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PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

Al buen entendedor

Me gusta ver cómo los políticos de nuestro tiempo se dan cabezazos contra la naturaleza, contra el sentido común, y contra la tradición. “No saben lo que hacen porque no saben lo que deshacen”, decía Chesterton sobre los que atacan la familia. Y en realidad, podemos aplicarlo a casi todo aquello que hoy está mal visto, que corresponde con todas las cosas divertidas y sugerentes de la existencia

Por ITXU DÍAZ

El hombre moderno se pelea con todo lo establecido porque es incapaz de establecer por su cuenta nada que dure más de cinco minutos. La mayor parte de sus inventos y creaciones envejecen antes que sus usuarios, e ideológicamente podemos admitir que hace al menos 200 años que no surge una idea realmente novedosa y brillante. Me gusta ver cómo los políticos de nuestro tiempo se dan cabezazos contra la naturaleza, contra el sentido común, y contra la tradición. “No saben lo que hacen porque no saben lo que deshacen”, decía Chesterton sobre los que atacan la familia. Y en realidad, podemos aplicarlo a casi todo aquello que hoy está mal visto, que corresponde con todas las cosas divertidas y sugerentes de la existencia.

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Siente el revolucionario la necesidad de destruir, confiando en que siempre habrá un hombre, tarde o temprano, dispuesto a levantar otra vez los cimientos, y mientras tanto, los demagogos y populistas habrán pasado el rato, y habrán logrado meter el hocico en un rincón que la historia no les había guardado. Ocurre que la naturaleza no está tan en nuestras manos como dicen. Que es terca y a veces caprichosa. Y que se lleva fatal con la mayor parte de los que aseguran defenderla.

La naturaleza no es sólo el campo y las flores. Es también la luz y la noche, los latidos del corazón, el ingenio eléctrico en nuestro cerebro, o el natural ensamblaje del acto sexual. Todo está sujeto a sus leyes y el poder del hombre es extremadamente limitado, aunque su libertad le permita al fin plantar puentes y carreteras donde le venga en gana, o corregir el cauce de los ríos, o secar la orilla del mar. Mientras, la naturaleza calla, sabia, esperando su hora.

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Embarrar el terreno forma parte de las tácticas de lucha del frente de progreso. Y eso es lo que hacen quienes quieren dinamitar la moralidad desde el edificio de la razón. Ah, lo ideológico. Todo es ya ideología. El mundo está cada vez más lleno de ideas y más vacío de hombres. Y así, entre el humo, se pierden los grandes debates del corazón humano: los modernos no se preguntan si existe Dios, porque están convencidos de que si existe, lo han descubierto los “otros”, así que de ningún modo podrá ser de los “suyos”. Supongo que cada uno elige el modo en que desea martillarse el dedo dejando el clavo intacto. Bipolaridad enfermiza la de nuestro tiempo. Rodeados de tipos que no llaman a los bomberos, porque apagar el fuego con agua es, evidentemente, retrógrado.

Sonrío al ver caer los años, y cómo las grandes naciones doblan sus principios para pasar por el aro del siglo XXI. Un aro, cacareado de liberad, donde el paso es cada vez más estrecho. Cada día un peldaño más en los tabúes, en las prohibiciones, en los debates, en las formas. Que el siglo que ha permitido todas las aberraciones estéticas imaginables es, al tiempo, más victoriano que cualquier otro. A su modo.

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Desprecian la filosofía porque invita a pensar. Desprecian al hombre porque tiene cuerpo y alma. O al menos, por si lo tiene. Desprecian los libros viejos porque corresponden a tiempos “afortunadamente superados”, y nada que ponga en duda la fortuna o no de haberlos rebasado tiene espacio en este debate, por la sencilla razón de que no existe debate alguno. Poco a poco se van instalando en el poder, en los grandes países, los mismos. Todos son cada vez más iguales. Las mismas caras, las mismas casualidades en los periódicos, los mismos debates ficticios, las mismas transformaciones, que son saltos al vacío. Todo está bien menos lo que está mal. Y esto podría resumir mejor que nada al hombre del siglo XXI.

Algún día, la naturaleza y la historia se retorcerán en sus sillones durante un instante, y toda esta carcasa sobre la que estamos edificando se vendrá abajo como lluvia sobre una casa de papel. Y hablaremos de cómo cayó Occidente. ¡Splash! Si es que el tiempo no nos obliga a despertar antes, al notar el cuchillo del odio apretando el gaznate de nuestra estupidez ideológica, acomplejada, y amoral.

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