LA HABANA. - Una mañana tibia de diciembre de 2021, llamémosle Adrián, un tipo alto y fuerte con pinta de alero de baloncesto, había quedado con varios amigos para estrenar su nueva finca en un poblado en las afueras de La Habana. La había comprado a precio de ganga durante los meses duros de la pandemia a un campesino privado que pretendía emigrar del país. Invirtió casi 90.000 dólares en renovar la hacienda.
Emprendedores temen por sus negocios tras el nuevo paquetazo en Cuba
En la Habana, así como en el resto de Cuba, hay el límite de ganancias, bancarización, alza de impuestos y acoso de los inspectores son las realidades que enfrentan los negocios privados en la isla
Una brigada de albañiles colocó pisos nuevos, amplió la casa, construyó una piscina y en un promontorio cercano levantó un ranchón con una vista increíble de la campiña. En ese tiempo, Adrián estaba feliz. Y no paraba de hacer planes. Cerca de la autopista nacional había abierto un restaurante campestre y proyectaba producir alimentos orgánicos en su latifundio rural.
Adrián se había marchado de Cuba a mediados de la década de 1990. Abrió un negocio y creó una familia en Europa. Veintiún años después, aterrizó en el Aeropuerto Internacional José Martí cargado de maletas y regalos. Regresó al país del cual había emigrado atraído por los cantos de sirena del restablecimiento de relaciones con Estados Unidos y emocionado por aquel discurso de Obama en un teatro habanero.
Pensaba que la Isla apostaría irreversiblemente por la economía de mercado. “En 2014 a 2016, al igual que muchos cubanos, creí que las cosas en Cuba iban a cambiar de forma radical. Visualizaba el país abriendo Starbucks, McDonald’s y tiendas de Apple. Un montón de famosos recorrían la ciudad en autos antiguos descapotables y los Rolling Stones ofrecieron un concierto en La Habana”, recuerda Adrián con tono nostálgico.
“Quería compartir mis éxitos con mi familia y mis amigos en la isla. Viajé hasta un paraje intricado de la provincia de Granma y traje a mi padre y mis parientes a la capital. Quería que me administraran el negocio que pensaba abrir. Contaba con el apoyo y asesoría de amigos de la infancia. Todo marchaba tan bien que me asustaba un poco”, confiesa Adrián.
Con la llegada de la pandemia sufrió su primer batacazo. “Me cerraron ‘la paladar’ [restaurante] y me hicieron un número ocho [trampa] por un asunto con los papeles de la propiedad. Perdí 70.000 dólares. Pero no me desalenté. Después de las protestas del 11-J el gobierno por fin se decidió a autorizar las MIPYMES. Un par de socios extranjeros y yo abrimos una. Algunos de mis amigos cubanos eran muy pesimistas e intentaron desalentarme. Yo los tildaba de paranoicos y les repetía que en materia de negocios triunfan los que se arriesgan”.
Cuba, una quimera
“Comencé a importar alimentos, cerveza y whisky. Abrí un bodegón, luego otro y tenía programado abrir un tercero. Le daba trabajo a 70 personas que ganaban salarios entre 30 y 40.000 pesos. Pero la corrupción rampante de funcionarios del Estado y las medidas restrictivas aprobadas por el gobierno desalientan el buen desempeño de los negocios. Debido a la ausencia de un marco regulatorio y la mentalidad bolchevique de un montón de burócratas, es prácticamente imposible administrar un emprendimiento sin transgredir las leyes en Cuba”, opina Adrián.
Rangel, dueño de un garaje dedicado a reparar y limpiar automóviles, afirma que son “tantas las trabas, la mayoría absurdas, del gobierno que los dueños de negocios se ven forzados a infringir las normas si quieren salir adelante. Te pongo un ejemplo: comencé el negocio familiar limpiando carros. Después, como las cosas iban bien, apostamos por abrir un taller anexo para reparar vehículos ligeros. Aquello desencadenó una pequeña tormenta. La ONAT [Oficina de Administración Tributaria] y otras autoridades decían que violaba la ley. Con paciencia y dinero por debajo de la mesa, al final me otorgaron la licencia”.
“Algo que en un país normal no tiene sentido. El espacio que utilizamos es el de nuestra antigua casa, reconvertida en garaje y si queríamos crecer no perjudicábamos a nadie. Al contrario. Creamos nuevos puestos de trabajo y damos un servicio que el Estado no presta. El gobierno te la pone muy difícil. Cualquier buena idea que pretendes implementar te la matan. Empezar a vender cervezas y refrigerios en el negocio fue una odisea. Una expansión supone un delito. Las autoridades ven a muchos negocios privados como un enemigo. Claro, los emprendimientos de parientes del gobierno, exmilitares o cubanos radicados en Estados Unidos que ‘cuadran la caja’ [aceptan las condiciones del régimen] con ellos, sí los permiten”, asegura Rangel.
Dueños de negocios se estresan por la situación en Cuba
Silvio, propietario de una cafetería de entrepanes, una boutique y un pequeño mercado, explica que “es estresante llevar un negocio en Cuba. Este emprendimiento es una sociedad mixta entre mi hermano residente en Miami y yo. Empezamos con una hamburguesería y hemos ido abriendo otros locales en el mismo espacio. Esa expansión ha desatado una cacería de los inspectores. Los más viejos en mi familia me dijeron desde el principio que no abriéramos nada. La idea era tener un sostén económico independiente del gobierno que nos permitiera acceder a una buena calidad de vida. Mi padre me recordada que Fidel Castro cerró todos los pequeños negocios en 1968 y tachó de presuntos delincuentes a los particulares. Y Díaz-Canel es la continuidad de esas ideas disparatadas, me repite el viejo”.
“Con el tiempo te das cuenta de que tiene razón. El régimen nos permite porque, debido a su ineficiencia, no pueden brindar esos servicios. Pero nos ven como subordinados al Estado. No como una empresa privada que pretende generar riquezas. Incluso lo tienen estipulado en sus leyes que no permitirán el enriquecimiento. Cuando consideran que ganamos mucho dinero, nos sueltan a los perros y te abren expedientes para sancionarte”, subraya Silvio.
El régimen en constante ataque contra los emprendedores
Yamila, dueña de un mercado y una tienda de ropa SHEIN, dice que la “primera declaración de guerra del gobierno a las MIPYMES, cooperativas no agropecuarias y cuentapropistas fue cuando en enero del año pasado impusieron un tope de 80.000 pesos diarios de venta. Un negocio más o menos exitoso vende en un día doscientos o trescientos mil pesos. Posteriormente vino la bancarización y ahora el alza de impuestos a los productos terminados y a los ingresos de los trabajadores que contratamos. Son muy astutos. En vez de desplegar un operativo policial y decomisarte los negocios, que puede desencadenar un descrédito internacional, te atacan con el arma arancelaria para ahogar los negocios y generar pérdidas. Antes un trabajador pagaba el 5 por ciento de impuesto de su salario. Ahora debe pagar un 20 por ciento. Es decir, si ganas 30.000 pesos, que tampoco es para tirar cohetes en Cuba, el ministerio de finanzas te quita 6.000 pesos”.
“Y a la mayoría de pequeños negocios que importamos bienes que no son de interés del gobierno, nos suben los gravámenes un 50 por ciento. Es increíble. Atacan a las gestiones privadas que han creado un millón 600 mil puestos de trabajo con impuestos del 35% sobre las ganancias, otro impuesto del 10 por ciento sobre las ventas o servicios prestados, un arancel del 5 por ciento por el uso de la fuerza de trabajo, pagar el uno por ciento para apoyar a los gobiernos locales y contribuciones a la seguridad social equivalente al 14 por ciento del salario de los trabajadores. Además, los dueños de MIPYMES tienen que pagar hasta un 20 por ciento de impuestos sobre los dividendos. Todos esos pagos son para impedir que ganes mucho dinero. El gobierno cubano es alérgico a la riqueza. Excepto que sea para ellos”, concluye Yamila.
Recientemente, Juan Juan Almeida en su canal de YouTube (Dueño de la empresa privada más exitosa de Cuba, escapa de la isla en lancha - YouTube), entrevistó a Teófilo Luis Carmenate Peña, expresidente de Pirámide, una cooperativa del sector de la construcción, que denunció la corrupción estatal y los atropellos jurídicos para frenar el auge de los emprendimientos privados.
Hace una semana, cuenta Adrián, sucedió lo inevitable. Sentado con un grupo de amigos en el ranchón de su finca en las afuera de la ciudad, les avisó que, debido a tantos obstáculos y la subida de impuestos aplicada por el gobierno a las MIPYMES, a comienzos de año cerraría sus negocios en la Isla. “Fue duro. Pero no me dejaron otra opción”. Con dolor de su alma, tuvo que poner fin a su aventura empresarial en Cuba.
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