OPINIÓN

El sofista y la falsificación de la realidad

La investigación platónica alcanza su mayor profundidad cuando el sofista comienza a aparecer como productor de imágenes

Por JUAN CARLOS AGUILERA P

El sofista y la falsificación de la realidad

Juan Carlos Aguilera Pérez

Uno de los peligros más graves para la vida política no consiste simplemente en que los gobernantes mientan. La mentira, por antigua que sea, presupone todavía una distinción entre lo verdadero y lo falso. Existe, sin embargo, una corrupción más profunda: aquella que consigue sustituir la realidad por una representación cuidadosamente elaborada, hasta el punto de que los ciudadanos terminan habitando un mundo de apariencias cuya falsedad apenas pueden reconocer. No se trata de una novedad de nuestro tiempo, aunque los medios tecnológicos hayan multiplicado extraordinariamente sus posibilidades. Platón dedicó a este problema uno de sus diálogos más penetrantes, el Sofista, cuya actualidad resulta sorprendente para comprender la transformación de la política en un ejercicio de fabricación de percepciones.

El diálogo comienza con una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién es verdaderamente el sofista? El Extranjero de Elea, acompañado por Teeteto, emprende una investigación que va descubriendo sucesivamente distintas figuras. El sofista aparece como cazador de jóvenes adinerados, comerciante de conocimientos, vendedor de enseñanzas y experto en controversias. Ninguna de estas caracterizaciones consigue, por sí sola, expresar completamente su naturaleza. Sin embargo, todas revelan una disposición común: convertir el saber y la palabra en instrumentos de éxito, prestigio o dominio. El problema no reside en la capacidad de argumentar, indispensable para la filosofía y la política, sino en la subordinación del discurso a una finalidad distinta de la verdad. El sofista no busca principalmente comprender aquello de lo que habla, sino conseguir que su interlocutor acepte lo que él desea hacerle creer.

La investigación platónica alcanza su mayor profundidad cuando el sofista comienza a aparecer como productor de imágenes. Ya no estamos solamente ante un hombre que domina la discusión o posee una habilidad extraordinaria para persuadir. Estamos ante alguien capaz de fabricar semejanzas que se presentan como si fueran la realidad misma. Platón distingue entre la reproducción que procura conservar las proporciones del modelo y aquella que modifica deliberadamente sus características para producir una apariencia convincente. Esta segunda posibilidad resulta de la mayor importancia, porque introduce una forma de engaño que no necesita destruir lo verdadero: le basta con producir algo suficientemente parecido para ocupar su lugar. El sofista no tiene que negar abiertamente la justicia, la libertad o el bien común. Puede apropiarse de sus nombres y ofrecer una representación que conserve su atractivo mientras altera su significado.

Aquí encontramos una de las claves de nuestra situación política. La propaganda contemporánea rara vez se presenta como una invitación explícita a abandonar la verdad. Por el contrario, suele invocarla constantemente. Los proyectos más contradictorios se anuncian como defensores de la libertad, la democracia, la justicia o la dignidad humana. El problema comienza cuando estas palabras dejan de designar realidades que pueden ser examinadas racionalmente y se convierten en signos de adhesión política. Su significado depende entonces de quién las pronuncia, de la identidad de quien las escucha y de la utilidad que puedan prestar a una determinada estrategia. La palabra permanece, pero su relación con las cosas comienza a desvanecerse. Lo que importa ya no es tanto que una afirmación sea verdadera como que resulte eficaz para organizar voluntades, suscitar emociones o desacreditar adversarios.

Josef Pieper advirtió acerca de la gravedad de esta transformación. En Abuso de lenguaje, abuso de poder, publicado originalmente en alemán en 1974, recuperó la controversia de Platón con los sofistas para mostrar que la corrupción del lenguaje constituye también una corrupción de las relaciones humanas. Hablar supone reconocer al otro como alguien capaz de conocer la realidad y compartirla mediante la palabra. Cuando el discurso se utiliza deliberadamente para manipular, esa relación desaparece. El interlocutor deja de ser considerado una persona con la cual se busca la verdad y pasa a convertirse en objeto de una operación destinada a obtener su asentimiento. La adulación, en este sentido, no consiste simplemente en decir cosas agradables, sino en emplear el lenguaje para conseguir del otro aquello que se desea, prescindiendo de su capacidad de juicio.

La observación de Pieper permite comprender por qué la sofística no es solamente un problema intelectual, sino una amenaza política. Allí donde las palabras dejan de estar vinculadas a las cosas, el poder adquiere una libertad extraordinariamente peligrosa, porque puede fabricar las representaciones mediante las cuales los ciudadanos interpretan su propia existencia. No necesita imponer constantemente una mentira reconocible. Puede organizar una sucesión de imágenes, relatos y explicaciones que terminen sustituyendo la experiencia de la realidad. Pieper advirtió expresamente que el peligro mayor consiste en la formación de una realidad ficticia cuya naturaleza artificial se vuelve difícil de descubrir. El ciudadano no solamente puede ser engañado; puede terminar perdiendo la disposición necesaria para reconocer que vive bajo el engaño.

El Sofista plantea, además, una dificultad filosófica que conviene no pasar por alto. Para explicar la posibilidad del discurso falso, Platón debe afrontar el problema del no-ser. Si aquello que no es no puede pensarse ni decirse, ¿cómo resulta posible afirmar algo falso? La solución exige distinguir el no-ser de la diferencia: decir algo falso no significa hablar de una nada imposible, sino atribuir a una cosa aquello que no le corresponde. El discurso puede referirse a algo real y, sin embargo, presentar como verdadero lo que no es verdadero acerca de ello. Esta distinción resulta fundamental. Sin ella, la crítica del engaño quedaría filosóficamente desarmada. Para denunciar una falsificación es necesario poder distinguir entre la realidad de aquello que aparece y la verdad de lo que se afirma sobre ello.

La importancia política de esta cuestión resulta difícil de exagerar. Una sociedad puede conservar sus instituciones, celebrar elecciones y multiplicar sus medios de comunicación mientras se deterioran las condiciones intelectuales que permiten deliberar acerca de lo verdadero y lo justo. Cuando los hechos son sistemáticamente subordinados a los relatos, las diferencias políticas dejan de organizarse alrededor de interpretaciones discutibles de una realidad compartida. Cada grupo comienza a disponer de su propia representación del mundo, protegida por un lenguaje que confirma sus convicciones y descalifica anticipadamente cualquier objeción. La discrepancia deja de ser una oportunidad para examinar argumentos y se convierte en prueba de pertenencia al campo enemigo. La política ya no busca persuadir mediante razones, sino consolidar identidades mediante imágenes.

Las nuevas tecnologías han ampliado considerablemente las posibilidades de esta antigua práctica. La inteligencia artificial permite producir discursos, fotografías, voces y secuencias audiovisuales de apariencia convincente, incluso cuando aquello que representan nunca ha sucedido. Pero sería superficial atribuir a la tecnología el origen del problema. Los instrumentos digitales multiplican una disposición que Platón había identificado mucho antes de su existencia: la tentación de sustituir el conocimiento por la apariencia de conocimiento. El peligro no reside únicamente en la fabricación de imágenes falsas, sino en la creciente indiferencia hacia la distinción entre lo auténtico y lo fabricado. Una comunidad habituada a consumir representaciones sin preguntarse por su correspondencia con la realidad termina debilitando una de las condiciones fundamentales de su libertad.

Conviene, sin embargo, introducir una distinción. No toda persuasión es sofística, ni toda comunicación política constituye una manipulación. Gobernar exige explicar, convencer, seleccionar argumentos y presentar públicamente las razones de las decisiones. También la retórica puede servir a la verdad cuando facilita su comprensión. La corrupción comienza cuando la eficacia del discurso se independiza deliberadamente de aquello que las cosas son. El sofista no se distingue del filósofo porque uno habla y el otro permanece en silencio, ni porque uno persuade y el otro renuncia a convencer. Se distinguen por la finalidad que ordena su actividad. Mientras el filósofo acepta someter sus afirmaciones al examen de la realidad, el sofista procura que la realidad quede subordinada al éxito de sus afirmaciones.

Esta diferencia permite establecer un criterio exigente para juzgar a los dirigentes contemporáneos. No basta preguntar si poseen capacidad de comunicación, si dominan los debates o si consiguen imponer sus mensajes. Es necesario examinar qué relación mantienen con la verdad cuando esta contradice sus intereses. ¿Reconocen los hechos desfavorables? ¿Rectifican sus errores? ¿Aceptan que el adversario pueda tener razón? ¿Utilizan las palabras para esclarecer los problemas comunes o para impedir que sean comprendidos? Un gobernante puede disponer de una extraordinaria capacidad de persuasión y, sin embargo, carecer de la virtud intelectual y moral indispensable para ejercer legítimamente la autoridad.

En el Político, Platón había presentado al verdadero estadista mediante la imagen del tejedor, capaz de entrelazar los diferentes caracteres de una comunidad. El Sofista permite comprender una condición previa de esa tarea: nadie puede tejer una comunidad política cuando las palabras han perdido su relación con la realidad. La confianza pública exige que los ciudadanos puedan reconocer un mundo compartido, distinguir los hechos de las interpretaciones y discutir acerca del bien común sin que el lenguaje se convierta permanentemente en un instrumento de engaño. Allí donde la palabra ha sido corrompida, también comienza a deshacerse el tejido de la convivencia.

La advertencia de Platón conserva, por eso, toda su fuerza. El sofista contemporáneo no necesita vestir como un maestro de retórica ni enseñar públicamente el arte de vencer en las discusiones. Puede ocupar un cargo político, dirigir una campaña, administrar una plataforma de comunicación o presentarse como intérprete autorizado de las aspiraciones populares. Lo que lo identifica no es su profesión ni su pertenencia ideológica, sino su relación con la verdad. Cuando el lenguaje deja de servir al conocimiento y se transforma en una técnica de dominio, la política pierde su fundamento. La primera responsabilidad de quien pretende gobernar no consiste, por tanto, en fabricar una realidad que los ciudadanos estén dispuestos a creer, sino en reconocer aquella que todos están llamados a comprender. Porque una comunidad puede sobrevivir a los errores de sus gobernantes; difícilmente conservará su libertad si termina perdiendo la capacidad de distinguir entre la verdad y su apariencia.

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