El 6 de octubre de 2026 la policía alemana detuvo a August Hanning en su casa al oeste del país. Hanning tiene 80 años y dirigió entre 1998 y 2005 el BND, el servicio de vigilancia exterior de Alemania. La fiscalía federal le imputa espionaje, intento de traición y trabajo como agente de un servicio secreto extranjero.
El espía alemán y las dos medias lunas
Un análisis preciso para contar las cosas como son
La historia empieza en el año 2010. Hanning ya era consultor privado y cerró un trato con su antiguo jefe de gabinete. Ese hombre ocupó desde 2012 el mismo cargo junto a los directores siguientes del servicio. Le entregaba papeles secretos a cambio de dinero y hasta junio de 2022 le pasó cerca de 2.000 documentos. Eran los informes que preparaba la reunión de inteligencia de la cancillería alemana. Había material sobre el programa nuclear de Irán, el ejército ruso y datos cedidos por servicios aliados.
El hallazgo fue por casualidad, cuando en septiembre de 2025 la policía registró la casa de Hanning por una causa ajena al espionaje. Se investigaba el secuestro de los hijos de una heredera alemana, en el que él niega toda participación. Allí apareció una memoria electrónica con esta información.
La fiscalía describe dos contactos, sin especificar un país. Así, con los papeles robados Hanning escribió un análisis para un agente de un servicio extranjero. Entre tanto, los fiscales todavía no saben si ese texto llegó a su destinatario. Además, Hanning alimentó durante años con información política a un oficial de otro servicio. Por su parte, un semanario alemán, con fuentes de la investigación, identificó a Azerbaiyán. El segundo contacto sigue sin bandera, y nada indica si pertenece a otro país o al mismo.
Azerbaiyán es un país de unos 10 millones de habitantes a orillas del mar Caspio, entre Rusia e Irán. La pista tiene apoyo en los hechos porque Hanning integraba la directiva de una asociación de amistad entre Alemania y Azerbaiyán. Los papeles hablaban de los dos vecinos de Bakú y más probable es que Azerbaiyán compró para sí.
La segunda alternativa exige mirar dos banderas. Es decir, el pabellón de Azerbaiyán lleva una media luna y una estrella, igual que el de Turquía.
Turquía y Azerbaiyán se definen con la fórmula oficial de una nación, dos Estados. Sus idiomas son parientes cercanos y sus hablantes se entienden en buena medida. El 15 de junio de 2021 Recep Tayyip Erdogan y el presidente azerbaiyano Ilham Aliyev firmaron una alianza formal en la ciudad de Shusha. El texto ordena reuniones conjuntas y periódicas de los consejos de seguridad de ambos países. En la guerra de 2020 contra Armenia los drones turcos inclinaron la victoria hacia Azerbaiyán. Un año después el vicepresidente turco dijo ante el Parlamento que el servicio secreto de su país trabajó en Karabaj.
Los departamentos de inteligencia conocen un recurso viejo para estos vínculos, es la bandera falsa y tiene dos usos. En el primero el espía se presenta como agente de un país distinto del suyo y el reclutado nunca conoce a su verdadero patrón. En el segundo, la bandera ajena cubre al comprador y si la operación cae, la cuenta le llega a otro.
El primer uso tiene un caso célebre. En 1961 la Stasi, la policía secreta de Alemania Oriental envió a un agente a París para seducir a una intérprete de la OTAN. La mujer era católica devota y creyó que su novio era un oficial de la inteligencia militar danesa. Le entregó secretos de la alianza y la Stasi llegó a enviarle un falso sacerdote que hablaba danés para oír su confesión.
El segundo uso asoma en un caso más reciente. Según memorandos de la CIA que se conocieron en 2012, agentes del Mossad con pasaportes y dólares estadounidenses se presentaron como hombres de la CIA. Así reclutaron a miembros de Jundallah, un grupo extremista sunita con base en Pakistán. Un militante islamista no trabajaría para Israel, pero sí para Washington. Durante años la sospecha de apoyar a ese grupo cayó sobre la CIA, pero Israel no reconoció la operación como propia.
Quedan entonces tres caminos sobre la mesa. En el primero Bakú compró para sí y el asunto termina allí. En el segundo, el oficial era azerbaiyano y su servicio trabajaba también para el hermano mayor. En el tercero, la bandera era falsa desde el principio, pero nadie pasa por azerbaiyano con menos esfuerzo que un turco.
Se puede objetar que nadie engaña a un exjefe de espías, esto vale para el primer uso de la bandera falsa y no para el segundo. Según la fiscalía, este vendedor trató con dos servicios extranjeros. La bandera ajena no necesitaba convencerlo, bastaba con que protegiera al comprador el día de la caída. Ese día llegó, y el único nombre publicado es Bakú.
El motivo para esconderse es el precio. Azerbaiyán es un culpable barato, porque queda lejos y no integra la OTAN. Turquía es en cambio un culpable caro porque es socio militar de Berlín en la OTAN y en Alemania viven cerca de 3 millones de personas de origen turco. En este terreno decir Turquía es decir Erdogan y desde agosto de 2017 el servicio secreto de ese país responde directamente al presidente.
Ese costo tiene un antecedente conocido. En febrero de 2017 el jefe del espionaje turco entregó a su par alemán una lista de 300 personas y 200 instituciones de Alemania. Eran supuestos seguidores del clérigo Fethullah Gülen, enemigo de Erdogan. La lista probó que Ankara vigilaba a sus emigrados en suelo alemán. Como consecuencia, Alemania abrió una investigación, avisó a los vigilados y la relación entre los dos países se envenenó.
Aquel escándalo no se podía callar, porque la propia Turquía entregó la lista y había que avisar a los vigilados. Sin embargo, este caso es de otra naturaleza. Si el comprador fuera turco, Berlín tendría tres razones para no decirlo. La primera es interna, una acusación contra Ankara caería sobre una comunidad de millones de personas. La segunda es la OTAN, que no tiene manual para un socio que compra los secretos de otro. La tercera razón es la debilidad que quedaría expuesta. Alemania debería admitir que un aliado le compró a su antiguo jefe de espías. Por eso el silencio sobre Turquía no la descarta, y que nadie la nombre es compatible con su inocencia y también con su culpabilidad.
Turquía tiene además dónde usar la mercancía porque limita con Irán y compite con Rusia en el mar Negro y en el Cáucaso.
No existe prueba alguna de que Turquía esté detrás. Existe una fiscalía con dos servicios extranjeros y ningún nombre oficial, una pista publicada que apunta a la media luna menor, y, una media luna mayor con el interés, los medios y el antecedente. La sospecha no es una sentencia, pero el caso huele a Erdogan. El segundo contacto todavía no tiene bandera.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
NULL
