Ricardo “Ricky” Sánchez conserva un brillo en la mirada que revela el ímpetu del joven que con 19 años se enroló en la aventura más arriesgada de su vida. Pero sus ojos se empañan de momento con las memorias y no precisamente por el recuerdo de la incertidumbre que padeció junto a sus compañeros durante los 22 meses que los mantuvieron prisioneros tras protagonizar la invasión a Bahía de Cochinos.

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Lo que entristece a Sánchez y le molestará “toda la vida”, es la muerte de sus amigos, eternizados en su mente como muchachos y que 60 años después de aquel suceso “no tienen un descanso, una retribución, mientras añoramos todavía conseguir el propósito por el que dieron sus vidas”.

“A mí la invasión me hizo un hombre, me hizo ver cuáles eran mis deberes y obligaciones y ver que tenía un deber con mi patria”.

La señal

Sánchez se educó en Ruston Academy, en La Habana, un colegio americano donde desde muy joven aprendió el valor de la democracia. El director, James Baker, que tendría después un papel determinante en el otorgamiento de visas para los niños de la Operación Pedro Pan, se preocupaba porque además de “historia, matemáticas, deportes y otras asignaturas, nos enseñaran sobre principios democráticos”.

Por eso inmediatamente después de que Fidel Castro, un año después de haber ascendido al poder, se cuestionó en un discurso “elecciones para qué”, Ricardo tuvo la señal de que lo que se gestaba en Cuba no era lo que deseaba para su país.

Partió al exilio. “Llegué en octubre de 1960 y en enero de 1961 ya me había incorporado a la invasión. Si tuve valor de abandonar a mis padres y mi patria, algo debía hacer para recuperarla y esa fue mi motivación”.

Por eso, cuando le pedimos regresar a los recuerdos de esa epopeya, en sus palabras no se aprecia rencor, ni resentimiento, en todo caso un ansia profunda de que se haga justicia al esclarecer cuál era el verdadero propósito de esos jóvenes que movidos por un ideal se comprometieron en una empresa para todos incierta. Recuperar Cuba y concederle lo que tanto le habían prometido y no le cumplieron, ese era el objetivo, sentencia Ricardo y menciona el nombre de su amigo Juan “Johnny” Clark de quien dice, sería ilegítimo ignorar en el momento de esclarecer la verdad que los movió y desmentir el mito de que fueron agentes pagados por un gobierno extranjero.

El impacto familiar

Dos días antes de partir a los campamentos donde recibiría en entrenamiento para la invasión, en una llamada telefónica con sus padres desde la casa de un amigo en Miami, Ricardo les ocultó sus planes. Volvieron a tener noticias de él porque al ser capturado tras el fracaso de la operación, el comandante de la revolución que interrogaba a los prisioneros era su primo hermano Augusto Martínez Sánchez.

“Cuando nos encontramos le pedí que avisara a la familia de que estaba vivo; me respondió: no te mereces los padres que tienes”.

“Fue de las primeras cosas que Fidel Castro implantó en Cuba, la división, hasta en las familias. Pero mi primo, como todo el que fue amigo cercano de Fidel terminó mal. Primero Frank País, antes de la revolución; después Sori Marín a quien mando fusilar y había sido su asesor legal; Camilo Cienfuegos y el Ché, años más tarde Ochoa y hasta Abrantes, que dicen era quien le probaba la comida a Castro. El único que se salvó fue su hermano”.

“A mis padres los arrestaron. Nunca tuve la certeza de que un miembro de la familia haya tenido que ver con eso, por mi salud mental, prefiero pensar que no”.

Sánchez, hijo de un médico pulmonólogo, que básicamente atendía a enfermos de tuberculosis, aprendió de su hogar el humanismo.

El presidio

Del presidio recuerda la importancia de permanecer unidos mientras el régimen negociaba con sus vidas. Estar en grupo hacía más llevadera la incertidumbre de las presiones psicológicas, y la duda de qué pasaría.

“Nos categorizaron y nos pusieron un valor. Un pequeño grupo valía $500.000, otro $100.000, un tercero $50.000, al que yo pertenencia -por eso siempre digo que conozco mi valor desde 1962- y un cuarto grupo al que llamaban el de los lumpen que valoraron en $25.000; sin embargo, en ese grupo incluyeron a alguien que después de convertiría en uno de los médicos más prominentes de EEUU y el mundo, el doctor neurocirujano Roberto de los Heros”.

Esas agresiones psicológicas a las que fueron sometidos para socavarles la dignidad son las que Sánchez asegura, “ninguna persona debe permitirle a un gobierno”.

“Por eso es tan importante el papel de los jóvenes en Cuba, para que haya un cambio. Porque la juventud siempre tuvo un lugar preponderante y mientras esa juventud esté dormida o traten de dormirla o dominarla no podremos llegar a nada”.

Los brazos están abiertos

En ese afán de restituir la nación quebrantada y sanar tantos años de dolor y separación, Sánchez, ha tomado parte en iniciativas como una que se promovió para tender un puente de comunicación entre hombres que hubieran tenido un papel en las armas en la historia de Cuba.

“El objetivo, llevar un mensaje a la Fuerzas Armadas cubanas, de que, dado un cambio, se tuviera en cuenta a todo el que esté en contra de ese régimen. Además de hacérseles saber que los brazos están abiertos para ayudar. Se tomaron pasos para limar asperezas entre todos los que pudieran participar militarmente para liberar a Cuba. El alma de eso fue Erneido Oliva (que fue mayor general de la Guardia Nacional de Washington DC). El esfuerzo, - aun cuando en esas filas teníamos personas que habían sido nuestros enemigos -consideramos que valía por un bien común; valía la pena poner a un lado las diferencias; porque la vida no solo está basada en hechos, sino también en ejemplos”.

Valor del ejemplo

Tras regresar del presidio en Cuba, un problema de salud le impidió ingresar al ejército estadounidense, pero se enfocó en darle un sentido a su vida.

“La experiencia de la invasión me enfocó tanto esta experiencia que matriculé la universidad, la hice en cuatro años, trabajando y cuando me gradué, ya tenía dos de mis hijos”.

Desde entonces su desempeño profesional ha sido en la banca, donde se ha desempeñado en diferentes posiciones y aún permanece activo.

Por darle tanto sentido al valor del ejemplo es que Sánchez prefiere no ir por el mundo narrando hazañas y cuenta que a veces sus hijos le reprochan que escuchan esos sucesos de su juventud en los relatos de terceros.

“Busco que ellos puedan valorar si he hecho las cosas bien. Mi familia es todo para mí. Mi esposa por 58 años -la novia que lo esperó al regreso del combate. Mis cuatro hijos y diez nietos, me siento orgulloso de ellos, espero que ellos lo estén de mí”.

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