Eran el premio. Con su tubo amarillo y su tapita roja. De niño, los Lacasitos, esos pequeños botones de chocolate recubiertos de azúcar de colores, eran una gran alegría. A esa edad adquieres insospechadas habilidades. Yo era capaz de reconocer el sonido de un tapón de Lacasitos abriéndose a varios kilómetros de distancia. Esto resultaba especialmente útil cuando los agraciados con el obsequio eran mis hermanos. Sospecho que podrían comérselos en la clandestinidad. Además, llegar un segundo tarde suponía perderse los azules, mis preferidos; dicho sea sin ánimo de ofender a las personas rojas, verdes o naranjas. Otras veces, podía distinguir el movimiento anaranjado de una bolsa de Conguitos en la más densa penumbra. Y más. Ante la llegada de las lenguas de gato, la vida del hogar se detenía en cualquier circunstancia. Y, sencillamente, por un bocadillo del chocolate Bombón Sport de Lacasa, podría desencadenar una cruenta guerra civil. En eso no he cambiado. Haz lo que te dé la gana. Pero acércate a mi chocolate o a mi cerveza, y te presentaré a mi Winchester.

El chocolate es también una compañía de vida. El que fundó Antonio Lacasa en 1852 lo ha sido para mí. Sus bombones cortados Uña me parecen un anticipo del paraíso. Sus parasoles de chocolate me hacen la misma ilusión que cuando me los regalaban por soportar estoicamente la tortura de ponerme una inyección. Sus caramelos de goma Gummy Jelly, cada vez que aparecen, me hacen volver a ser un niño, como en la canción de Los Secretos. Y como escritor, creo que no podría haber terminado ninguna de mis obras sin la colaboración de las chocolatinas Lacasa, que te inspiran, te reconfortan, te levantan el ánimo cuando algo se atasca en el libro, y te hacen dar gracias a Dios por ese bien preciado que es el chocolate, que en las sabias manos de esta empresa familiar tan querida en España se convierte siempre en camino de virtud, belleza y salvación. Esto no demuestra que puedas ir al Cielo solo por comer bombones pero se aproxima mucho, y ninguno de mis teólogos de cabecera estaría en condiciones de desmentirlo. El infierno debe ser un lugar repleto de gente sin chocolate.

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Firmo hoy este tributo a mis chocolateros preferidos en defensa propia. Porque ahora resulta que te pasas toda la vida trabajando en una compañía con más de 160 años de historia, consigues convertir un pequeño almacén de Jaca en una empresa que vende a todo el planeta, desde bombones hasta golosinas. Despiertas admiración en el mundo entero. Acompañas a millones de niños desde su más tierna infancia, con tus variados chocolates e ingeniosos dulces. Te expandes sin parar comprando empresas de alimentación de toda España y Francia, y conviertes en éxito todos los productos que pasan por tus manos. Inventas el turrón de chocolate, las trufas navideñas más deliciosas, y eres la primera empresa de tu sector en obtener un certificado de calidad. Consigues fabricar al día más de 4 billones de Lacasitos porque la gente se mata por ellos. Superas, en fin, una guerra civil, varias crisis económicas, la revolución digital, a los gurús del business, la globalización, la incompetencia de tantos gobernantes, a todos los idiotas de las dietas milagro, y hasta una pandemia. Y después de todo eso, después de dar trabajo a tantas familias, y hacer feliz a tantos millones de personas desde hace dos siglos, aparece un grupito de tuiteros mal edulcorados y descafeinados y te exigen que cierres el chiringuito. Que eres racista, supongo que por el color marrón del chocolate. Que los deliciosos Conguitos constituyen una gravísima ofensa a sus delicadísimas conciencias. Que no sé cómo explicártelo, pero que te han montado una campaña mediática llamándote esclavista y no sé qué más por fabricar cacahuetes recubiertos de chocolate con leche y venderlos con éxito en medio mundo. Que si llegas a tener una estatua de Conguitos, van y te la tumban. Y al final, lo ves, y ya no sabes si reírte, mandarlos al psiquiatra, o castigarlos sin postre.

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