cumplido. De la isla saqué a mi madre, recientemente fallecida, a mi único hermano y a un primo que actualmente vive en Las Vegas. En Estados Unidos logré mis sueños, tuve un hijo y vivo de mi música.

Veinte veces nominado a los Grammy Latino, Jorge Luis Piloto, ganó el primero en 2009 con la canción "Yo no sé mañana", coescrita con Jorge Villamizar e interpretada por Luis Enrique. En 2010 la Sociedad de Autores Americanos (ASCAP) le entregó el premio Golden Note por sus 25 años de carrera y por su aporte musical al repertorio hispanoamericano. Entre los artistas que han grabado temas suyos o en coautoría con otros compositores se encuentran Celia Cruz, José José, Gilberto Santa Rosa, Mariah Carey, Carlos Vives, Christina Aguilera, Tito Nieves, Rey Ruiz, Olga Tañón, Marta Sánchez, David Bustamante, Tamara y Luis Enrique.

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