Hay un ennegrecido crucifijo sobre la mesa. Tiene toda la Cuaresma en la mirada tiznada, no sé si por el paso del tiempo o por la estación penitencial que atravesamos. Tengo también un montón de papeles con cosas por hacer. Y una postal de la Toscana cubierta de polvo. Añoranza de un abrazo de vino Chianti y espigas doradas que tardará en regresar. Resbala por mi cuaderno la vieja estilográfica de cuando escribo en casa. Aquí estoy, cual monje medieval en su celda. Encerrar a un cronista es como limarle los dientes a un tigre. Tibia luz en el escritorio, mediada copa de vino purgativo, y un descanso del frenético goteo de cifras de muerte. Un instante de clarividencia con la mirada empañada en la postal italiana. La extraña sensación de melancolía al confirmar que el mundo que conocimos comenzó a escaparse ayer por el desagüe de la Historia. Y nunca va a volver.

No hace tanto –a Dios se lo ruego mesándome unas canas– vimos arder las Torres Gemelas. Entonces supimos que nuestro planeta no volvería a ser el mismo. La paz tendría otro nombre y otro precio desde el 11-S. Y nuestro bienestar. Y la guerra. Y la economía. Y la vida social. Y el turismo. Todo.

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Ayer, cuando la OMS declaró pandemia la crisis del coronavirus quedó certificado lo que era ya un secreto a voces. Sabemos que la gravedad es extrema, que el mundo se irá adormeciendo poco a poco, que la vida social que tanto hemos disfrutado se esfumará, que nuestras economías sufrirán un golpe que en algunos casos será de muerte. En su lugar, será la abrumadora cercanía de la muerte y la enfermedad lo que marque nuestras vidas durante meses. La misma sociedad que alejó los cementerios de las ciudades para no amargar sus placeres con el rostro severo de la muerte, recibe de nuevo su enlutada visita en el salón de casa. Y con ella, es inevitable, las grandes preguntas de la existencia. No hay mal que por bien no venga.

Lejos de cualquier afán contemporizador, admitamos que estamos en guerra. La generación sin tragedia, la que lo sabía todo de derechos y jamás había escuchado hablar de obligaciones, la que ha dado asiento a toda frivolidad bendecida por el pensamiento mágico, la que ha tildado de “emergencia” cualquier estupidez contingente, de pronto, contra todo pronóstico, ya tiene aquí su verdadero drama. La guerra y posguerra que sufrieron nuestros abuelos y bisabuelos está aquí. Una guerra mundial… contra un bicho diminuto.

En cierto modo, parece una contienda adaptada a las posibilidades de un millennial: sin armas, sin disparos, sin sangre. Un conflicto bélico buenista. Incluso el enemigo carece de ideología, algo que desconcierta por igual a los hiperideologizados milicianos de Twitter y a los asesores de comunicación de los gobernantes. Contra el virus, nuestra arma es el jabón, y eso deja en shock también a los revolucionarios de marihuana y camiseta del Ché. Y para decepción de los partidarios de la guerra total y la aniquilación nuclear, el adversario es un maldito virus microscópico, al que ni siquiera podemos propinar una buena bofetada con toda la mano abierta. No descarto que Dios haya permitido esta guerra solo para que descubramos la ridícula medida de nuestra soberbia.

Hay algo que no cambia incluso cuando todo se mueve. Son solo dos las direcciones que hay en el mundo. La del bien y la del mal. Por eso estamos viviendo estos días actitudes heroicas y mezquinas. Desde las gestas de nuestros médicos, o las de esos curas que están acompañando en el umbral de la muerte a enfermos desahuciados, hasta la miseria moral de ciertos gobernantes que han recurrido una vez más al cobarde escudo de la mentira. El bien y el mal seguirán aquí cuando todo esto pase. Pero no se ha conocido –créeme– crisis alguna que haya transformado el mundo por la vía del sufrimiento, que no haya terminado arrojando a la Historia de la Humanidad una sociedad un poquito mejor.

Nunca nada será igual. Sí. Pero podría ocurrir que, cuando todo esto acabe, no echemos de menos la vieja y falsa felicidad que nos vendió nuestro siglo.

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