LA HABANA — Mientras se ejercitaba en el gimnasio, su teléfono celular no paraba de sonar. La joven, contrariada, dejó las mancuernas en el suelo y revolvió dentro un bolso color salmón hasta encontrar el móvil. La llamada era de un ‘cliente’. Llamémosla Yulia, 23 años, mulata esbelta de ojos claros que habla atropellando las palabras. Al llegar a su casa se duchó y después de vestirse con una blusa escotada, short de mezclilla y calzado deportivo New Balance, buscó en el armario un uniforme de enfermera y lo guardó en su mochila.
Jineteras cubanas: prostitución virtual, sexo por hora o emigrar para ser gogó
Se despide de la madre con un beso y le dice que va a comer en la calle. Yulia es prostituta.
“Al menos dos veces a la semana quedo con un cliente. Hace dos años, antes de la pandemia, llegué a tener tres ‘puntos’ (clientes) cubanos y dos ‘novios’ extranjeros. No tenía que salir a la calle a ‘luchar’ (buscar clientes). Me conectaba por WhatsApp con mi 'jevito' en Canadá o en Italia y a la hora pasaba por un cajero para sacar los 200 o 300 dólares o euros que me enviaban”, dice con una sonrisa.
“Burr, burr, sonaban los billetes nuevos al salir del cajero. Te juro que amo ese sonido. Pero llegó el coronavirus y la lucha (prostitución) se puso malísima. Al cerrarse la frontera y los yumas no poder viajar a la isla, se fue perdiendo el feeling con mis dos 'jevitos'. El jineteo se tuvo que reinventar. Antes de la pandemia iba a una discoteca o un bar de pegada y a la media hora tenía pegado a la oreja, como si fuera un arete, a un tipo con un baro largo (billetes) que me invitaba a beber. Pero cuando se paró el turismo, la caña se puso a tres trozos. Fue una amiga de Holguín la que me dijo que el sexo por internet dejaba dinero”.
El modo de operar es fácil, aclara Yulia. “Tu subes fotos atrevidas en Facebook o Instagram y cuando empiezan a dejarte comentarios, que en el caso de los cubanos, te dicen un montón de obscenidades, en sus perfiles investigo si viven en Cuba o afuera. Por la profesión y las fotos que postean se puede adivinar si tienen billete o son unos pasmaos. El trato es simple:le envío un paquete de precios. Por ejemplo, cinco fotos con poses desnudas, 500 pesos; diez fotos y un video masturbándome, 800; veinte fotos y video con sexo lésbico 1,200 pesos. Y sexo virtual con el cliente, masturbándome o bailando, 2 mil pesos o 20 dólares. El dinero te lo giran a tu número de móvil, mi cuenta de Transfermovil o mi tarjeta MLC si es en divisas”, explica y añade:
Yulia se cuelga sus audífonos inalámbricos y comienza a escuchar a Bad Bunny. Por una aplicación de WhatsApp pide un taxi. Yulia, comenta que solo “tengo sexo real con dos clientes que ya nos hemos convertido en amigos, a quienes conozco desde hace seis años. Uno de ellos tiene sus majaderías, le gusta que me vista de enfermera o de estudiante a la hora de realizar el sexo. Pero paga bien, es discreto y existe confianza mutua”.
Osdany, 26 años, comenta a Diario Las Américas que nació en Las Tunas, provincia a unos 700 kilómetros al este de La Habana, y en 2015 llegó a la capital con una maleta vieja, tres quesos caseros y varios kilogramos de café para vender. “Vivía en un batey de un antiguo ingenio azucarero. Era lo más aburrido del mundo. Como una cárcel sin rejas. El deporte nacional era tomar alcohol y tras las broncas entre borrachos, seguían bebiendo ron barato. Las mujeres estaban confinadas en la cocina, los quehaceres domésticos y por las noches a ver telenovelas. Había una enorme frustración".
Durante décadas, todo había girado al compás de la producción de azúcar. “Cuando cerró el central, la gente no sabía qué hacer con sus vidas. Un día mi hermano y yo no aguantamos más y venimos pa'la Habana. Teníamos claro lo que queríamos: jinetear y empatarnos con un tipo que nos sacara del país. Mi hermano lo logró. El era pinguero (jinetero masculino) y se buscó un novio español que lo sacó del país. Actualmente hace los trámites para sacarme a mí”, dice Osdany.
La joven tunera confiesa que ella reúne dinero jineteando. "Se ha puesto de moda la versión del sexo a distancia, pero a mí me gusta la caliente, el cuerpo a cuerpo. Se paga mejor y si eres inteligente puedes cultivar amistades solventes, porque las putas cubanas no solo trabajamos por dinero, también para conseguir una visa o un buen marido con quien casarnos y tener hijos fuera de esta pesadilla que es Cuba. Nada puede sustituir el trato personal con los clientes. Aunque es cierto que te encuentras de todo, desde tipos que son unas bestias hasta hombres que te cogen cariño y te ayudan. Al final, los que nos dedicamos a la prostitución, sean los que cobren o los que paguen, somos personas que buscamos comprensión en las personas con las cuales realizamos el sexo".
Aitana, 27 años, ya logró su sueño. En 2019 cruzó de forma ilegal la frontera sur de Estados Unidos y se radicó en California. “A los 18 años comencé a jinetear, pero mi plan siempre fue emigrar. Reuní dinero y viajé a Panamá. Después me fui a México y pude entrar a Estados Unidos. Obtuve mi estatus de residente y ahora bailo gogó en un centro nocturno masculino. Con lo que gano puedo vivir sin aprietos. Le mando dinero a mi familia y estoy en trámites para sacar a mis padres de Cuba. Empecé a estudiar enfermería porque no no voy a envejecer bailando en un tubo".
Emigrar también es el sueño de Yulia. “Soy bastante liberal. No deseo irme de Cuba solo para casarme y tener hijos. Quiero seguir siendo puta hasta que el almanaque lo permita”. En La Habana, Miami o Las Vegas. Le da igual.
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