Ha muerto el padre adoptivo de Alf y a mí me ha nevado sobre la cabeza durante toda la semana. Todo puede empeorar. No había terminado de escribir esta columna cuando he recibido la triste noticia del fallecimiento del gran actor de la comedia española, Arturo Fernández. Qué cantidad de risas se nos escapan de un plumazo por el sumidero del olvido. Alf también era de casa. Cuando mi niñez se desperezaba, allí estaba cada día mi mascota favorita y toda la bondad del mundo en este padre que interpretaba Max Wright. Era una familia normal, si pasamos por alto lo de ocultar a un extraterrestre aficionado a merendar gatos.

Con la noticia de la muerte de Wright me ha invadido una extraña melancolía. Tal vez lo que nos acogía y sosegaba al ver esta serie era precisamente la normalidad, la universalidad del día a día de contrariedades domésticas, la fortaleza de un hogar familiar que puede serenamente con todo, incluso con la locura de ocultar a un tipo como Alf en casa, con todo su genio, su chifladura, su humor negro y su gran corazón. Había allí un padre, una madre, una hija adolescente, un niño y un bebé. Y un gato, claro. Todo eran esencialmente bondadosos, sin alardes. Vivían una rutina familiar hoy proscrita en televisión, que apelaba sin aspavientos a las virtudes cotidianas del hogar: la alegría, la paciencia, la generosidad, la empatía, la fortaleza, la caridad, la sinceridad, o la obediencia.

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La prensa de nuestros días, a lo suyo. En la muerte del padre de Alf no ha habido tiempo ni para un instante de homenaje a tantas horas de diversión. Poco han tardado los carroñeros en emponzoñar toda la carrera profesional del actor y, lo que es peor, todo la blancura de nuestros recuerdos de niñez, con supuestos desvaríos personales del Wright de los últimos años. Todos los titulares recogían la anecdótica degeneración del actor, así como la típica trama de envidias e inexistentes relaciones en la trastienda de la serie; lo segundo, por cierto, ampliamente desmentido por la fuerza de los hechos, como puede comprobar cualquiera que haya buscado las imágenes originales de la grabación.

No he conocido nada más soberbio que el 2019. Es tal la arrogancia de nuestro tiempo que es incapaz de soportar la belleza de quienes le precedieron. Estridente y ruidoso, abomina de la sencillez. Vanidoso, no aguanta el éxito ajeno. Ufano, está convencido de haberlo inventado todo. No soporta a los ídolos de antaño. Supongo que esa es la razón por la que era necesario embarrar y denigrar de inmediato una serie como Alf y con ella, los últimos rescoldos de la inocencia televisada, alejados del mal gusto dominante en la televisión que sustituyó a las comedias blancas e inteligentes como la que protagonizó el bicho naranja de Melmac.

Visto con perspectiva, Alf sigue despertando carcajadas. Pero sobre todo, asomarse a sus capítulos después de los últimos veinte años de series –poquísimas excepciones-, es como el despertar de un mal sueño. Resulta que no había nada más divertido, emocionante, y aventurero, que una familia normal, con un matrimonio normal, con unos hijos normales. Nada más excitante que esa familia de clase media, dedicada a labores convencionales, y envuelta en las preocupaciones domésticas, familiares y laborales ordinarias, con el desternillante contrapeso de un personaje peludo de 285 años de edad y el cerebro del hijo pequeño de la casa.

La muerte de Max Wright me ha trasladado a un tiempo en el que el papel serio y diligente de padre de familia era una buena base para el contrapunto que requiere la comedia, porque existía y era creíble, querido y respetable. El matrimonio Tanner de Alf es envidiable, divertido e imperecedero porque representa todo lo que antaño esperábamos de una familia normal, antes de que en nuestras ficciones la normalidad quedara reducida a una heroica excepción. El matrimonio Tanner se quería lo suficiente como para soportar a Alf distorsionando a diario la vida familiar.

Si el simpático Alf de nuestra niñez tuviera la desgracia de caer ahora en el jardín de alguna serie de 2019, viviría en un hogar tan desestructurado, tan enfrentado, tan egoísta, tan aborrecible, con tantas taras, con tantas cuotas sexuales, con tantos reparos neopuritanos, con tantas miserias personales, con tal regocijo en la extravagancia, que francamente Alf sería el menos extraterrestre de todo el elenco. Y la serie no despertaría la espontánea sonrisa del niño, sino la cínica y ordinaria carcajada de los histriónicos junto a la imprescindible complicidad de los pusilánimes. Los mismos que se han sonreído al ver a los medios escupir sobre el cadáver aún caliente de Max Wright y sobre el niño que fuimos en los lejanos 80.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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