Hace 43 años, cuando Miami apenas comenzaba a hablar español, Nancy y Raúl García acompañaron a sus padres, Amelia y Raúl, a irrumpir en el escenario gastronómico de la ciudad con el local El Teide, que reclamó la memoria de la tierra de sus antecesores y devino más tarde el referente de arte culinario cubanoespañol que es hoy el restaurante Islas Canarias
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Los García, el arte culinario y la memoria de sus ancestros
Cuando el éxito ya estaba asegurado, los García optaron por mirar al oeste de Miami, donde la ciudad crece a pasos agigantados, y donde recrearon el nombre del restaurante Islas Canarias
Nancy y Raúl eran muy jóvenes, tan sólo 17 y 13 años de edad, pero el deseo de trabajar y las ansias de triunfar entraron por los poros de sus pieles sin que se dieran cuenta.
“Mis abuelos paternos nacieron en la isla de Tenerife y mi papá nombró su primer restaurante con el nombre del volcán El Teide”, recordó Nancy.
Fue en la esquina de la avenida 27 y la calle 12 del SW donde comenzó la historia del éxito de los García. “Recuerdo que mi papá era el hombre orquesta. Él cocinaba, atendía las carnes en la plancha y hacía tortillas. Los clientes llegaban y le decían ‘Raúl, hazme una tortilla, una palomilla, como tú sabes que a mí me gusta’. Un día, alguien le dijo, ‘Raúl, tengo ganas de comer un lacón con papas’. No había lacón pero mandó a buscarlo y se lo cocinó. Mi papá trataba de complacer a todos y por eso El Teide se llenaba día y noche”, recordó Raúl hijo.
Mientras tanto, Amelia, la reina del restaurante, que no tenía mesas pero contaba con un largo mostrador, con 18 banquetas, atendía a los comensales.
“Yo llegaba a El Teide después de salir de las clases del colegio. El fin de semana se llenaba de artistas. Teníamos el teatro Las máscaras muy cerca y nos visitaban cuando terminaba la función. Todos muy bien vestidos, las señoras con trajes largos y los hombres con sacos. Todos esperaban pacientemente a que una banqueta se desocupara para sentarse”, rememoró Nancy.
Cinco años después, los García se mudaron a la esquina de la avenida 27 y la calle 3, donde establecieron la marca gastronómica Islas Canarias en Miami.
“Allí también nombramos el restaurante en honor a los abuelos, los padres de mi papá”, señaló Nancy, no sin antes subrayar cuán trabajadores y humanitarios fueron.
“Nunca olvidaron sus raíces, la cubanía. Por todo eso, y mucho más, contamos aún con empleados que trabajaron con ellos. Hoy seguimos tratándonos como familia”, resaltó.
Cuando el éxito ya estaba asegurado, los García optaron por mirar al oeste de Miami, donde la ciudad crece a pasos agigantados, y donde no sólo recrearon el nombre del restaurante Islas Canarias, sino, además, cuentan con la habilidad de Jonathan, el hijo de Nancy, que mantiene en secreto la receta de las croquetas que enriquecen el menú. También está el local Finka Table & Tab, bajo la batuta de Eileen, la hija, quien mantiene viva la tradición del primer local abierto en la avenida 27 y la calle 12 del SW, cuatro décadas atrás.
El béisbol es la savia que alimentó la casa Hernández. Y no podía ser de otra manera, porque fue la pelota el planeta sobre el que giraron sus integrantes, especialmente, el cabeza de la familia.
Aunque su nombre es Orlando, todos en Miami lo conocen como “El Duke”. Así le decían en Cuba y así lo saludan los aficionados que lo reconocen por las calles del sur de Florida.
Orlando Hernández ha sido el pelotero cubano que más éxito ha experimentado en el béisbol de las Grandes Ligas. Pitcher mañoso y con mucha inteligencia, logró cuatro anillos de Serie Mundial y fue elegido el Jugador Más Valioso en una Serie de Campeonato, hazañas que guarda con orgullo en su corazón.
Pero todos esos logros, así como cada uno de los 3.944 outs que hizo en las Grandes Ligas, fueron impulsados por su deseo de triunfar y de sacar adelante a su familia, gracias a su enorme respeto por el juego y por hacer las cosas lo más profesionalmente posible.
Esa misma filosofía la inculca al hijo varón, Orlandito, un muchacho que casi lo alcanza en estatura aunque sólo tiene 13 años y heredó la pasión por la pelota de su famoso padre.
“Él escogió eso de jugar, nunca le dije que lo hiciera. Así que tiene todo mi apoyo y el de la familia”, asevera.
La familia a la que se refiere es numerosa. La encabeza su esposa Noris, su fanática más incondicional y quien salió en el mismo bote en el que él escapó de Cuba en diciembre de 1997. Aquella odisea forjó un vínculo imposible de quebrar y de esa unión surgieron tres de sus cinco hijos, Natalia, Sofía y Orlandito, que se sumaron a sus dos semillas mayores, Yahumara y Stheffi, y a su mamá María Julia Pedroso y su suegra Nubia Rifa.
“Ellos son el soporte. Todo en mi vida, lo que he logrado y lo que quiero hacer es por ellos”, admite el exlanzador cubano que brilló a finales de los 90 y principios y mediados de la década pasada vistiendo el uniforme de los Yankees de Nueva York y los Medias Blancas de Chicago.
Aunque triunfó en la Gran Manzana y en la Ciudad de los Vientos, es Miami la ciudad que le facilitó su vida, su corazón está en otro lado, un poco más al sur. “Miami es importante para todos nosotros los cubanos, y para todos los latinos, pero quiero vivir en Cuba, una Cuba libre donde pueda criar a mis hijos” .
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