Raúl Castro, mandatario en el poder en Cuba, limitó la permanencia en un cargo público a un máximo de dos períodos de cinco años. Los suyos se cumplen en febrero de 2018, pero la ley electoral cubana está concebida para respaldar a los adláteres del régimen y DIARIO LAS AMÉRICAS responde por qué en 5 preguntas.

Castro llegará a 10 años en el poder dentro de siete meses. Él mismo ha prometido desde tribunas públicas que solo permanecerá como presidente del Consejo de Estado de Cuba y del Consejo de Ministros durante dos mandatos. Los mandatos en la isla son de cinco años. Tanto el periodo de tiempo en el poder, como lo prometido, indican que el nombre del también primer secretario del Partido Comunista no estará impreso en la boleta de las elecciones convocadas para octubre y que culminarán en febrero de 2018.

De todas formas, estas divagaciones no podrían derivar en elucubraciones respecto a una entrega de poder abierta y democrática en una Cuba que no admite siquiera la posibilidad de disentir del sistema. Las opiniones contrarias al oficialismo del régimen son castigadas con múltiples artimañas que van desde el crimen directo (ahí está el caso del opositor Oswaldo Payá), hasta la sutil manera de ignorar las opiniones de los ciudadanos bajo la fórmula del discurso único. Para mayor evidencia solo basta examinar el laberíntico proceso electoral cubano, en el que todos los caminos llevan al Minotauro, ese animal insaciable que se alimenta de vidas y exige sacrificios constantes para no perder ni un ápice de sus predios.

La leyenda del laberinto de Creta se ajusta bastante a las circunstancias de una votación en Cuba, a pasar de la lejanía antropológica de ambas latitudes. Según la leyenda griega, el arquitecto de Atenas, Dédalo, diseñó un laberinto intrincado en el que el rey Minos encerró a esa peligrosa e inasible criatura llamada Minotauro. Para liberar a los atenienses de la tiranía del rey Minos, siete jóvenes, entre ellos Teseo, príncipe de la ciudad, se propusieron enfrentar al Minotauro en su propio laberinto. La astuta Ariadna, enamorada de Teseo le conminó a ir desenrollando un hilo desde la entrada del laberinto hasta el final de su recorrido. Teseo volvió sobre sus pasos, siguiendo el hilo una vez eliminado el monstruo y tuvo un final feliz con su inteligente princesa.

En esta forzada equiparación, ya tenemos laberinto: El sistema electoral cubano basado en la Ley Electoral 72 de 1992, una intrincada ruta de único sentido en la que poco se puede decidir si eres un simple ciudadano. Ya tenemos rey Minos, encarnado por los sucesivos Castro. El Minotauro, en el paralelo caribeño, estaría encarnado por esas figuras grises del Ministerio del Interior Cubano, policía política por excelencia. Y, por fortuna, al monarca Minos, le han salido antagonistas poco temerosos del Minotauro: los opositores del régimen que han lanzado proyectos para unas elecciones libres y plurales en 2018.

Hasta ahí vamos bien de esperanzas, pero…

¿Qué opositor político del régimen de Castro Junior puede salir ileso de ese laberinto burocrático denominado sistema electoral cubano?

La ley electoral 72/92 contiene varios apartados para atajar opositores antes de que sus candidaturas se canalicen. Son supuestos genéricos, pero peligrosos, que incapacitan a cualquier opositor a presentarse o a ser elegido, mucho antes de que las propuestas del primer nivel de designación, que son las circunscripciones populares, lo eleven al segundo nivel.

¿Por qué es tan complicado que una candidatura opositora pase los filtros de la ley electoral?

Porque, aunque cualquier postulación de los candidatos a las asambleas municipales se efectúa en reuniones abiertas y públicas, quiénes las organizan, presiden y dirigen integran una falsa y mal llamada sociedad civil, liderada por quienes concibieron el propio laberinto electoral. Las comisiones de candidatura (nacional, provincial, municipal) se rigen por la Comisión Nacional Electoral y estas, a su vez, son designadas por el Consejo de Estado. ¿Y quién dirige el Consejo de Estado? Pues el presidente del país, que en la leyenda es el rey Minos, pero en la realidad, Castro Junior. ¿Y quién manipula al Minotauro?, Castro Junior.

La ley electoral cubana refleja que son los mismos electores quienes eligen desde sus barrios, a menos de tres minutos de sus casas, a sus candidatos, pero también dispone que todo queda bajo la tutela de la Comisión (del nivel que sea).

Ya ha pasado. Si un opositor al régimen llega a ser propuesto o elegido, lo único que tiene que hacer la Comisión (de su nivel) es vincular los votos obtenidos con cualquiera de los supuestos que impiden que la candidatura de un disidente político salga adelante. Quienes dictaron las leyes, tuvieron en cuenta muchos de los resquicios judiciales y los pautaron bajo unos requisitos amorfos: “Todo elector solo tomará en cuenta para determinar a favor de qué candidato depositará su voto, sus condiciones personales, su prestigio y su capacidad para servir al pueblo”.

Esto nos lleva hasta la siguiente pregunta:

¿Existe subordinación política inherente al compromiso de los elegidos?

Por supuesto, el juramento que un candidato electo debe hacer está recogido en el Artículo 128 de esa laberíntica Ley Electoral. De más está decir que todo lo que hagan en el futuro tendrá que guardar lealtad a la patria y a la Constitución. Aquí se cierra el círculo vicioso porque la constitución remite a un Estado Socialista de facto, contra el que no vale ni disentir, ni oponerse, ni cuestionar.

Y… ¿si la cuestionas?

Entonces entra en juego el Artículo 62 de la obscura ley que viene a decir que todo lo que vaya contra la Constitución, el socialismo y el comunismo constituirá una transgresión imperdonable. Lo plantea con claras y contundentes palabras, “La infracción de este principio es punible”.

¿Y, si aun con todas las empalizadas operativas, se diera el caso de que un sólido, coherente y respaldado programa de oposición lograse incluir un candidato en el laberinto?

Como el Rey Minos, los ideólogos y correligionarios del régimen se encargaron de rellenar con ardides todo el interior y todos los contornos del laberinto. Con su sed de imponer el sistema de pensamiento único, se anticiparon a cualquier subterfurgio “revisionista” y le dieron a la Comisión Nacional Electoral -designada por el Consejo de Estado- todas las prerrogativas para interpretar la propia ley electoral. Así que este órgano con solo ocho o nueve meses de vida tiene la facultad de “declarar la nulidad de las elecciones en una o varias circunscripciones de un Municipio, o de algún candidato cuando se hayan incumplido las regulaciones establecidas en la Ley y puede disponer la celebración de nuevas elecciones”.

El paralelismo entre la leyenda de Creta y el sistema electoral de Cuba se bifurca justo porque el hilo de Ariadna viene a ser una herramienta física, un artilugio material. El laberinto en el que murió el Minotauro a manos de siete jóvenes dispuestos al sacrificio, no es comparable a una Ley electoral que basa su fuerza en una férrea y subvencionada “policía del pensamiento”, al decir de Georges Orwell en su visionaria "1984".

A miles de años de aquel laberinto infernal en el que los ciudadanos eran sacrificados en Grecia y trascendiendo ampliamente la visión política de Orwell, la ley electoral 62/92 de Cuba sigue su curso parsimonioso negando la única posibilidad de tener elecciones libres y plurales en Cuba.

El hilo de Ariadna lo tiene el pueblo, solo les falta un liderazgo unido a quién dárselo.

En la próxima entrega: ‘Elecciones bajo un partido único’

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