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OPINIÓN

La OMS: un instrumento al servicio del globalismo

El organismo internacional, bajo la lupa por sus vínculos con China y el financiamiento de Bill Gates, ha generado controversia por sus directrices.

Por JUAN CARLOS SÁNCHEZ

El desembarco del crucero MV Hondius el pasado mes de mayo en Tenerife (Islas Canarias) por orden de la Organización Mundial de la Salud (OMS) al gobierno español, nos recuerda hasta qué punto las disposiciones de la gobernanza global actúan como herramientas de imposición de una agenda carente de legitimidad democrática sobre las soberanías nacionales.

El barco con bandera holandesa había partido desde de Ushuaia, Argentina, con destino a Cabo Verde. Durante la travesía se produjo un brote de hantavirus, que causó la muerte de tres personas y un total de 13 casos de contagio, según las últimas informaciones disponibles.

Tras el rechazo de Cabo Verde a recibir el crucero, el ejecutivo español autorizó por razones humanitarias su llegada al puerto tinerfeño de Granadilla de Abona, pero la decisión desató una intensa controversia política y social, sin precedentes, entre el ejecutivo de Pedro Sánchez y las autoridades canarias.

Ante esta embarazosa situación, surgen algunas preguntas inevitables.

La primera resulta obvia. ¿Cuenta el gobierno español con un plan de contingencias para enfrentar situaciones de riesgo de este tipo, en coordinación con las diferentes comunidades autónomas? Lo que, enseguida, nos lleva a la segunda interrogante: ¿Por qué tuvo que seguir el presidente Pedro Sánchez las ordenanzas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), comportándose de una manera desleal, improvisada y sin transparencia con el gobierno de Canarias?

Intentaré explicarlo.

Si revisamos las hemerotecas, no es la primera vez que España se pone a las órdenes de la OMS. Ya en 2020, Pedro Sánchez se sometió a las directrices de la Organización Mundial de la Salud durante la pandemia del COVID-19. Los resultados fueron catastróficos. La pandemia dejó más de 13.9 millones de casos confirmados y más de 121,000 fallecimientos certificados en el país. Además de carecer de protocolos sanitarios previos y descoordinación entre administraciones, una auditoría independiente encargada por el Sistema español de Salud reveló graves incongruencias entre los protocolos y recomendaciones técnicas de la Organización Mundial de la Salud y la ejecución política e institucional del gobierno español.

Pero España no fue el único país que se subordinó a los designios de la OMS durante la pandemia de COVID-19. Cientos de países adoptaron entonces orientaciones de la Organización Mundial de la Salud, siguiendo una agenda más política que técnica y científica.

Detrás de esta estructura de mando de la OMS, centralizada y jerárquica, está la injerencia de China, que desde principios del siglo XXI había aumentado su influencia ideológica y financiera en este importante organismo de la ONU.

En febrero de 2021 la agencia AP publicó un reportaje (*) en el que revelaba cómo los altos mandos de la Organización Mundial de la Salud en privado se habían quejado de que China tardó más de una semana en compartir la secuencia genética del virus, a pesar de que la OMS elogiaba públicamente a Pekín por su rápida respuesta y su valiosa colaboración a la hora de declarar la emergencia internacional.

De hecho, altos mandos del citado organismo, incluido el director general Tedros Adhanom Ghebreyesus, fueron criticados por alabar la gestión china mientras el régimen de Beijing silenciaba y perseguía a los médicos que alertaron sobre el COVID-19 en Wuhan, destruyendo muestras tempranas del virus y censurando bases de datos científicas para ocultar la verdadera magnitud del brote.

A partir de este momento, las investigaciones sobre la gestión de la OMS no se hicieron esperar y entraron en una fase crítica para los intereses del organismo.

La colonización institucional de China en la Organización Mundial de la Salud marcó un salto cualitativo a partir de la segunda década del siglo XXI. La OMS dejaba de ser un organismo independiente para convertirse en una maquinaria burocrática que acepta reiteradamente las versiones de Beijing sobre los protocolos que hay que seguir y las recomendaciones sobre salud publica en el mundo.

A esto se suman las advertencias de instituciones de acreditado prestigio preocupadas por los procesos de selección de los funcionarios encargados de dirigir la OMS, acusados de conflictos de interés y tráfico de influencia política.

Sin ir más lejos el director general de la OMS, Tedros Adhanom, antes de tomar las riendas de la OMS, fue un activo militante y miembro del buró político del Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF), partido de ideología marxista-leninista. Investigador y experto en salud pública, Tedros asumió entre 2005 y 2012 el cargo de ministro de Sanidad de Etiopía y se granjeó una mala reputación con el encubrimiento de los brotes de cólera que sufrió este país africano durante los años 2006, 2009 y 2011.

Curiosamente, Tedros Adhanom se desempeñó también, entre 2012 y 2016, como ministro de Relaciones Exteriores de su país, periodo en el que China se convirtió en el principal inversionista en Etiopia. Por tanto, la agenda pro-China del actual director de la OMS posee una larga data.

En la órbita de este político etíope hay otras acusaciones en curso. En el año 2017, durante su elección como director general de ese organismo, Tedros Adhanom contó con el apoyo diplomático de China. Tedros sustituyó a la funcionaria de salud, Margaret Chan, de origen chino, quien durante su mandato se encargó de colocar a personal afín al régimen de Beijín en puestos claves de la OMS.

La gravedad del caso no reside sólo en la elección y posicionamiento de altos cargos ejecutivos al servicio de un país (China) en organismos internacionales, similar a la estrategia que utilizó la ex Union Soviética durante la Guerra Fría. Lo inquietante es que determinadas decisiones y protocolos orquestados desde dentro del organismo, pudieron discurrir por canales ajenos a los procedimientos formales de la OMS como cuando Tedros llegó a acusar a Taiwan, sin ninguna evidencia, de originar ataques racistas y amenazas de muerte contra su persona, como parte de una campaña para desacreditar a esta nación independiente y excluirla de los asuntos de la OMS y de la ONU.

El 14 de abril de 2020, el entonces presidente Donald Trump anunció la suspensión temporal de más de 400 millones de dólares a la Organización Mundial de la Salud, por no cumplir con sus obligaciones básicas y por no ser capaz de “obtener y compartir información sobre la epidemia a tiempo y con transparencia”.

La decisión de Trump desencadenó una lluvia de críticas. Pero no le faltaba razón para castigar a un organismo pro-chino y al servicio del gobierno global.

¿Por qué la OMS dio este giro de 360 grados? En realidad, nadie debe sorprenderse.

La Organización Mundial de la Salud se fundó oficialmente el 7 de abril de 1948, tras ser adoptada por 61 países. Nació como organismo especializado de las Naciones Unidas para promover la salud y seguridad mundial tras la Segunda Guerra Mundial. Los países miembros, liderados por EE. UU., impulsaron su creación para que la comunidad internacional contara con un instrumento de comunicación y coordinación de las naciones con el propósito de dar respuesta global a los problemas de salud, sobre la base de una gestión transparente y con periódicas rendiciones de cuentas.

Es la época en que se crean también la ONU, la OTAN, el GATT (por solo citar algunas instituciones) bajo los principios del derecho internacional, la cooperación universal, la soberanía y los valores del mundo libre.

¿Por qué la OMS fue perdiendo de forma progresiva sus valores y su identidad fundacional? ¿Por qué dejó de ser un organismo global para convertirse en un instrumento del globalismo?

Diversos analistas admiten que la Organización Mundial de la Salud tiene un sesgo ideológico. De hecho, una encuesta reciente realizada por SERMO -la principal red social global exclusiva para médicos, farmacéuticos y profesionales de la salud- reveló que la influencia política es el mayor desafío que enfrenta la OMS, por encima de otras limitaciones estructurales y operativas.

No es casualidad. En regímenes e instituciones con ideologías afines al progresismo autoritario, la planificación estatal suele prevalecer sobre las libertades individuales. Bajo esta dinámica en busca de una utopía igualitaria-justiciera, los objetivos profesionales, la educación y las investigaciones científicas de la Organización Mundial de la Salud dejaron de responder a las prioridades sanitarias para convertirse en una herramienta ideológica, secuestrada por una elite global para difundir su propia agenda.

Esas fueron las prioridades que comenzaron a regir en la OMS siguiendo orientaciones de China. Una organización donde comenzó a prevalecer la lógica de la colectividad en lugar de la lógica del individuo.

Erróneamente se afirma que la Organización Mundial de la Salud es una organización pública. Pero esta es una verdad a medias. Además de sufragarse con contribuciones obligatorias (cuotas) de sus estados miembros y contribuciones voluntarias de algunos países, el organismo recibe una financiación significativa de multimillonarios como Bill Gates (con grandes intereses en la industria farmacéutica) que aporta aproximadamente entre el 10% y el 14% de sus contribuciones totales. Otros donantes privados destacados incluyen a George Soros, a través de sus Open Society Foundations (OSF), la Alianza para la Vacunación (GAVI), fundaciones filantrópicas y las aportaciones de grandes farmacéuticas.

Es difícil saber a qué nivel han llegado estas presuntas tramas de tráfico de influencias y posiciones sectarias dentro de la organización, pero no parece haber duda de sus conexiones con asociaciones público-privadas que han centralizado el poder en detrimento de la libre competencia en las decisiones médicas, permitiendo que corporaciones e intereses privados moldeen la política sanitaria internacional.

En 2021 los países miembros de la Organización Mundial de la Salud, siguiendo orientaciones de la Asamblea Mundial de la Salud y el Consejo Ejecutivo- alcanzaron un consenso para iniciar el proceso de redacción y negociación de un instrumento o tratado internacional a través del cual el organismo se atribuye el poder de declarar una pandemia en cualquiera de sus 194 estado miembros.

Este Tratado sobre Pandemias, finalmente aprobado el 20 de mayo de 2025, le concede al director general de la OMS y a su comité de expertos la autoridad de determinar unilateralmente las regulaciones que se impondrán en futuras pandemias, incluyendo políticas de bloqueo, enmascaramiento obligatorio, distanciamiento social y coacción a la población para que se someta a tratamientos médicos y vacunas.

El recurrido argumento esgrimido por los sectores de izquierda que perciben a la OMS como un árbitro neutral indispensable para prevenir y contener pandemias que paralizarían la economía mundial, encuentra en Friedrich Hayek o Milton Friedman una contundente respuesta al considerar este organismo como una burocracia supranacional onerosa que impone directrices universales sin tener en cuenta las realidades económicas o las necesidades individuales de cada nación.

Las advertencias de Hayek o Friedman serian suficiente para verificar en la práctica que muchas de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud a menudo derivan en cierres, mandatos y restricciones que vulneran la autonomía personal y la libertad de empresa.

¿Habrá alguna manera de parar este tratado? ¿Renunciarán los estados y las naciones a su condición soberana para potenciar a una dinastía supraestatal empeñada en el colectivismo, el partido único y la falta de derechos humanos?

Los miembros de la OMS creen que resuelven un problema (como hizo el gobierno español con el crucero MV Hondius en Tenerife), aceptando presiones externas y renunciando a la protección de sus fronteras sanitarias. Falso: lo que hacen es convertirse en agentes ejecutores de una agenda global en lugar de representar los intereses de sus propios ciudadanos.

Y este fenómeno a través del cual los gobiernos nacionales acatan e implementan políticas en función de una agenda política o ideológica, dictadas por estos organismos supranacionales, sin discutirlas internamente, se le conoce como globalismo.

Agustin Laje, destacado escritor y politólogo argentino, ha realizado un magnífico libro sobre cómo una elite global intenta imponer sus intereses en todo el mundo. Se titula “Globalismo” y en su obra alerta sobre la existencia de organismos paraestatales controlados por políticos, empresas y magnates multimillonarios que desembolsan su dinero a través de entidades filantrópicas para controlar los destinos de organizaciones como la Organización Mundial de la Salud.

A través de esta privatización del poder político, las grandes corporaciones toman decisiones de la mano de funcionarios que no son legítimos ni representativos ya que no han sido elegidos democráticamente.

Como respuesta a una degradación institucional cada vez más alarmante, en enero pasado el gobierno de Estados Unidos anunció su retirada ya oficial de la Organización Mundial de la Salud, lamentando que la inercia burocrática, los paradigmas arraigados, los conflictos de intereses y la política internacional hayan transformado a esta organización en una marioneta al servicio de una agenda.

La narrativa antiamericana y la geopolítica antioccidental han condicionado los criterios del comité de dirección de la OMS, por lo menos en las dos últimas décadas. En un vistazo a la historia reciente del organismo, resulta inexcusable observar un desgaste en el consenso democrático y en la capacidad de interlocución respetuosa del principal organismo de salud del mundo con los países miembros y con los representantes de la comunidad científica. Tan inevitable es esa observación como la evidencia de que la OMS se ha convertido en una organización en la que las ideas progresistas mantienen un proyecto descabellado en contra de sus principios fundacionales.

La complicidad del director de la OMS, Tedros Adhanom, con el régimen chino no debería quedar sin investigarse y sin explicaciones claras y apegadas a la verdad por parte del organismo.

La erosión de la credibilidad de la Organización Mundial de la Salud frente a la comunidad internacional se ha visto impulsada por la falta de transparencia, las directrices contradictorias y la politización de las crisis sanitarias globales.

Ante este escenario, la OMS se enfrenta a un desafío histórico para restaurar su autoridad moral y científica, viéndose obligada a replantear sus estrategias de cooperación internacional para recuperar la fe de las naciones más vulnerables. Garantizar el buen nombre de la institución, hoy enturbiado por los intereses de algunas grandes potencias que han obstaculizado la independencia del organismo, debería ser una urgencia.

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