Todo profeta necesita un fin del mundo. Al Gore tuvo el suyo durante veinte años, cuando en 2006 estrenó una película sobre el calentamiento global y ganó un Oscar. Después recibió un Nobel, fundó una gestora de inversiones y se convirtió en la cara del apocalipsis climático. El oficio del profeta es simple, se anuncia la catástrofe, se señala a los culpables y se vende el camino de la salvación. El oficio funciona mientras nadie anuncie un apocalipsis mejor.
¿Clima o IA? Al Gore y la pelea por el fin del mundo
Un análisis preciso para contar las cosas como son
El miedo a la inteligencia artificial (IA) no es nuevo. Elon Musk lo predica desde hace más de una década, y lo último ocurrió en septiembre de 2026. Dario Amodei, el jefe de Anthropic, pidió en público frenar el ritmo de avance de la tecnología. Sam Altman y Musk lo apoyaron a los pocos días. El miedo disperso consiguió entonces lo que nunca tuvo el miedo climático. Los fabricantes del peligro pidieron ellos mismos que alguien los detenga.
Ese fin del mundo tiene ventajas claras sobre el anterior porque el clima habla en décadas y la IA amenaza el empleo del año próximo. El clima tiene gráficos de temperatura, pero la superinteligencia tiene máquinas que engañan a sus dueños. Los profetas del clima son políticos retirados, pero los de la tecnología son los mismos que la construyen. El miedo de la gente es un presupuesto limitado, y el apocalipsis nuevo se lleva la parte mayor.
Gore entendió el problema antes que sus seguidores. El 16 de septiembre de 2026 dio una entrevista junto a una directiva de su gestora, Generation Investment Management, y dijo que las emisiones de todos los centros de datos de la IA son apenas una fracción de las emisiones de los basurales a cielo abierto. Meses antes ya hablaba de preocupación profunda pero no de pánico. Hasta ahí el profeta defendía su territorio. Lo notable vino después. Gore dijo que lo que debe preocupar a la gente son las advertencias que salen de la propia industria. Dijo que cree sincero a Amodei, y también a Altman y a Musk; y habló de modelos que escapan del encierro, colaboran en secreto y borran sus huellas. El dueño del fin del mundo viejo le dio la bendición al fin del mundo nuevo.
La confesión más importante pasó casi inadvertida, Gore explicó que la oposición a los centros de datos en tantos lugares de Estados Unidos no nace del carbono, sino del temor a la pérdida de empleos y a las amenazas que describen los expertos de OpenAI y de Anthropic. El hombre que dedicó 20 años a asustar con el clima admite que la gente ya sale a la calle por otro susto. Sus fieles marchan, pero van detrás de otro vidente.
Un predicador menor negaría al rival, pero Gore es un profesional y eligió anexarlo. La operación tiene tres movimientos, primero, absuelve a la IA del pecado climático, con la comparación de los basurales. Segundo, la convierte en herramienta de su propia salvación. Para eso cita un estudio del Grantham Institute, según el cual la IA podría recortar entre 3.200 y 5.400 millones de toneladas de emisiones por año hacia 2035. Y finalmente, receta el mismo remedio para los dos apocalipsis; es decir, regulación y cooperación entre Estados Unidos y China. Así queda un solo sacerdote, una sola liturgia y dos infiernos para elegir.
Hay un cuarto movimiento que no figura en el sermón. Al 30 de junio de 2026 Generation declaró ante el regulador estadounidense una cartera de $10.290 millones de dólares. Entre sus posiciones mayores figuran Amazon y Microsoft, y también tiene Alphabet e Intuit. En julio de 2026 Just Climate, una firma creada por Generation, entró como accionista de una plataforma brasileña de centros de datos. La tecnológica se presenta como respuesta a la demanda de nube y de IA. Es decir, quien absuelve a la IA preside una gestora con mucho dinero puesto en las empresas viviendo de ella. Gore predica sobre un fin del mundo y su casa financiera invierte en el otro.
Los números que usa merecen una mirada. La cifra de $5.400 millones de toneladas es el techo del escenario más ambicioso del estudio. En ese escenario hasta 3.000 millones de toneladas vienen de la comida. Para llegar ahí la IA tendría que llevar las proteínas alternativas hasta el 50% del consumo en 2035. Es una posibilidad modelada, no una predicción. En agosto de 2026 la misma revista, npj Climate Action, publicó un estudio que llega a la conclusión opuesta. Sus autores calculan que la IA aplicada al petróleo y al gas aumenta las emisiones netas entre 470 y 1.800 millones de toneladas por año. Dos de esos autores trabajaron en Microsoft y después fundaron la Enabled Emissions Campaign, una organización dedicada a denunciar las emisiones que la IA facilita. Los dos trabajos modelan mecanismos distintos y ninguno predice el futuro. Aun así, producen cifras que alimentan discursos opuestos. La ciencia ofrece entonces un número para cada fe. El profeta elige el que le conviene, como siempre.
Los miedos públicos también tienen temporadas. La bomba demográfica dominó una época, el invierno nuclear otra. El agujero de ozono ocupó después los titulares y luego el clima consiguió una permanencia mayor y reinó dos décadas. Ningún terror desapareció por completo, pero cada uno perdió la atención cuando apareció otro que le hablaba mejor a su época. La IA no quiere nada, ni bueno ni malo, y sin embargo su apocalipsis ya ganó la pelea por la atención.
Hacia 2030 el clima será un capítulo dentro del discurso sobre la IA. Las cumbres climáticas se llenarán de paneles sobre máquinas, porque ahí estarán las cámaras y los fondos. Las gestoras verdes cambiarán de nombre y de folleto. Gore filmará su próxima película sobre algoritmos y no sobre glaciares. Y dentro de 20 años otro profeta, hoy desconocido, le explicará al mundo que el peligro de la IA era real pero exagerado, y que el verdadero fin del mundo es el suyo.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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