Todo ha fracasado
No cambiaría esa noche de caos por ninguna: no es posible entender lo viciosamente estúpidos que somos sin perder una noche en la autopista de esa manera
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Normalmente cuando salimos los sábados sabemos adónde vamos, a qué cine vamos, qué película iremos a ver. No ocurrió esa noche, no era una noche cualquiera. El plan era mínimo, conspirativo: ir a una tienda de nombre impronunciable a preguntar cómo se hace para subir la cháchara de un hombre hablantín a la nube virtual. Yo no sé cómo se hace, mi esposa tampoco lo sabe, nadie más está en el radar y cuando pregunto cómo hacerlo no me saben dar respuesta. Solo sé que hace un tiempo vino al estudio un tipo rarísimo, calvo, orejón, con los ojos saltones, y me ofreció hacer el trabajo, pero sus servicios me parecieron caros y decliné y cuando lo llamé ya no contestó. n
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Luego, de camino a la tienda electrónica, todo fue una sucesión de vías cortadas, interrumpidas, desviadas, anunciando inquietantemente lo que estaba por venir: el caos, el nudo, el atasco, el embrollo, el embudo, el sofocante cuello de botella, una procesión metálica de ánimos ofuscados y ritmos vocingleros, todo a paso de hombre. En teoría pude haber evitado el caos tomando la primera salida a la playa, pero esa autopista estaba colapsada, una hilera interminable de luces detenidas encubriendo la rabia de sus conductores, muchos de ellos descargando de sus vehículos sonidos musicales que parecían un lenguaje animal, un baile que convoca y celebra a los monos que fuimos y todavía somos, y entonces supuse, tonto yo, que nos iría mejor por la segunda salida, aquella donde había ocurrido el accidente a las seis de la tarde, pensé que con suerte ya estaría reabierta. Aquella fue la última vez que fuimos libres, cuando pudimos elegir entre una carretera que iba a la izquierda y otra que iba la derecha. Pocos minutos después, atrapados en el caos, comprendimos, humillados, rebajados a nuestra condición de chimpancés alocados, que habíamos tomado la decisión errónea, pero ya no había forma de salir de allí, a no ser en helicóptero o submarino, porque ni siquiera pasaban los bomberos o la ambulancia.
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De qué hablamos mi esposa y yo esas horas en la autopista paralizada por una cadena de absurdos accidentes con muertos y heridos y carros volcados deteniendo el tránsito: de sexo, menos mal, de los hombres y las mujeres con los que estuvimos aquí y allá y de esta manera furtiva y esa otra manera solapada sin que nos pillasen. Y no sentí nada de estrés y fue estimulante y divertido intercambiar confidencias tan impúdicas con ella. Un par de horas después, cuando conseguimos escapar temporalmente del infierno de autos encadenados en una hilera tóxica, ella pidió detenernos en el supermercado para ir al baño y allí terminamos, ella aliviándose en el baño, yo bajando un café puro sin azúcar, luego ambos comprando cosas inverosímiles para resistir, no rendirnos y llegar vivos de regreso a casa: galletas de animales, huevos cocinados, rollos vegetarianos, higos, láminas crocantes de coco, fresas deshidratadas, agua francesa rica en minerales. En los parlantes del supermercado anunciaban con voz risueña que estaba por salir el último tren, pero en realidad ningún tren salía a ninguna parte, así que nos sentamos en una mesa improbable de la terraza e hicimos picnic mirando a la gente. Fue un momento supremamente feliz, inexplicable, absurdo, pueril, una pequeña recompensa por abrazar el infierno motorizado y musical de esa noche sin perder la calma: ya no era posible llegar a ninguna tienda ni película, lo único que contaba era aquello que nos metíamos en la boca y tenía sabor y podía tragarse: huevos sin yema, higos secos, láminas de coco, fresas deshidratadas, una combinación delirante y juiciosa de sabores, olores y colores. Para entonces había dejado el café y me irrigaba con agua, agua rica en sílice y otras cosas que ella me explicaba, mientras yo le explicaba cómo era posible ganar fortunas legalmente, defraudando al Tesoro Público con el permiso explícito de sus representantes: el dinero público es de nadie, como bien saben los pícaros y comechados de aquí y allá que compran dólares baratos del Estado y los revenden al precio real y simulan una operación fantasma y alguien pierde, quién pierde, el Estado, claro, por culpa de unos idiotas que dictan seis tipos de cambio irreales y estimulan formas legales de corrupción. Y a esa altura de la noche uno ya no sabe si el idiota es el que dicta la política cambiaria estúpida o el que se aprovecha de ella para desfalcar al Estado o el que ve una oportunidad para hacer un negocio pingüe y desalmado y se abstiene en defensa del interés público: me conviene creer que soy el tercer tipo de idiota.
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El regreso a casa fue igualmente lento y accidentado y consumió no menos de hora y media, pasando por un puente viejo, recordando a los amigos muertos, intoxicados, durmiendo una sobredosis (Carlos Enrique, Patricia), derrapando por el centro de la ciudad, perdiéndonos maravillados y sin sobresaltarnos, descubriendo esquinas insólitas debajo de una autopista con aire patibulario, esquivando maleantes simpáticos, ciclistas suicidas, vendedores de pastillas para bailar diez horas seguidas, discotecas abiertas la noche entera, burlándolos delicadamente desde mi pequeño auto japonés, todo el tiempo bebiendo agua, no escuchando música, concentrados tenazmente en una sola cosa: no chocar, no terminar detenidos por la policía, dar con una ruta que nos permitiera escapar del caos y volver a la isla, a casa, a nuestra pequeña jaula de monos sosegados.
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Ya todo había fracasado: la conspiración electrónica, la película sin nombre, la posibilidad de una noche tranquila y placentera, y sin embargo lo que había ocurrido era de una intensidad tan afiebrada y virulenta, tan insana y tenaz, tan enfermiza y llena de idiotas en autos chocándose entre sí y tensando el aire, que no cambiaría esa noche de caos por ninguna: no es posible entender lo viciosamente estúpidos que somos sin perder una noche en la autopista de esa manera.
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