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EDICIÓN ANIVERSARIO

Los Díaz-Balart

Entre las enseñanzas que Rafael Díaz-Balart e Hilda Caballero Brunet dejaron a sus hijos está el rasgo más notable que se percibe cuando están reunidos: el respeto y la admiración que se tienen entre sí Rafael, Lincoln, José y Mario

El banquero, Rafael; el abogado, Lincoln; el periodista, José;  y el político, Mario, valoran por encima de todo y más allá del éxito en sus respectivas profesiones, la unidad familiar.

Así lo aprendieron y ese fue el pedido que escucharon de su padre durante sus últimas semanas de vida en la que les daba las gracias por haber sido sus hijos y les repetía que siempre estuvieran juntos.

Quizás por eso y aunque resultó difícil conciliar las agendas para encontrar un espacio en el que todos coincidieran para una entrevista, es que el día que se concretó la cita el tiempo no alcanzó para que los hermanos Díaz-Balart y dos de los integrantes de la más joven generación, Rafael y Daniel, se entregaran al recuerdo de tantos momentos en familia.

Rafael y Daniel, hijos de Rafael y Lincoln, respectivamente, respondieron sin titubear cuál fue el principal legado de su abuelo: “Ayudar a los demás, integrarse a la comunidad, estar atentos a las necesidades de otros”.

“A veces la ayuda, depende de las circunstancias, pero lo más importante es tener la voluntad de hacerlo”, comentó Lincoln, quien como congresista federal en 1997 consiguió el apoyo de sus colegas para la aprobación de la ley NACARA, con la que lograron salvar de la deportación a casi 500.000 nicaragüenses.

También los Díaz-Balart creen que una forma de darse a los demás es impartir educación y compartirla.

“Rafael, por ejemplo, no ha necesitado un cargo público para ayudar a otros”, dijo Lincoln de su hermano mayor mientras rememoraba un día que Rafael no volvió a la casa hasta el amanecer por asistir a  un desamparado que no encontraba sitio donde dormir.

“Hay muchas formas de ayudar, por ejemplo José, que por medio del periodismo le da voz a los que nunca han sido escuchados”, aseguró Mario.

Y si bien la generosidad, el honor y la fe fueron principios que prevalecieron en el hogar de los Díaz-Balart, el amor por Cuba fue algo que también ocupó el centro de sus vidas.

“Nuestro padre siempre decía: ‘Yo habito fuera de Cuba, pero nunca me he ido’”, comentó Rafael. “Él amaba a Cuba y a los cubanos en general, como muy poca gente ama a su patria”.

“Por eso hacemos lo posible por ayudar a los que están allá, añade Lincoln, no se merecen el sufrimiento que les ha tocado durante tantas décadas”.

“Para nosotros, no hay diferencia entre los cubanos de allá y los de aquí. Lo diferente está en que los de allá no han conocido la libertad, ni han tenido la oportunidad de vivir sus aspiraciones, apuntó Mario.

“Un cubano en cualquier lado del mundo sabe que nosotros somos sus amigos y que vamos a tratar de ayudarlo”, reafirmó Lincoln.

“Por eso, el primer compromiso con Cuba es hacer todo lo posible para que el día inevitable del fin de la dictadura llegue”, aseguró Mario.

“Mientras, nos aseguramos de que las personas conozcan los nombres de los principales héroes de la lucha por la libertad como Antúnez, el doctor Biscet, el Sexto”, señaló Daniel.

“Estamos conscientes de que nuestras profesiones en una dictadura están prohibidas, por eso preparándonos, estamos sentando las bases para la Cuba del futuro”, opinó José.

“Estamos seguros de que todos los cubanos sin excepción quieren ser libres, porque la libertad es algo que necesita el alma”, agregó Rafael.

Cuando alguno de los hermanos Díaz-Balart atraviesa un momento difícil, la mejor manera de enfrentarlo es “con una junta familiar”.

“Y es que tenemos definido cuáles son las cosas importantes de la vida –dijo José–, por eso mis hermanos son la gente que más admiro en el mundo y estoy seguro de que lo mismo ellos te dirían de mí”.

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