Por lo visto, la amistad entre Barclays y Carlos Espada estaba condenada a la brevedad: aunque intensa, no supo durar más de ocho años.

Se conocieron en el diario conservador La Prensa. Eran muy jóvenes: Espada tenía veintidós años, Barclays contaba apenas diecisiete. Espada era editorialista del diario. Escribía la opinión del periódico. A tan precoz edad, era un ideólogo conservador. Se graduó con honores como abogado. Estudió en la academia diplomática. Junto con Barclays, trabajó como entrevistador en un canal de televisión.

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Hijo de españoles, Espada vivía en una mansión, una suerte de castillo decadente cuyos salones más vistosos exhibían armaduras antiguas con el esqueleto y el armazón completos, trofeos de caza y objetos de guerra: fusiles, bayonetas, cascos, botas, uniformes, cantimploras. Su padre había peleado en el bando fascista en la guerra civil española. Decían que era ducho disparando armas de fuego. Decían que había matado a dos o tres intrusos en su mansión.

Barclays tenía miedo de ir al castillo de apariencia medieval en que vivía su amigo Carlos Espada porque cuatro perros dóberman, entrenados para matar, lo miraban con hostilidad y tenían que ser sujetados por Espada y el jardinero, pues parecían impacientes por morder al visitante. Además de abogado, diplomático y periodista, Espada quería ser también un escritor. Estaba escribiendo una novela. Barclays se sentaba en uno de los salones y Espada le leía pasajes de su novela. La lectura pomposa de su amigo penetraba como un sedante o un hipnótico en Barclays, quien tenía que hacer esfuerzos para no quedarse dormido.

Tras cursar una maestría en Washington y vivir un par de años en Madrid, Carlos Espada decidió pasar una temporada en Miami y fue entonces cuando acabó enemistándose con Barclays. Jugaron un partido de tenis. Era de día. Un sol impiadoso se ensañaba con ellos. No eran demasiado buenos ni demasiado malos jugando al tenis. Fue un partido reñido. Carlos Espada se enojaba a gritos cuando Barclays cantaba que la pelota había caído fuera de la cancha por unos pocos centímetros. Barclays no hacía trampa, pero Espada pensaba que su amigo estaba dando por malos unos golpes que en verdad eran buenos y por tanto estaba robándole el partido. Espada protestaba, gritaba procacidades, se enojaba cada vez que Barclays daba por mala una pelota y se adjudicaba el punto. Barclays pensaba: qué mal perdedor es Carlos. A su turno, Espada pensaba: este pícaro de Barclays es un tramposo consumado, me va a robar el partido el muy cabrón. Lo que comenzó como un juego cordial entre amigos acabó como una guerra. Barclays ganó el partido. Espada se negó a darle la mano, recogió sus cosas y le dijo:

-Nunca más voy a jugar tenis contigo. Eres un tramposo. Me has robado el partido.

En efecto, no volvieron a jugar tenis. Pero tampoco volvieron a llamarse por teléfono ni a verse en modo alguno. Por culpa de las picardías de Barclays o las paranoias de Espada, la amistad concluyó aquella tarde, en esa cancha de tenis, en un partido completamente irrelevante.

Dos o tres años después, Barclays publicó una novela confesional, No se lo digas a nadie, recreando la vida atormentada de un joven de familia conservadora, madre beata, padre pistolero, que sufría por encontrar su identidad en medio de unas pulsiones eróticas ambivalentes y una marcada afición a los sicotrópicos. Era, por supuesto, su vida, o la vida que él creía haber vivido, la vida que recordaba, la vida que por tanto se había inventado o había fabulado. Fue entonces cuando perdió la amistad que había forjado, diez años atrás, en el diario La Prensa, con el poeta Federico Salcedo, hijo del director del periódico, brillante pensador liberal.

Federico Salcedo era un personaje literario y Barclays habría de retratarlo o desdibujarlo o caricaturizarlo años después, cuando escribió una novela recreando sus años de iniciación en el periodismo, Los últimos días de La Prensa. Asiduo visitante de cantinas y burdeles, amante de las putas a las que escribía sonetos conmovedores, mujeriego indesmayable, Salcedo acogió a Barclays como un hermano menor, lo inauguró en bares y meretricios, le leyó la poesía de Borges y Vallejo, le enseñó a peinarse con raya al medio, ya no al costado, y, en un viaje que hicieron juntos para participar de un congreso de periodistas, que en realidad más parecía un aquelarre de borrachos, le enseñó a hacerse el nudo de la corbata. Fue entonces como un hermano mayor para Barclays, o como un padre sustituto, pues Barclays odiaba a su padre y procuraba no verlo.

Cuando salió la novela de Barclays, ya este se había marchado a vivir en Washington, donde la escribió, y luego en Miami, donde consiguió un trabajo en la televisión. Barclays llevaba años sin ver a Federico Salcedo, quien, quebrado y ya desaparecido el diario La Prensa, se convirtió en el presentador estelar del noticiero matinal de un canal de televisión. Una mañana, Federico y su coanimadora o copresentadora de las noticias, una mujer llamada Sol, mostraron el libro de Barclays y lo comentaron. La mujer, con gesto de asco o desdén, dijo que el libro era una inmoralidad, una inmundicia, un atentado contra la salud moral de los jóvenes de la república. Debido a ello, aconsejó enfáticamente no leerlo, ignorarlo, darlo de baja. Menos incendiario, Federico dijo que el libro le parecía una cosa minúscula, un artefacto menor, prescindible:

-Parecen las memorias de un mosquito -dijo, en tono burlón.

Cuando Barclays se enteró de que su amigo de bares y burdeles había rebajado tan desdeñosamente su novela, sintió una pena muy grande y, en cierto modo, dejó de quererlo como lo había querido en el periódico, en las noches libidinosas, espirituosas, que habían compartido.

Quien sí elogió ese libro de Barclays, y sobre todo el siguiente, Fue ayer y no me acuerdo, en sendos artículos publicados por el ABC de España, fue su amigo Álvaro García Ribeyro, hijo del famoso escritor, a quien conoció también en el diario La Prensa. Álvaro García Ribeyro era un año menor que Barclays y había vivido en el mundo: en Londres y en París, en Barcelona y en Madrid, en Nueva York y en Lima. Era inteligentísimo, aun más inteligente que su padre, y había decidido ser un escritor de no ficción, un escritor de ensayos, de textos periodísticos, de historia. Le cabía el mundo en la cabeza y se mudaba de una ciudad a otra como si fuese la cosa más fácil de llevar a cabo. En la campaña presidencial de su padre, Álvaro García Ribeyro ofició como jefe de prensa y portavoz. Barclays se mudó de regresó a Lima, estrenó un programa de televisión y apoyó resueltamente la candidatura del escritor García Ribeyro. Cuando el escritor perdió las elecciones, Barclays y su amigo Álvaro volvieron al exilio o recuperaron su libertad.

Barclays le cedió entonces a Álvaro un programa de televisión que hacía en Santo Domingo. Decidió ser un escritor contra viento y marea. Álvaro lo apoyó con gran determinación, consiguiéndole editores en Barcelona y publicando sus críticas elogiosas en el ABC. Cuando se encontraban en Madrid o en Miami, en Washington o en Barcelona, la tradición mandaba ir al cine y salir a cenar. Tenían una clara vocación política, pero, al mismo tiempo, no querían ser políticos profesionales. Preferían ser periodistas, escritores. Álvaro era un amigo generoso: hospedó a Barclays en su piso en Madrid, en su casa en Washington. Fueron buenos amigos largos veinte años o poco más. Nada hacía presagiar que se pelearían y acabarían siendo enemigos o adversarios.

El pleito sobrevino cuando Barclays firmó una temporada con un canal de televisión, para presentar un programa los domingos. El dueño del canal, Jacobo Izner, era uno de los peores enemigos de Álvaro García Ribeyro. Se habían peleado pocos años atrás, por unas intrigas políticas, por cosas desprendidas del ego o la vanidad. Cuando ese empresario de televisión, Izner, le propuso a Barclays hacer el programa los domingos, Barclays sintió que debía consultarlo con su amigo Álvaro para estar seguro de que este no se sintiera agraviado o traicionado.

-Sácale toda la plata que puedas a esa rata -le dijo Álvaro, aprobando que Barclays trabajara una temporada para uno de sus peores enemigos.

Meses después, Barclays le pidió a su productora que invitase a Álvaro al programa. Al parecer indignado, Álvaro le respondió:

-No voy a pisar el canal de esa rata. Y dile a Barclays que es una vergüenza que trabaje para la rata de Izner.

Sorprendido, Barclays le escribió a su amigo, pero no obtuvo respuesta. Álvaro García Ribeyro se negó una y otra vez, con creciente indignación, a concederle una entrevista a Barclays. La amistad entró entonces en crisis, se vio súbitamente amenazada por esa tensión. Barclays pensó: Cómo puede Álvaro negarme una entrevista, si somos amigos hace veinte años. Álvaro seguramente pensó: Cómo puede Barclays trabajar para la rata de Izner, si sabe que es una rata inmunda, traidora: Barclays, por lo visto, se vende al mejor postor, y no es una rata, pero sí un ratón, o un pericote.

Nunca más se vieron, ni se hablaron, ni se escribieron Álvaro García Ribeyro y Barclays. Dos o tres años después, aun ofuscado por lo que consideraba un desaire que le había hecho su amigo Álvaro, Barclays escribió una columna periodística afiebrada, llamándolo “cabrón de mala entraña”. Si había una remota posibilidad de que se reconciliaran, aquella columna ponzoñosa acabó por destruirla.

El último de los viejos amigos de La Prensa que terminó peleándose por Barclays, y por periódico, fue el brillante abogado criminalista Enrique Garzón. En los tiempos del periódico, Garzón era editorialista, ideólogo, conspirador. Luego se convirtió en un abogado poderoso. Fue brevemente diputado. Tenía una oscura fascinación por el poder, por los poderosos, aun si estos eran rufianes o pendencieros. Cínico delicioso, alguna vez le dijo a Barclays:

-Yo vivo de lavar los inodoros de los ricos.

Todos los problemas legales que tuvo Barclays, y hasta los que tuvo el padre de Barclays, los resolvió, ganando siempre, por supuesto, el astuto y maquiavélico Enrique Garzón. Barclays le debía gratitud y lo admiraba. Garzón pensaba que Barclays, famoso por la televisión, podía ser un buen político, un buen candidato presidencial. Ya peleado Barclays con Carlos Espada, con Federico Salcedo y con Álvaro García Ribeyro, el calculador Enrique Garzón se atrevió a seguir confiando en el díscolo Barclays, eligió acaso imprudentemente continuar siendo su amigo. Diseñaron con sigilo una operación política para capturar el poder. Enrique consiguió el partido político, los padrinos, los dineros, todo. Barclays dio el sí y lo anunció en televisión. Barclays insistió en que Enrique le ofreciera una de las vicepresidencias al poeta y periodista de las mañanas, Federico Salcedo, pero este rechazó enfáticamente el ofrecimiento, de modo que Enrique se apuntó como vicepresidente. Todo estaba dispuesto para que Barclays ganase las elecciones y Enrique Garzón gobernase en las sombras, mientras Barclays dormía o se administraba sicotrópicos. Pero una cena, un chisme en una cena, un amigo infidente que contó un chisme en una cena, acabó por dinamitar la amistad entra Barclays y Enrique Garzón y la operación de ambos por capturar el poder.

En una cena entre políticos y empresarios poderosos, a la que Barclays no acudió, porque se jactaba de no hacer vida social, Enrique Garzón al parecer dijo, tratando de hacer reír a los comensales:

-El problema con Barclays es que es un hombre con cerebro de mujer.

Días después, unos de los asistentes a esa cena, un periodista chismoso, publicó una columna revelando que Enrique Garzón decía o denunciaba: “BARCLAYS TIENE EL CEREBRO DE UNA MUJER”.

Fue así como Barclays se enteró de que Enrique Garzón no era un amigo del todo leal, o del todo confiable. Le escribió un correo. Le preguntó si había dicho lo que el periodista chismoso le atribuía. Enrique Garzón lo negó todo. Pero Barclays no le creyó:

-Nuestra amistad ha terminado -le escribió, rencoroso.

Como Enrique y su esposa eran bastante obesos, Barclays, en venganza, escribió una columna biliosa, llamándolos “elefantiásicos”.

Tristemente, Barclays perdió a un amigo más de los tiempos de La Prensa, uno que, mal que mal, le había durado casi treinta años.

Por un partido de tenis amañado, por un comentario mezquino vertido en televisión, por unos rencores incurables, por un chisme venenoso, Barclays perdió a cuatro de sus mejores amigos. No en vano acabaría escribiendo un libro titulado Los amigos que perdí.

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