OpenAI es la empresa que creó ChatGPT, el programa de conversación por inteligencia artificial (IA) más usado del mundo, más de 800 millones de personas lo consultan cada semana. La empresa cobra suscripciones por servicios adicionales a una parte de esos usuarios y también a las compañías que integran su tecnología. Ese negocio creció a una velocidad sin precedentes, y pasó de facturar unos $6.000 millones de dólares anuales a unos $25.000 millones en apenas 17 meses, un ritmo que ninguna empresa de programas informáticos igualó jamás; sin embargo, pierde dinero.
IA: Los $100.000 millones que no existen
Un análisis preciso para contar las cosas como son
La compañía comprometió más de $1 billón de dólares en centros de datos e infraestructura para los próximos años y no espera ganancias antes de 2030. Solo el año pasado gastó unos $34.000 millones de dólares. Carga, además, con unos $665.000 millones de dólares en compromisos de compra que no figuran como deuda en sus libros. No son obligaciones exigibles hoy. Son contratos de largo plazo para alquilar durante años la capacidad de cómputo que sus modelos necesitan, pagaderos a medida que ese cómputo se consume. La obligación es real, aunque no aparezca donde los inversores suelen mirar.
Para financiar ese agujero, OpenAI prepara su salida a bolsa, el momento en que la empresa privada vende sus acciones al público general por primera vez. La operación apunta a una valuación cercana al billón de dólares, una de las mayores de la historia. Quien vende algo tan caro necesita una historia que lo justifique y aquí empieza el problema.
En febrero de 2026 OpenAI probó publicidad dentro de ChatGPT, y dos meses después, en plena antesala de su salida al mercado financiero, la empresa dijo a sus inversores que ese negocio publicitario generaría $2.500 millones de dólares en su primer año y $100.000 millones anuales hacia 2030. Según las proyecciones que el medio Axios reveló, la empresa concibe la publicidad como su negocio central hacia el final de la década. Entre tanto, $100.000 millones de dólares anuales en publicidad es la escala de Google. Meta, la dueña de Facebook e Instagram, necesitó 17 años para construir un negocio de ese tamaño. Es cierto que Meta partió de cero y OpenAI llega con cientos de millones de usuarios. Pero esa ventaja desplaza el problema en lugar de resolverlo. Si bien la audiencia ya está, lo que no existe es la prueba de que ese público tolere avisos, ni de que los anunciantes paguen por ellos a esa escala.
Las proyecciones descansan sobre otro supuesto. OpenAI calculó esos ingresos asumiendo que sus productos alcanzarían unos $2.750 millones de usuarios semanales hacia 2030. Es decir, más de uno de cada tres habitantes del planeta usando sus programas todas las semanas. Esta es una apuesta a una adopción masiva que ningún producto tecnológico logró jamás en ese plazo.
En julio de 2026 la consultora Emarketer, una firma independiente que mide el gasto publicitario publicó su propia estimación. Todo el mercado estadounidense de publicidad en programas de conversación, sumados ChatGPT, el Copilot de Microsoft, el modo IA de Google y el asistente de compras de Amazon, generará menos de $1.000 millones de dólares este año y apenas $5.410 millones hacia 2030. Aunque OpenAI capturara cada dólar de esa categoría, quedaría lejos de su meta, porque la empresa proyectó para sí misma casi 20 veces lo que un analista externo calcula para el mercado entero.
Si bien la cifra de Emarketer mide solo el mercado estadounidense, la meta de OpenAI es mundial. Por lo tanto, la comparación no es perfecta; pero el mercado publicitario estadounidense es el mayor del planeta, y ningún ajuste geográfico razonable multiplica por 20 el tamaño de una categoría. Así, la brecha sobrevive a cualquier corrección.
Estas proyecciones no se publicaron en un ejercicio académico, se presentaron a los inversores que deben financiar la salida a bolsa, y la cifra de $100.000 millones sostiene la narrativa de que la publicidad más las suscripciones cubrirán algún día los gastos comprometidos. Las empresas pueden presentar proyecciones ambiciosas, y la ley estadounidense protege muchas declaraciones sobre el futuro cuando se identifican como tales y explican sus supuestos. Pero esa protección legal, creada en 1995, excluye expresamente las declaraciones hechas en el marco de una salida a bolsa. Cuanto más ambiciosa es una proyección presentada a futuros accionistas, mayor será el escrutinio de reguladores y de abogados si los supuestos no resultan razonablemente sustentables. Y sostener frente a un juez que un mercado de $5.410 millones producirá $100.000 millones exigirá algo más que entusiasmo.
Queda la pregunta de fondo, ¿por qué publicidad? La IA demostró que sabe vender, porque es exitosa con la oferta de suscripciones, servicios a empresas, programación automatizada y trabajo. El valor económico de esta tecnología está en reemplazar o multiplicar tareas humanas, no en interrumpir conversaciones con avisos. Apostar el crecimiento a la publicidad es elegir el terreno donde Google reina desde hace 25 años, con los datos de miles de millones de usuarios, con las herramientas que los anunciantes ya dominan y con márgenes que subsidian cualquier guerra de precios. Es como pelear en el sótano del adversario más fuerte.
Hay además un costo que no aparece en ninguna proyección. La promesa fundacional de estos programas era que trabajaban para el usuario y no para el anunciante, aunque una respuesta de IA financiada por publicidad tiene dueño. El día en que el público sospeche que la recomendación del programa obedece a quien pagó por aparecer, el producto corre el riesgo de erosionar lo único que lo distingue del buscador tradicional. OpenAI arriesga su mayor ventaja para copiar el modelo de negocio de su rival, y encima promete que esa copia rendirá más que el original.
Hoy los dos desenlaces más probables se dibujan con claridad. O el negocio publicitario incumple sus metas, y las suscripciones y los contratos empresariales deben cargar con un plan de ingresos que nadie diseñó para ellos; o la empresa recorta la promesa antes de cotizar y admite que el número era un artefacto de venta. Pueden aparecer terceros caminos, porque la economía rara vez respeta los escenarios de los analistas, pero en cualquiera de los dos casos previsibles, los $100.000 millones habrán cumplido su única función verificable hasta ahora, que fue existir durante los meses en que había que convencer a alguien de pagar $1 billón de dólares por una empresa que todavía pierde dinero.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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