Nadie imaginó que una cena en el Hotel Washington marcaría la historia del pensamiento económico universal. Arthur Laffer fue certero con sus trazos sobre una servilleta, dejando atónitos a su viejo amigo Dick Cheney -devenido vicepresidente más poderoso en la historia de Estados Unidos-, a Donald Rumfeld -entonces jefe del gabinete de Gerard Ford-, y al periodista del Wall Street Journal Jude Wannisk.

Aquella noche de 1974 Laffer fue lacónico: la disminución de los impuestos puede incentivar la inversión y, por tanto, contribuir a elevar los niveles de ingresos del estado. Alertaba a Rumfeld sobre la posible debacle económica que generaría la idea de Ford de elevar en un 5% la tasa impositiva. Pues era imprescindible encontrar niveles de fiscalidad eficientes y favorables al crecimiento. En un artículo de 1978 -“The public interest”-, Wanninski popularizó la curva de Laffer. A inicios de los ochenta, el economista fue convocado al staff de Ronald Reagan, convirtiéndose en uno de los artífices de la “Reaganomanía”.

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El actual presidente estadounidense Donald Trump, situó la tesis de Laffer como uno de los pilares de su estrategia económica. Abogando por la reducción de impuestos, que priorizaba, sobre todo, al sector corporativo. Al cierre del primer año de presidencia, los índices D&S 500 y el Dow Jones se elevaron hasta el 28.5% -fenómeno inédito desde 1948- y el crecimiento en los tres meses iniciales del 2019 fue de un 3.2%, casi un punto porcentual por encima de lo pronosticado. La tasa de desempleo bajó de 3.8% a 3.6 en abril -no ocurría desde diciembre de 1969-, y la bestia negra, el salario, mantuvo una tendencia al alza de 6 centavos, situándose su media en 27.7 dólares -34.5 horas semanales-.

Andrew Chamberlain, economista jefe de la empresa de colocación Glassdoor, considera que “la bajada fiscal ha sido un estímulo poderoso, y llevado a la economía al rojo vivo”, agregando: “La actual expansión empezó mucho antes de la actual Administración de Trump y es en gran medida una continuación de las políticas estabilizadoras que emprendieron después de la Gran Recesión (2008) la Reserva Federal y la Administración de Obama”. Aunque expertos de Wall Street aseguran: que si bien es inobjetable que el programa de compra de activos y de regulación financiera iniciado por Obama fue efectivo, los niveles de crecimiento económico experimentados durante su mandato dejaron mucho que desear.

Pero los agujeros negros acechan a la economía estadounidense. No faltan quienes atribuyen la actual guerra de aranceles de Estados Unidos contra China y la Unión Europea a una posición personalista del jefe de la Casa Blanca. Trump aseguró durante su campaña, que acusaría al país asiático ante el FMI por manipular monedas, comenzando una guerra comercial contra ellos y hasta los obligaría, si fuese necesario, a pagar tarifas marítimas más altas.

Desde la Cumbre del G-20 en Hamburgo, Alemania, en julio del 2017, se avizoró que era inminente la actual situación, agravada por el posterior acercamiento entre China y Corea del Norte -elevaron en un 40% el intercambio comercial-, por el apoyo de los bancos rusos y chinos a las transacciones financieras con Irán, proveedor de grandes cantidades de plutonio, uranio enriquecido y del níquel necesario para que Corea construya los misiles balísticos nucleares intercontinentales. En contraposición a la “Guerra Fría” comercial con China, Trump anunció el fin de los aranceles a las exportaciones de acero y aluminio desde Canadá y México.

La economía de Estados Unidos se mueve entre curvas. Si la de Laffer sustentó una de las primeras decisiones económicas de Trump, el fantasma de la curva de Phillips -William Phillips, 1958- merodea la Reserva Federal (Fed), siendo paradójico que no se hayan disparado los precios -inflación- por la actual baja tasa de desempleo. Pudiera obedecer a la aseveración del fundador de la Escuela de Economía de Chicago, Milton Friedman, de que la curva de Phillips solo tiene validez a corto plazo, pues las dinámicas inflacionarias están regidas por el monto de dinero circulante. Es importante no soslayar que de los 5.04 trillones de dólares -en términos anglosajones- inyectados en fondos de rescate o “asistencia” financiera a los bancos, desde el 4 de enero del 2007 al 30 de diciembre del 2010, la mayoría fue a parar a las reservas bancarias y no a la circulación.

Analistas subrayan que la tasa de inflación no sobrepasará el 2.2 % hasta el 2020, según estimados, pudiera descender del 2%. Pero si la tendencia a una inflación baja, no sólo perceptible en Estados Unidos, sino en la Unión Europea y Japón, se convirtiera en un fenómeno económico a largo plazo, frenaría el margen de maniobra de la Fed para hacer recortes de las tasas de interés si la economía entra en recesión.

En la actualidad la aceleración económica debe continuar y la Fed mantener estables, por el momento, las tasas de interés, aun cuando el déficit fiscal al cierre de este 2019 será de 1.1 billón de dólares. Una tendencia que se extenderá hasta el 2027, estudiándose la necesidad de elevar el techo del déficit fiscal hasta 2 billones.

La Reserva Federal aumentó las tasas de interés cuatro veces en el 2018, aumentando su tasa política desde un rango del 2.25% a 2.50%. La actual guerra de aranceles puede afianzar el deterioro de la economía global, impactando desfavorablemente en las bolsas de valores como sucedió en Wall Street a finales del 2018 o este 20 de mayo, cuando Alphabet, matriz de Google, junto a otras empresas estadounidenses, decidieron suspender los negocios con la china Huawei.

Si se acentúa el diferendo entre Estados Unidos y China, las consecuencias podrían obligar a la Fed a iniciar un proceso estabilizador sobre la base del alza de las tasas de interés, a riesgo de atrapar al país en una recesión. Aunque el premio Nobel de Economía y profesor de la Universidad de Nueva York, Robert Engle, está convencido de que pronto habrá un arreglo entre ambas potencias, las cuales evitarán exponerse al nefasto escenario.

No debe obviarse que cada ciclo económico culmina con una crisis, como ocurrió con la bursátil (2001-2002) y la inmobiliaria (2007-2008). Por eso, el actual resquebrajamiento en la concesión de créditos para estudios, la compra de carros o en tarjetas, cuyos impagos impactan desfavorablemente en la economía, puede devenir catalizador para la generación de burbujas dado el agotamiento crediticio.

Es sintomático que los valores del índice CAPE, versión de Premio Nobel de Economía Robert Shiller y de John Campbell, del Price Earnings Ratio -relación precio–ganancias- o PE, muestren analogía con las existentes durante la “Gran Depresión” de 1929.

Sin embargo, la economía estadounidense vive un momento de esplendor a la usanza del previo a la crisis petrolera de 1973. Por tanto, más allá de apologistas o detractores del actual presidente, del adverso marketing político alrededor de las guerras culturales internas del país, sobre la baja tasa de natalidad o por auge de la “Generación Progre”, la variable por excelencia en cualquier campaña política, la economía doméstica, avanza a paso galopante.

En noviembre de 2020 serán las próximas elecciones presidenciales. Según una encuesta de CNN, dada a conocer el pasado 2 de mayo, el 56% de los estadounidenses aprecia la gestión económica de Trump. Estados del llamado “Cinturón del óxido” -Pensilvania, Ohio, Michigan, Wisconsin-, definitorios en las pasadas presidenciales, con tradición de voto demócrata, han comenzado de dejar atrás los tiempos en que dependían de la seguridad social para sostenerse.

En geoecononomía el batir del ala de una mariposa puede desencadenar el caos. Pero más allá de la irrupción de un fuerte contendiente demócrata como el exvicepresidente Joe Biden o de una segunda temporada del polémico Bernie Sanders, el actual escenario económico, matizado por disputas al interior del partido demócrata, en su puja por postular a nuevos candidatos, parece expedito para un Donald Trump que apunta a ser reelegido en el 2020.

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