ver más
OPlNlÓN

El mito del super misil ruso y la realidad industrial que lo hace imposible

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

El RS28 Sarmat se presentó como el misil balístico intercontinental más poderoso de Rusia y como la prueba de que Moscú conserva una capacidad estratégica comparable a la de las superpotencias. Es un cohete pesado de combustible líquido con alcance teórico cercano a los 18.000 kilómetros y con espacio para múltiples ojivas nucleares o vehículos hipersónicos Avangard. Reproduce el rol que en la Guerra Fría cumplía el SS18 soviético con una lógica simple: un misil de gran tamaño transporta una carga útil amplia y permite trayectorias menos previsibles, incluso rutas que rodean los polos para generar incertidumbre en las defensas.

Esa visión solo adquiere sentido cuando se recuerda que Estados Unidos opera desde hace décadas sistemas como el Minuteman III y desarrolla el LGM35 Sentinel con ciclos de prueba y certificación extremadamente rigurosos. El Minuteman III posee una confiabilidad demostrada durante más de cincuenta años de ensayos. El Sentinel incorpora componentes modulares y estándares industriales que permiten reemplazos rápidos y cadenas de suministro estables.

China avanza con misiles como el DF41 con velocidad creciente gracias a un complejo industrial que produce motores sólidos modernos y estructuras livianas. La comparación coloca al Sarmat en un contexto donde cada país que participa del equilibrio nuclear mantiene procesos industriales capaces de convertir diseños teóricos en hardware repetible.

El proyecto ruso muestra el contraste, ya que el diseño del Sarmat está apoyado en combustible líquido de gran volumen que exige ingeniería de precisión en cada válvula, en cada turbobomba y en cada sistema de guía. Esa arquitectura se sostenía en la Unión Soviética con miles de ingenieros especializados y plantas fabriles trabajando en ciclos continuos.

El ecosistema actual ruso ya no posee esa escala, y la dependencia de componentes extranjeros, la pérdida de proveedores calificados y el deterioro de la cadena productiva generan un entorno en el que un misil pesado deja de ser solamente un desafío técnico y se convierte en un desafío industrial que el país no domina, y las pruebas recientes lo confirman.

El lanzamiento desde Baikonur terminó con un fallo en la fase inicial de propulsión y con la caída del misil a poca distancia del silo. Un error de ese tipo aparece en etapas muy tempranas de desarrollo y revela que el sistema ni siquiera alcanza un nivel básico de estabilidad.

Estados Unidos realiza pruebas de sus misiles estratégicos con auditorías independientes y reportes técnicos públicos que muestran tasas de éxito elevadas. China, por su parte, mantiene una progresión sostenida en ensayos de motores sólidos con eventos exitosos en serie.

Entre tanto, Rusia responde con comunicados que destacan logros retóricos mientras la evidencia visible indica que el programa no madura. El Sarmat debía demostrar continuidad tecnológica. El resultado muestra un misil que no despega con fiabilidad y un complejo industrial que no sostiene un proyecto de esta magnitud.

La comparación internacional vuelve explícito el diagnóstico. Estados Unidos y China avanzan con sistemas estables y con industrias que funcionan. Rusia anuncia un misil revolucionario y termina exhibiendo fallas elementales en pruebas controladas. Esa diferencia de desempeño es la que define la calidad real del proyecto Sarmat.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

 NULL

    

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Temas

Deja tu comentario

Te puede interesar