La deconstrucción de lo nacional-histórico y cultural que acusan partes importantes de Occidente – Washington se muda a Moscú y Pekín, como ayer se mudara Roma a la antigua Constantinopla – se afinca sobre el espejismo de la disolución de lo humano y su connatural propensión a la libertad.

Podría decirse que es el resultado de una fatalidad inevitable, obra del mismo ingenio humano puesto en acto. O que es la prueba de que el hombre posmoderno – sea varón, sea mujer – cree poder crear y recrearse a sí mismo a su arbitrio, capaz incluso de replicar a la «chispa de Dios» hasta darlo por muerto.

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Así, piensa que no tendrá más ataduras. Se imagina libre y sin límites, al punto que genera otros símbolos y códigos lingüísticos perturbadores de la Babel planetaria a fin describir ese nuevo Génesis que dice estar parteando, sin relación alguna con el Libro de los Libros.

La revolución digital, esa que adquiere fuerza durante las últimas tres décadas, desplaza como hito al desmoronamiento de la Cortina de Hierro en 1989 y al señalado final de las ideologías predicado por Fukuyama. Destapa procesos que rompen con el valor de la localidad, odre de la vida humana y de las naciones y asiento de la Ciudad o plaza política. Pero asímismo fractura el sentido del tiempo, único que forja afectos a su paso y desde el arraigo, para construir familias, sociedades, hacer historias, amalgamar civilizaciones.

La virtualidad y la instantaneidad hacen de las suyas en todos los órdenes. Caracterizan de modo inédito al siglo que corre. Ambas, cabe repetirlo, deconstruyen y fragmentan el sentido de lo material y de lo humano. Conjuran lo espiritual-racional en el hombre mientras le ofrecen colmar a plenitud sus sentidos, sobre las redes o autopistas de la información o aislándole en el Metaverso.

Y para sosiego temporal de quienes aún memorizan el valor de la existencia que trasciende, les deja allí, a manera de consuelo y en el marco de esa contracultura emergente como desasida de toda raíz antropológica, el credo resurrecto del panteísmo.

La gobernanza digital forma un matrimonio incestuoso con el culto de la Naturaleza o la Pacha Mamá: deidad bajada del Olimpo, sujeta a leyes matemáticas infranqueables en las que habrán de metabolizarse hasta las personas que insisten en tener identidad dentro de un único género compartido, el del homo sapiens. Aquella, justamente y en defecto de este tendrá «derecho humano» según la prédica del proyecto constitucional chileno: “La naturaleza es titular de los derechos reconocidos en esta Constitución”, reza el texto.

La fragmentación identitaria a discreción deja atrás a lo lugareño y su memoria buscando afirmarse sobre el derecho de cada “individuo-objeto” a verse diferente, más que a ser diferente como se dice. El catecismo progresista del presidente Boric afirma que “las personas forman con ella [con la Naturaleza] un conjunto inseparable”. Al término condena a lo humano y lo purga de libertad. No ve más al hombre como señor o administrador de los ecosistemas que se le han confiado desde tiempo inmemorial, bajo el supuesto de una ecología humana.

La perspectiva en cierne, por ende, no incluye sino que separa a las personas, a unas de otras para sólo asegurarles lo que San Agustín describe como liberum arbitrium o libre arbitrio: para que cada uno y cada cual, a sus anchas, pueda sentirse feliz y a su modo. Pero al cabo, tras el totalitarismo digital y el panteísmo, pagan como precio la pérdida de la voluntad de bien (voluntas bene vivendi); esa que le da propósito al poder de decisión del hombre.

El Homo Twitter, mientras llega el Deus ex machina, considera que al desasirse de dicha voluntad gana en libertad. Olvida, empero, que la libertad adquiere concreción en la alteridad, en el diálogo y la proximidad entre distintos – seres unos y únicos que se realizan humanamente y como personas junto a los otros, siempre. Y al perderla, cada hombre enajena su inmunización de la servidumbre. Se hace esclavo de una falsa felicidad, como la de hacer de su identidad algo prescindible o mudable, y al detal, mera práctica de narcisismo y concupiscencia.

Ojalá quienes me lean puedan entender la esencia de esta reflexión, sobre todo los oficiantes de la política hijos del siglo XXI.

Se comportan como si la normalidad de la Ciudad democrática que los obliga se sostuviese aún o apenas sufriese de traspiés autoritarios o despóticos resolubles tras una negociación partidaria. Es el caso de los venezolanos, y probablemente el de los colombianos, y sería el caso de los chilenos si no enmiendan en su camino constituyente.

De no entender estos el curso de la deconstrucción que se hace agonal y amenaza arrasar al verdadero activo de Occidente, a saber, la inviolabilidad de la dignidad eminente de toda persona, el huracán de la gobernanza global y panteísta se mostrará como el último eslabón de la genialidad humana.

El liberum arbitrium es el hacedor del gobierno de lo digital y de la inteligencia artificial imperantes. Desde ya toma a sus progenitores como datos de algoritmos. Nada más. La voluntas bene vivendi, repito con el maestro santo de Hipona, desaparece bajo un arbitrio propio que degrada al mismo hombre y le distancia socialmente.

Dejando poco a poco y a la orilla del sendero a la inteligencia natural recibida como don, luego del viaje moderno que llega a su final olvida y excluye a sus congéneres, para mejor asemejarse en su soledad al oso pardo. E intenta emparentarse con los ríos y los árboles sin alcanzarlo. A diferencia de estos, deificados, no es más intocable. Ha decidido por su descarte, al comienzo y al final de la vida.

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