Los Estados Unidos tienen 17 agencias de inteligencia que trabajan conjuntamente en temas de seguridad nacional e internacional, pero solo una persona dirige todas: el director general, que responde directamente al presidente de Estados Unidos.

Sin embargo, a pesar de las inherentes potestades presidenciales, muchos se han sorprendido en Washington al saber que el jefe de Estado recurrirá a un nominado político para ser el próximo jefe del espionaje.

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Richard Grenell, quien se desempeñó como vocero del candidato presidencial republicano Mitt Romney durante las elecciones de 2012, es quien ocupará esta máxima responsabilidad.

Grenell fue además director de comunicaciones y consejero en temas de terrorismo de al menos cuatro representantes permanentes de Estados Unidos ante Naciones Unidas.

La preocupación, dentro de las diferentes esferas de poder, radica en que, en lugar de seleccionar a un profesional con amplia trayectoria en temas tan delicados, el Presidente eligió para esta posición, enormemente influyente, a alguien que le ha demostrado lealtad.

Es una decisión política que recae sobre Grenell, quien fuera hasta ahora el embajador de Estados Unidos en Alemania, desde mayo de 2018 y que ahora será director interino de Inteligencia Nacional.

Esto significa que por primera vez, el puesto, que fue creado hace 15 años, será ocupado por alguien que nunca trabajó para ninguno de los servicios de inteligencia o sirvió en los comités de inteligencia de la Cámara o del Senado.

De acuerdo con la ley vigente de la Reforma de Inteligencia de Seguridad Nacional de 2004, que modifica la Ley de Seguridad Nacional de 1947, para establecer un director de Inteligencia Nacional, que será designado por el Presidente con el asesoramiento y consentimiento del Senado, se requiere que el jefe por validar tenga una amplia experiencia en seguridad nacional.

La norma también prohíbe que el director de inteligencia se ubique dentro de la Oficina Ejecutiva del Presidente o que sirva simultáneamente como jefe de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) o cualquier otra de la comunidad de inteligencia.

El primero en ser nombrado director de Inteligencia Nacional fue John Negroponte, un veterano en las lides, quien por cierto vivió una etapa un poco cuestionada como embajador en Honduras, bajo la presidencia de Ronald Reagan, dentro del contexto de la lucha anticomunista que tuvo como objetivo a los sandinistas en Nicaragua.

En todo caso, el próximo mes Grenell reemplazará como jefe interino al vicealmirante Joseph Maguire, ex director del centro nacional de lucha contra el terrorismo.

Resultó que Maguire enojó al presidente Trump al enviar a un alto funcionario de su oficina para que compareciera ante el comité de inteligencia de la Cámara de Representantes, para compartir los temores de que Rusia estaría interfiriendo en las elecciones estadounidenses, lo que aseguran garantizaría que Trump ganase un segundo mandato.

Por cierto, Maguire esperaba ser nominado como director permanente de Inteligencia Nacional.

Grenell, quien ha sido un embajador “sin pelos en la lengua” en Berlín, solo será el director interino de inteligencia nacional, lo que significa que el nombramiento no tendrá que ser confirmado por el Senado. Pero según la ley federal, su mandato se limitará a 210 días o hasta que el mandatario decida nominarlo para el puesto de manera permanente.

Según un tuit del propio Trump, tiene al menos cuatro nombres para ocupar la posición permanentemente.

Si bien Grenell, como embajador de Estados Unidos, ha tenido acceso a información secreta, no le da la experiencia de sus predecesores, pero Trump a menudo ha expresado sus dudas sobre la imparcialidad de los servicios de inteligencia, en especial después de que unánimemente concluyeron, en 2017, que Moscú había interferido en las elecciones presidenciales de 2016 para garantizar la derrota de Hillary Clinton.

No hay duda de que el Presidente valora la lealtad ante todo pero es una movida arriesgada.

El puesto de director de inteligencia nacional se creó luego de los ataques terroristas de al-Qaeda el 11 de septiembre de 2001 para garantizar la coordinación de todas las agencias.

Una de las conclusiones de la investigación fue que la falta de coordinación entre los servicios de inteligencia y el FBI jugó un papel clave en el fracaso de evitar aquel ataque terrorista.

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