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MÚSICA

Haydée Milanés, la mujer que se convirtió en una isla

La cantante ha repasado las canciones de su repertorio frente al público de Miami, prácticamente el mismo que la vio convertirse en artista en los teatros de La Habana

Por Michel Hernández

MIAMI.- Haydée Milanés ya no mira el muro del Malecón. Ni puede pasar largas horas con la vista en las olas que rompen contra el arrecife. Esa imagen, sin embargo, no la abandona. Ella sigue observando ese mar en su memoria, escuchando el sonido de las olas que rompen y disfrutando el olor a salitre que en las tardes se le pega a la ropa y la mirada. Haydée es una mujer mar. Ahí en ese atardecer en el Malecón encontró una de sus mejores fuentes de inspiración. La he visto conversar con las olas y la caída del atardecer, que no es otra cosa que hablar con ella con ella misma. Ese dialogo tan difícil como provechoso lo ha llevado a canciones que han crecido con los cubanos como ha ido creciendo el talento de la artista.

Haydée ya tiene otras olas delante de la mirada. Otra geografía. Bien visto son las mismas olas. La misma geografía del espíritu. Hace un año vive en la ciudad de Miami junto a su esposo, el fotógrafo Alejandro Gutiérrez y su pequeña hija, “Haydecita”.

En Miami, la cantante ha seguido subiendo la espiral de su carrera. Ha repasado en distintos clubes las canciones de su repertorio prácticamente frente al mismo público que la vio convertirse en Haydée en los teatros de La Habana o que llevaba su voz a la intimidad de las casas. Haydée no lo dice, pero estoy seguro de que extraña su muro, la bruma de la isla, el atardecer. La cantante es una cubana de pies a la cabeza. Ha afincado su carrera en las tradiciones de nuestro país que aprendió a respetar primero por las lecciones aprendidas desde niña junto a su padre y luego por su conocimiento e investigación en la música y la cultura cubanas.

Haydée ha crecido considerablemente no solo como cantante y compositora sino también como artista. La conocí hace casi 20 años. Era una muchacha muy joven, casi adolescente, que subía a los escenarios con cierto halo de timidez. Lo iba venciendo mientras entraba en calor durante los conciertos. No se sentía muy cómoda en el proceso hasta que el escenario se convertía en una extensión de su vida, de su casa. En ese rasgo se parece especialmente a su padre. Pablo podía tener todo el peso mundo y de la vida en las espaldas pero en medio de las tablas se convertía en el regidor del universo. En un músico que podía hacer en la noche magia con el poderío de su voz y el eficiente respaldo de su banda. Y el público reconocía el carácter infatigable y la fuerza que le imprimía a sus canciones surcadas por el talento inagotable de su colega de ruta y director musical por más de 30 años, el pianista Miguelito Núñez.

Haydée es una extraordinaria mezcla de toda esa energía heredada y de su propia claridad como artista. Como su padre, también tiene un sentido compromiso consigo misma, con lo que entiende que debe ser Cuba y con el público que desde la isla sigue su carrera y aplaude sus éxitos y nuevas colaboraciones.

Con el miedo del artista ha entablado su propia relación. Ha aprendido a tenerlo cerca como un viejo amigo con el que de alguna forma se tiene una relación a camino entre el amor y el odio. “Los nervios siempre hacen lo suyo. Es el compromiso que uno tiene con la necesidad de hacer un buen papel. Gente que lleva mucho tiempo encima de las tablas me dice que ese miedo nunca se quita. Prefiero tener esa cosquillita que te entra en el estómago porque ayuda a hacerlo bien. Si no la tuviera me preocuparía”, me comentó alguna vez mientras compartíamos un café en su casa en La Habana.

La evolución de la cantante se puede observar notablemente cuando uno escucha sus discos, devenidos en un considerable testimonio poético de su generación. El malecón, la esperanza de la espera, el desenfreno o el fracaso del amor, la facilidad y la imagen de Cuba se mueven en esos temas que tienen como centro la extraña fragilidad de la vida y de la propia condición humana

He sido testigo del proceso de grabación de varios de sus discos, de sus estrenos y de todo lo que conlleva la organización de conciertos en la isla. La he visto inmersa en ese sentimiento hondo a caballo entre la angustia, la rabia y la tristeza por no poder presentar su música en giras nacionales a todo el público que la ha seguido en la isla.

Haydée, Haydée Milanés en vivo o A la felicidad son algunas de sus producciones con las que presentó credenciales sólidas en la escena cubana contemporánea. Le siguieron Palabras, Palabras en vivo, con temas de la legendaria Marta Valdés y Amor y Amor Deluxe, con canciones de su padre grabadas junto a renombrados artistas internacionales. El resultado ha sido bastante notorio. La factura musical, el empaste entre los artistas y la cuidada elaboración de cada tema han sido impecables. No son atributos realmente raros porque la cantante es muy meticulosa a la hora de estrenar definitivamente un álbum. Repasa cada tema con una dedicación casi religiosa hasta que el propio tema le habla al oído y le cuenta todo lo que tenía guardado en su cabeza.

La propia cantante me lo explicó en una ocasión: “Este es el camino que he escogido. No me hallo haciendo una música que no me convenza ni teniendo una proyección diferente a la que tengo. Un artista debe ser consecuente consigo mismo, no con las disqueras, incluso antes de complacer al público tengo que sentirme bien conmigo misma. Este camino es más seguro, aunque no te lleve a vender millones de copias, sí te permite tener un público fiel, que te sigue, y eso es muy importante”.

En la sala de su casa, en La Habana, Haydée tiene un pequeño equipo de audio en el que siempre ponía a consideración de sus amigos las canciones en las que iba trabajando. Las alternaba con clásicos de la música cubana que les servían de anclaje y aprendizaje. Su capacidad para encontrar algún recurso nuevo en obras con más de 60 o 70 años era particularmente extraordinaria. Posiblemente otro rasgo heredado de su padre, de su familia y de su insaciable búsqueda en las fuentes de la música.

Haydée debe haber hecho un repaso de este año lejos de su Malecón de La Habana, y quizá más cerca de la persona que quiere ser en este momento o de la persona que se haya visto obligada a construir. La mayoría de los emigrantes en principio mantienen una especie de duelo interno por la lejanía y una batalla a capa quitada con la nostalgia. Haydée, ténganlo por seguro, no la ha tenido muy fácil por su arraigada condición espiritual. No creo que lo proclame a los cuatro vientos, pero sí que ese feroz intercambio en silencio pueda ser un camino para que el público en algún momento descubra a una nueva Haydée. A una cantante que aprendió a vivir con la vida en una maleta y que se ha alimentado de la experiencia. No será mejor ni peor, solo una artista que también ha crecido con el dolor como tantos cubanos que se han visto obligados a vivir en la distancia y la lejanía.

El 2023 ha sido un año en extremo difícil para la intérprete. En noviembre de 2022 perdió a su padre en Madrid a los 79 años luego de una lucha a camisa quitada contra el cáncer que lograba vencer precisamente cada vez que subía a un escenario hasta que llegó el día en que las fuerzas no le dieron para más. Estuvo viviendo además el drama de la “travesía” de su esposo hasta que llegó a la frontera y entró finalmente a Estados Unidos. En la Florida ya ha ofrecido varios conciertos a lleno completo y compartido con referentes de la música cubana como Willy Chirino, Leoni Torres y Kelvis Ochoa.

La cantante tiene un rosario de proyectos para este año. En Miami el público podrá seguir siendo un testigo excepcional de la expansión de su carrera y quizá deba cumplir con los reclamos de otros escenarios internacionales y proyectos de grabación.

En medio de toda esa vorágine creativa, Haydeé podrá seguir buscando inspiración para sus nuevas canciones en las caminatas por el atardecer, en la foto de familia y en sus sentadas en el muro del Malecón, aunque las olas contra los arrecifes ahora solo rompan en su memoria.

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