Al fin el Gobierno de España permitirá el sábado salir de casa a los deportistas, así que he desempolvado mi ropa deportiva, porque no creo que me dejen vestirme de explorador y pasear la ciudad liándome a tiros con las gaviotas. El último pantalón de deporte que compré me queda un poco apretado. Tiene el logotipo de Adidas de los años 80. En cuanto a la camiseta, deja la barriga al aire, lo que puede hacer que me confundan con la Barbie obesa saliendo de clase de Pilates. Soy uno de tantos hombres valiosos que, con tal de ver el sol, van a perecer este fin de semana realizando prácticas deportivas de alto riesgo como atarse los cordones, concatenar largas zancadas, o limpiarse el sudor de la frente y caminar a la vez.

Como deportista confinado desde hace sabe Dios cuánto, mi objetivo el primer día es ir de mucho a poco, al contrario de lo que recomiendan las autoridades sanitarias, que son las mismas que se han pasado toda la vida diciendo que mucho cuidado con el tabaco cuando el verdadero enemigo era la carne de murciélago a la brasa. Iré a tope desde el principio. Si sales de casa paseando y parándote en los escaparates tendrás muy difícil demostrar que estás haciendo deporte cuando vengan los agentes a multarte por saltarte el confinamiento.

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Según mis cálculos, a las 6:05 de la mañana, y después de disparar varias veces un AK-47 por la ventana en señal de júbilo, saldré como una flecha. Alcanzada la velocidad de crucero tras la primera curva, continuaré en trote similar al que emplea el guepardo en celo cuando persigue a la gueparda, enfilando la calle en dirección al mar, con la intención de bordearlo, no de cruzarlo, pero nada es descartable para un exganador europeo de triatlón en la modalidad nupcial de café, copa y puro.

Calculo que la mala leche acumulada en estos dos siglos que llevo encerrado en casa es suficiente como para derretir de un bufido todas las lunas de Júpiter, y pretendo sacar el máximo partido a ese combustible natural. Así, es probable que incluya alguna tanda de adiestramiento militar por la avenida principal de la urbe, consistente en carreras de cien metros a máxima velocidad, combinadas con saltos giratorios, y volteretas con las manos entrelazadas a la espalda.

Eso es el calentamiento. Porque los deportistas profesionales derramamos en cada entrenamiento hasta la última gota. Por eso mi plan es portar durante la siguiente media hora de carrera continua, dos pesas de cinco kilos, una en cada mano, que iré alzando y bajando con reiteración análoga a la frecuencia cardíaca de una rata después de ser sorprendida en carretera por un control de alcoholemia en mitad de la noche.

Antes de emprender el regreso, haré una sesión de abdominales en carrera, que para los profanos consisten en alcanzar gran velocidad, saltar, hacer abdominal completo pasando la cabeza entre las piernas, recolocarse la nuca dislocada, y retornar a la posición original en sprint.

A medida que comiencen a griparse mis pulmones, o el corazón muestre síntomas de necesitar un masaje urgente, iré aminorando el paso hasta llegar a detenerme por completo, imagino que a la altura de la ambulancia. Entonces estaré oficialmente preparado y en forma para mi próxima salida deportiva, que calculo que tendrá lugar al término del confinamiento por la pandemia de peste negra de 2047, después de que varios centenares de chinos participen en el Concurso Anual de Ingesta de Marmota Viva, y las autoridades sanitarias aseguren que no existen evidencias científicas de que hincarle el diente a una marmota que corretea por los platos de los comensales suponga algún tipo de riesgo para la maldita salud humana.

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