Ramsés Ulises Siverio
ESPECIAL
Ciudad Bolívar sobrevive entre escombros
CIUDAD BOLÍVAR.- El crujir de los pasos suena con fuerza en el silencio de las zonas devastadas. Es el ruido de los restos de concreto, plásticos, papel y demás minucias que yacen en el suelo. Los que suceden al desastre. A ese desastre. Al de un fin de semana de pánico, rebatiñas y destrozos que hicieron de la capital del estado Bolívar -el estado de mayor extensión geográfica de Venezuela- una urbe con focos diezmados, donde la norma es el silencio fúnebre de la nada.
Así se respira Ciudad Bolívar en zonas populares como La Sabanita, Los Coquitos, Las Moreas, o incluso, en zonas de comercio más pujantes como la avenida 17 de Diciembre. Todo es la huella mortuoria de lo que hasta hace una semana era el pulso comercial de la urbe. Un latido que hoy trata de sobrevivir en los comercios que surfean el desastre, la inflación y la escasez generalizada.
Ese latido es el que vive en comerciantes como César Pérez, quien salió este jueves a “medio comprar algo” para rehacer el inventario de su pequeña charcutería. Se considera afortunado, pues su local no quedó en ruinas. Aún cuenta con todos sus equipos, los que logró poner en resguardo horas antes de la llegada de la turba. “Cuando me tocaron la puerta les di todo lo que tenía: jamones, quesos, casabe, chucherías… se portaron bien conmigo. Dijeron ‘no vamos a joder al gordo porque ya nos dio todo’”, recuenta.
César, a quien todos llaman el Gordo en su vecindario, calcula sus pérdidas entre unos 700 y 800 mil bolívares. Por eso no acudió a la reunión convocada por la Gobernación del estado Bolívar y la Vicepresidencia de la República para hacer el avalúo de los daños y buscar resarcimiento. “Lo mío fue muy poco, aunque de verdad no creo que vayan a darle nada a nadie. O a lo mejor no le dan a todos”, comenta escéptico.
No es descabellado pensarlo. Porque cuando César dice “todos” se refiere a más de 350 negocios que fueron saqueados entre el viernes 16 y el domingo 18 de diciembre; entre ellos, un 90% de los expendios de alimentos, según Fernando Cepeda, presidente estadal de la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela (Fedecámaras).
Un sueño arrebatado
Lo de Deyanira Guape no es escepticismo, sino frustración. Ella sí asistió a la reunión con el Ejecutivo, solo para darse cuenta que ese “resarcimiento” del cual habló el Gobierno no es más que la posibilidad de acceder a un crédito que, si acaso, pueda cubrirle parcial o totalmente el costo de su pequeña bodega. “Ellos no van a indemnizar nada. Ya dijeron que no nos van a dar nada. Es ese crédito y ya. ¿Cómo vamos a hacer para pagarlo?”, cuestiona indignada frente a la situación.
Deyanira prefiere no hablar. Todavía no asimila que el trabajo de 10 años de inversión y esfuerzo sea hoy el desbarato de un sueño, arrebatado por sus mismos vecinos de Los Próceres. Ese era el sustento de su familia, apenas llega a decir. Por lo demás es el silencio el que habla ante su confusión.
Julia González es enfermera del Hospital Ruíz y Páez, principal centro de salud pública de la ciudad. Aprovecha su tiempo libre y la cercanía para comprar en el supermercado El Diamante, uno de los pocos que no fue saqueado. Lo hace ahora porque, donde vive, en el barrio Agua Salada, “los saqueadores acabaron con todos los (mercados) chinos”.
Hablar de “los chinos” en Venezuela es referirse a todo tipo de expendio -casi siempre minoritario o intermedio- regentado por asiáticos, quienes ocupan buena parte del nicho del mercado local a falta de grandes establecimientos de alimentos y víveres en general.
“Estamos muy mal con esto que pasó, porque ahora no tenemos a dónde ir a comprar. No estoy de acuerdo con que hayan saqueado porque al final somos nosotros mismos los perjudicados”, razona sin más.
"Si antes no podía hacer un mercado completo ahora menos, porque no tenemos a dónde comprar. No estoy de acuerdo con los saqueos porque ahora hay menos comida para todos. Esto es responsabilidad del Gobierno, por eso tiene que haber un cambio", Hermes Calzadilla, contador.
Las hermanas Laya vienen juntas de comprar. También vienen de El Diamante por las mismas causas por las que todos acuden: es uno de los poquísimos intactos y porque su sitio habitual de compra fue saqueado o ya no existe.
Rosa, Esther y Elesbe Laya eran clientes del mercado Súper Baratón, pero este hoy no es más que un recuerdo: solo dos horas le llevó a los saqueadores cargar con toda la mercancía, inventario, maquinaria y mobiliario de este establecimiento comercial de tradición en Ciudad Bolívar. Solo dos horas para acabar con un comercio, celebrar el botín, y con ello, agudizar la ya creciente crisis alimentaria nacional.
Las Laya compran poco. Compran lo que hay. Compran para lo que alcance. Saben que estas fiestas no serán las de antes, pero nada de eso las amilana para no celebrar. Sortean la crisis haciendo “vacas” (recolectas o compras conjuntas para el disfrute colectivo). Es así como celebrarán la vida este 24 y 31 de diciembre.
Una vida vista desde el suelo
Pero lo de Diego García no puede ser celebración. No cuando su mercado, reducto de 14 años de trabajo e inversión, quedó reducido a cuatro paredes descascaradas por la saña y la picaresca venezolana. No cuando sus saqueadores eran “los clientes de siempre”. No cuando se sabe que todo estaba nuevo. No cuando el local estaba listo para inaugurarse a finales de enero.
Ese es el mayor dolor del comerciante de 40 años. Un dolor mayor al del pie que se fracturó esa noche aciaga del sábado 17 de diciembre, cuando se lanzó desde el techo de su negocio para escapar de las hordas saqueadoras. “Me estaban cayendo a piedras, palos, botellas… si no me tiro del techo me linchan”, recuerda.
Fue así como cayó dentro de su propio local, y desde el piso fue testigo estrella de la devastación de su sueño. De su “logro”. Porque su negocio no podía llamarse de otra forma: “El Logro”. “Eso fue lo que siempre quise hacer, por eso le puse ese nombre”.
Ahora Diego revive cada momento en el que estuvo en el piso, sin ayuda, mirando cómo sus propios vecinos y clientes, “hasta los que pedían fiao (venezolanismo para decir a crédito)” cargaban con todo a su paso. Desde los víveres hasta los plásticos. Desde los equipos de refrigeración hasta los hornos. Desde las cámaras de seguridad hasta las computadoras. Desde la planta eléctrica hasta el último material de oficina…
- ¡Mis corotos (cosas), mis corotos! ¡No se lleven mis corotos! – gritaba Diego entre lágrimas.
Desde entonces no tiene paz. Todo ha sido un maremágnum entre el dolor de la pérdida, el ajetreo del papeleo, la decepción de la gente y el dolor que le palpita en el pie derecho. “No me han podido operar porque en la clínica no había los clavos que necesito. No nos dejaron ni para comer, por eso estamos resolviendo con lo que tenemos en la casa”.
Asimilar el golpe y seguir adelante
Pietro Previte –alto, blanco, lentes de pasta, cabello liso y de un negro que empieza a ser canoso– supervisa los despachos en la zona de recepción de mercancía del supermercado El Diamante. Su semblante sereno y tono apacible muestran a un hombre imperturbado, pero expresa una gran preocupación por la anarquía en la que estuvo envuelta la ciudad.
El copropietario del supermercado aclara que, lejos de representar un beneficio el eventual repunte de ventas, este barrido de comercios también tiene una repercusión negativa en su establecimiento: aumenta una demanda no prevista y obliga a echar mano de sus inventarios. “Estamos cargando con toda la clientela que normalmente era de estos comercios asiáticos y eso genera un desequilibrio”, explica, sin dejar de lamentar los sucesos que diezmaron la economía en la capital del estado Bolívar.
Aprovecha para confirmar a la ciudadanía, y con ello evitar el revuelo, que aún cuando están agotando sus inventarios, el abastecimiento de productos está garantizado. Esto, producto de los acuerdos entre el Ejecutivo nacional y los principales proveedores nacionales e internacionales –Colgate Palmolive, Procter & Gamble, Heinz, Plumrose, etecé– de privilegiar su distribución hacia el estado Bolívar luego de los saqueos; esos que le mantienen el desánimo a flor de piel.
“¿Cómo la gente va a ir en contra de un local que le presta un servicio? ¿Dónde compro después? Por eso creo que una de las causas es la ignorancia de la gente, y la otra el resentimiento social: ‘como no tengo dinero, voy y arremeto contra el que creo que tiene’”, razona. Cree que, aunque la medida del retiro de billete de 100 bolívares fue un factor desencadenante del descontento, “nada justifica que vayas en contra de un bien o servicio que es para ti mismo”.
Entretanto la gente sigue en la sobrevivencia. A la caza de los productos de primera necesidad: los que haya y donde los haya. El bolivarense subsiste entre la inflación, la escasez y ahora, la falta de locales; mientras empresarios como César Pérez, Diego García y Pietro Previte, pese a todo, manifiestan su voluntad de seguir adelante con su apuesta comercial.
Así se viven las postrimerías de una ola de saqueos al suroriente de Venezuela. En una ciudad cuyo nombre es la del mismo hombre que aparece en los moribundos billetes de 100. Esta es la Ciudad Bolívar que sobrevive a la debacle del Bolívar. La ciudad que busca levantar vuelo de entre sus propios escombros, en una Navidad que no se siente.
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