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Desde El Vaticano

El cuerpo del Papa

Tras la cirugía, el Papa León XIV evoluciona favorablemente, pero aún restan estudios clave para determinar el alcance del adenocarcinoma detectado.

Por MARINELLYS TREMAMUNNO

El martes 13 de octubre, a la una de la tarde, un coche oscuro se detuvo frente a la entrada del Policlínico Gemelli de Roma. León XIV bajó caminando. Sonrió. Saludó a los pacientes que se habían acercado hasta la puerta para aplaudirle, entró por su propio pie acompañado de su secretario y de su médico, y subió al piso diez.

Ocho horas y cincuenta y tres minutos después, el parte médico firmado por los doctores Luigi Carbone y Stefano Margaritora decía una palabra que nadie esperaba leer: adenocarcinoma. Al Papa le habían extirpado el lóbulo inferior del pulmón derecho.

Entre aquella sonrisa de la una de la tarde y aquel papel de las diez de la noche cabe esta columna. Porque lo verdaderamente inédito de esta semana no es que un Papa esté enfermo. Los papas enferman desde hace dos mil años. Lo inédito es que lo hayamos sabido así.

La frase del domingo

Dos días antes, el domingo 11 de octubre, León XIV se asomó a la ventana del Palacio Apostólico para el Ángelus y, antes de despedirse, dijo esto:

«Recientemente, durante unas revisiones, los médicos me han detectado un nódulo localizado en el pulmón». Añadió que se había detectado «en una fase muy temprana» y que, siguiendo el consejo de los médicos, había decidido operarse para removerlo. Y terminó pidiendo: «¡Me encomiendo a sus oraciones!».

Conviene detenerse ahí, porque es un gesto sin precedentes modernos. Un Papa no anuncia una intervención quirúrgica en medio de una oración mariana. Para eso existe la Oficina de Prensa, existen los comunicados y existe, sobre todo, una larguísima tradición de silencio.

Un secreto de Estado

Durante siglos, el cuerpo del Papa fue materia reservada. Y no por pudor: porque el Pontífice es a la vez un hombre y una institución, y cualquier noticia sobre el primero se lee inmediatamente como un dato político sobre la segunda. Un Papa enfermo es un cónclave que se insinúa.

De ahí los episodios más sombríos de esta historia. En 1958, el médico personal de Pío XII, Riccardo Galeazzi-Lisi, fotografió al Pontífice agonizante y vendió las imágenes a la prensa; fue expulsado del Vaticano, pero el daño quedó. De Juan XXIII se habló abiertamente del tumor que lo consumía solo cuando ya agonizaba. Y Juan Pablo II convivió durante años con una enfermedad que el Vaticano tardó mucho en nombrar.

Fue precisamente Juan Pablo II quien invirtió el signo. Hospitalizado una y otra vez en este mismo piso diez, lo bautizó con ironía como «el Vaticano 3» —el 1 era la Ciudad del Vaticano; el 2, Castel Gandolfo— y convirtió su deterioro visible en parte de su mensaje. No ocultó el temblor. Lo ofreció.

Con Francisco, en cambio, la comunicación volvió a estrecharse. Durante sus treinta y ocho días de hospitalización en 2025, los boletines fueron escuetos y buena parte de la información relevante llegó a los medios por filtraciones.

Lo que hemos visto esta semana es otra cosa. El anuncio lo hizo el propio León XIV. El diagnóstico llegó por escrito, con la palabra exacta, firmado por los médicos que operaron. No es la primera vez que un Papa tiene cáncer; es la primera vez que la Santa Sede comunica en tiempo real, y con firma clínica, el diagnóstico oncológico de un Pontífice en ejercicio.

Lo que sabemos y lo que no

Dicho esto, el oficio obliga a una advertencia. Hay mucha más información que antes, pero sigue sin haber la información decisiva.

Sabemos que la intervención transcurrió sin complicaciones, que el postoperatorio evoluciona dentro de lo previsto, que el Papa ya camina, hace fisioterapia respiratoria, ha retomado su alimentación normal y el miércoles por la tarde concelebró misa en una sala habilitada del hospital. Sabemos que las audiencias y actividades públicas están suspendidas hasta el martes 20.

No sabemos el estadio del tumor. No sabemos si los ganglios están limpios. No sabemos si hará falta algún tratamiento adicional. Todo eso depende de los estudios patológicos del tejido extraído, que se esperan en los próximos días.

Cualquier pronóstico que se publique antes de esos resultados —optimista o catastrofista— es especulación. Y en una historia así, la especulación no es un pecado venial: es el modo en que se construyen pánicos y falsas esperanzas sobre el cuerpo de un hombre.

La Iglesia no tiene vicepapa

Hay una pregunta que me han hecho estos días más que ninguna otra: quién gobierna mientras tanto.

La respuesta incomoda por lo simple. El derecho canónico no prevé la sustitución de un Papa por enfermedad. No existe la figura de un vicepapa ni un mecanismo de suplencia temporal. El ministerio petrino es personal e intransferible: solo se extingue con la muerte o con la renuncia.

Así que León XIV sigue siendo Papa desde la habitación del piso diez, y desde allí puede firmar, decidir y recibir. La maquinaria de la Santa Sede continúa funcionando a través de sus órganos, con el cardenal Pietro Parolin al frente de la Curia y de la diplomacia. Nada se detiene.

Pero esa misma arquitectura explica por qué la salud de un Papa nunca es un asunto privado. Cuando el cargo no se delega, el cuerpo que lo sostiene se vuelve, inevitablemente, un asunto de gobierno.

Y ahora, Chiclayo

Queda la pregunta que más me preguntan desde América Latina: El 6 de noviembre, dentro de poco más de tres semanas, debía comenzar el viaje apostólico a Uruguay, Argentina y Perú: doce días, doce desplazamientos, un primer vuelo de más de doce horas. Y, en el corazón del itinerario, el regreso a Chiclayo, la diócesis que fue suya durante ocho años.

Al momento, la Santa Sede mantiene el viaje y el Papa también mantiene la intención de hacerlo. Pero una cosa es la voluntad y otra la recomendación médica de quienes acaban de extirparle un tercio de un pulmón. La decisión no se tomará por entusiasmo ni por presión, sino cuando lleguen los resultados que todavía faltan la próxima semana. Mientras tanto, el viernes tendremos una vigilia para pedir por su salud en la Plaza de San Pedro y el CELAM pidió activar cadenas de oración en todo el continente.

León XIV decidió exponerse al mundo, humano y frágil como cualquiera de nosotros. Y lo hizo en el momento más vulnerable de un pontificado que apenas lleva un año y menos de cinco meses. Esa decisión, ya cambió para siempre la manera en que la Iglesia habla del cuerpo de quien la gobierna.

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