MIAMI.- Uno de los episodios más trascendentales de la historia moderna, que dio paso al fin de la era identificada como de la Guerra Fría, arriba a su 30 aniversario. Con el derribo del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, desapareció lo que también era conocido como el “muro de la vergüenza”, que mantuvo a Alemania dividida en dos naciones antagónicas.

Al finalizar la II Guerra Mundial, tras el triunfo de las tropas aliadas sobre el régimen nazi y la consecuente división de Alemania, Berlín también quedó fraccionada en cuatro sectores de ocupación. Las tres áreas occidentales (estadounidense, francesa y británica) pasaron a llamarse República Federal Alemana (RFA) y el sector oriental (soviético) se convirtió en la República Democrática Alemana (RDA).

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Las tensas relaciones que primaban entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y que marcaban la división del mundo en dos sistemas, liderados por las dos potencias, provocaron que en 1961 los soviéticos decidieran construir un muro para evitar las influencias de Occidente en el territorio alemán que ellos controlaban.

La estructura de hormigón dividió a la ciudad de Berlín y su población durante casi tres décadas. Se trataba de un muro de 120 kilómetros de longitud y unos 3 metros de altura, que se fue reforzando a lo largo de los años para lograr una más estricta “vigilancia” y evitar fugas desde el lado Oriental (RDA).

Construcción del muro

La economía insolvente de la RDA, bajo el mando soviético, y la floreciente Berlín occidental, con Estados Unidos a la cabeza, hicieron que hasta 1961 alrededor de tres millones de personas dejarán atrás la pobreza que les imponía el socialismo para adentrarse en el capitalismo.

Cuando la RDA se percató de esa pérdida de población, especialmente profesionales de altos perfiles, la noche del 12 de agosto de 1961 el mando soviético decidió levantar un muro provisional, cerrar 69 puntos de control y solo dejar abiertos 12.

Resulta evidente que la RDA temía despoblarse y que el principal “coladero” para quienes querían huir al “mundo libre” era la “frágil división” entre los sectores este y oeste de Berlín.

A la mañana siguiente — un domingo—, los berlineses despertaron con la novedad de que se había colocado una alambrada provisional de 155 kilómetros que separaba las dos partes de la capital alemana. Por tanto, los medios de transporte se vieron interrumpidos y también el paso de un lado a otro de la ciudad.

Diez mil soldados habían salido a las calles en medio de la noche, ataron alambre de púas a postes y levantaron barricadas de hormigón. Hubo esposas que quedaron separadas de sus esposos, hermanos de sus hermanas y hasta bebés recién nacidos apartados de sus madres, según testimonios.

Más tarde, comenzó la construcción de un muro de ladrillo y las personas cuyas casas estaban en la línea de la obra fueron desalojadas por militares que imponían su voluntad.

El Muro de Berlín acabó por convertirse en una pared de hormigón de entre 3,5 y 4 metros de altura, con un interior formado por cables de acero para aumentar su resistencia. Cruzarlo se convirtió en un duro reto para muchas personas.

Cruzar el muro

Una vez erigido el muro, millares de personas intentaban huir del lado oriental para buscar mejores condiciones de vida en la RFA, cuya economía seguía mostrando mejores números que el sector soviético, que continuaba en un franco proceso de deterioro.

Con el paso de los años, la prensa de entonces reportó muchos intentos de escape, algunos con éxito, otro no. A raíz de esto, el muro fue ampliándose hasta “límites insospechados”, con el propósito de aumentar su seguridad.

Se creó entonces la llamada “franja de la muerte”, formada por un foso, una alambrada, una carretera para el tránsito de vehículos militares, sistemas de alarma, armas automáticas, torres de vigilancia y patrullas acompañadas por perros adiestrados para atacar las 24 horas del día.

Tratar de escapar, acorde con reportes de prensa, era similar a “jugar a la ruleta rusa”. Aun así, entre 1961 y 1989 más de 5.000 personas trataron de traspasar el muro y más de 3.000 fueron detenidas. Alrededor de 100 personas murieron en el intento.

La caída del muro

Después de 28 años, las políticas reformistas puestas en marcha desde que llegó al poder el líder soviético Mijaíl Gorbachov se tradujeron en la decisión de abrir, poco a poco, las fronteras de la RDA.

La caída del muro vino motivada por la apertura de fronteras entre Austria y Hungría en mayo de 1989, ya que cada vez más alemanes viajaban a Hungría para pedir asilo en las distintas embajadas de la RFA.

Este hecho motivó enormes manifestaciones en Alexanderplatz que llevaron a que, el 9 de noviembre de 1989, el Gobierno de la RDA, a través de su vocero en una breve rueda de prensa, anunciara que el paso hacia el oeste estaba permitido.

Ese mismo día, miles de personas se agolparon en los puntos de control para poder cruzar al otro lado y nadie pudo detenerlos, de forma que se produjo un éxodo masivo. Jóvenes, con martillos e improvisadas picas en las manos, mostraban su alegría desde lo más alto del muro, mientras derribaban trozo a trozo la enorme muralla.

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