Por el respeto que merece a nivel mundial, para católicos y millones de habitantes del planeta Tierra, esperamos confiados su apoyo incondicional de infinito y misericordioso amor al prójimo.

Gran porcentaje de la Humanidad aguarda siempre sus palabras, como las de respeto perpetuo que definen el camino acompañado de amor y Paz.

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Los que hemos sido víctimas del comunismo no creemos jamás que quiénes lo vean desde un horizonte lleno de libertades lo puedan calibrar.

Pontífice, el sufrimiento es inmenso. Los abusos en nombre de una falsa bondad son tan crueles que no se pueden detectar ni poniéndose en zapatos ajenos de gente abusada que llora, padece y hasta muere por un régimen comunista dictatorial.

Fidel Castro nos inculcó odiar a Dios. A mofarse de cuanto oliera a divinidad. Disfrutó la persecución de sacerdotes, de creyentes. Lo ponían muy nervioso las reuniones de cubanos que encomendados al Señor, o a Cristo, o a Jehová, o a otras deidades, decidieran rebelarse contra su Revolución.

A Castro ni Dios lo podía opacar. El padre celestial oscurecía -en su creencia equivocada- sus ansias de brillar sin sombras. Su poder fue absoluto sobre el sufrimiento del pueblo cubano. El culto a Dios lo desvió a sus oscuras ansias de engrandecer su ego. Y con sangre y fuerza de alguna manera lo logró.

El régimen en Cuba lleva seis largas décadas confundiendo, hostigando y despersonalizando a ese gran pueblo que no puede más. La mezcolanza de maldades venidas de la ideología socialista ha inoculado terror real y palpable en La Mayor de Las Antillas. Es una telaraña de acero. Por suerte, se ha descubierto que no es inoxidable.

¿Qué hombre prohíbe alabar lo divino, la fe o el amor?

¿Cree aún que el comunismo puede ser leal a la libertad, a las costumbres, a los cimientos o los credos de una nación?

¿Es justo que por pensar diferente la dictadura cubana niegue la Patria a sus hijos?

Es por ello, por tanta experiencia comunista acumulada, que nos duele Venezuela, a tal punto, que se pierden las fronteras entre los pueblos sumidos en tal fatalidad.

Si el mundo vibró el pasado 23 de enero viendo el coraje de los venezolanos, no fue en vano. Se lo han ganado. La tierra de Simón Bolívar anda con Dios. Y negarlo a Él es lo mismo que negar a Nicolás Maduro como dictador.

Si Venezuela es libre ya, la alegría es unánime. Es un carril que se desvió hacia la libertad. Por ese mismo pasarán Cuba, Nicaragua y Bolivia.

Latinoamérica tiene millones de feligreses que tuvimos y mantenemos el goce de que nuestro Papa sea de esta parte del mundo, donde la intensidad de las emociones no se oculta. Donde somos explícitos en los saludos, en los abrazos, en el dolor, en el amor y en la amistad.

Desde que el mundo anunció la llegada al Vaticano del Sumo Pontífice de origen argentino, creyentes y no creyentes vibramos por tanto júbilo. A Dios lo sentimos más cercano. Su infinita misericordia y apego a la justicia de los hombres negaría cualquier hecho cruel. Por eso, vivimos confiados.

Usted revolucionó costumbres de siglos. Su austeridad nos halagó. Pensamos: es divino, es sencillo… como Jesucristo. Es también un buen hijo de Dios.

Bergoglio, creemos en su misericordia. Apostamos por su sabiduría y por su cercanía a la verdad. Venezuela y sus hijos necesitan respaldo. Ya ese pueblo, con hechos, decidió dejar la esclavitud como en sus tiempos lo hizo el pueblo de Israel, con la guía de Dios.

En este momento, sus palabras las necesita el mundo. Su silencio nos tiene en espera de palabras sensatas, de su criterio basado únicamente en lo pacífico, en lo justo para multitudes. La bondad que emana de usted, nos llega directamente de Dios.

Pontífice, en sus manos está un mundo mejor.

@idaysicapote

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