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Opinión

¿Por qué tantos íconos culturales abandonan la izquierda?

¿Está la izquierda en el ocaso de su dominio cultural?

Por Paul Sfeir

La izquierda pasó décadas convencida de que Antonio Gramsci le había entregado la fórmula definitiva para conquistar el poder cultural: ocupar universidades, medios, espacios artísticos y centros de formación para moldear el sentido común de una sociedad. La apuesta era clara: quien controla los relatos, termina influyendo en la forma en que la gente entiende la realidad.

Y durante años funcionó.

Pero la izquierda cometió un error fatal: confundió hegemonía con imposición, cultura con violencia y crítica con superioridad moral.

Dejó de persuadir y empezó a sermonear.

En vez de construir una visión capaz de convocar a las mayorías, se refugió en causas cada vez más fragmentadas, en identidades cada vez más pequeñas y en discursos que muchas veces exigía practicar a otros, pero no a sí misma.

Gramsci advirtió que una hegemonía se derrumba cuando quienes la ejercen dejan de comprender a su propio pueblo. Eso fue exactamente lo que ocurrió.

La izquierda que prometía transformar el sistema terminó administrándolo. Cambió las grandes causas por la burocracia, la representación popular y la conexión con la gente por el aplauso de círculos ideológicos cada vez más cerrados.

Y mientras la izquierda cultural se dedicaba a vigilar palabras o inventar un nuevo idioma, cancelar disidentes y dictar qué opiniones eran aceptables, millones de personas comenzaron a sentirse excluidas, ignoradas o directamente despreciadas.

Y la gran ironía es que la nueva derecha, tal vez sin saberlo incluso, entendió mejor a Gramsci que la propia izquierda. Ocupó espacios digitales, construyó referentes culturales y conectó con sectores populares que ya no se sentían representados por quienes hablaban en nombre del pueblo.

Por eso no es casualidad que figuras tan distintas como Joaquín Sabina, Pablo Milanés, Andrés Calamaro, Mario Vargas Llosa, Clint Eastwood, Rob Schneider, Dani Carvajal o Sergio Ramos hayan tomado distancia pública de la izquierda. Es una señal política y cultural.

Muchos iconos de la cultura moderna perciben que la izquierda se volvió dogmática frente al disenso, obsesionada con la identidad, intolerante a la crítica y más preocupada por controlar el lenguaje que por resolver los problemas reales de la gente.

El resultado es evidente: la gente se dio cuenta de que la capacidad de representar el sentido común de las mayorías fue solo retórica.

Amigos, cuando una fuerza política pierde el sentido común, pierde la cultura. Cuando pierde la cultura, pierde la hegemonía. Y cuando pierde la hegemonía, alguien más ocupa su lugar.

Pero ojo; si de este lado no se hacen las cosas bien, el péndulo se devuelve muy rápido, porque la hegemonía cultural no pertenece a nadie. Pertenece a quien mejor interpreta los signos de sus tiempos.

contacto@paulsfeir.com

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