MIAMI. - Un crimen impune. Una injusticia. Un golpe ruin del régimen cubano. Estas y otras definiciones, si bien ciertas, no logran abarcar el peso emocional de cuatro muertes crueles que reflejaron el verdadero rostro de una dictadura.
La integridad al servicio de una Cuba libre
Además de ser voluntario en Hermanos al Rescate, Armando Alejandre Jr. era un veterano de guerra, un activista y un padre profundamente cercano a su hija
Hace 30 años, el 24 de febrero de 1996, dos aeronaves civiles de la organización humanitaria Hermanos al Rescate fueron derribadas en aguas internacionales por aviones militares del régimen cubano.
Se abría una herida profunda en la memoria del exilio cubano, pero también nacía una promesa: no olvidar el sacrificio de Armando Alejandre Jr., Carlos Costa, Mario de la Peña y Pablo Morales.
Entre esos nombres, la figura de Armando Alejandre Jr. sigue viva entre su familia y quienes le conocieron, y también es, para el exilio, un símbolo de convicción moral, compromiso y amor inquebrantable por Cuba.
Vocación de servicio en Armando Alejandre Jr.
Alejandre tenía 45 años al momento de su muerte. Para él, la libertad no era una abstracción política, sino una responsabilidad moral personal.
Nacido en Cuba, emigró a temprana edad y se estableció en Miami, donde obtuvo la ciudadanía estadounidense por naturalización. Su vida estuvo guiada por el servicio: cumplió deberes militares durante la guerra de Vietnam, completó sus estudios superiores en la Universidad Internacional de la Florida y trabajó como asesor de la Dirección de Tránsito de Metro-Dade. Su meta fue contribuir a la comunidad que lo acogió.
Pero más allá de ser un veterano de guerra y un activista, fue un padre amoroso que dejó muchas lecciones de vida. Para su hija Marlene Alejandre-Triana, la ausencia de su padre se manifiesta en los espacios cotidianos y sus testimonios son de enorme valor para las generaciones que no pudieron conocerlo.
“Lo más difícil es que mis hijas no lo tienen como abuelo. Él fue mi mejor amigo y me duele mucho que ellas no hayan tenido la oportunidad de tener esa relación con él”.
Más allá de la figura pública o del activista, su hija lo recuerda como un hombre de gran curiosidad intelectual.
“Él era una persona sumamente inteligente que no paraba de leer. Le encantaba escribir y, unos días antes del asesinato, escribió un artículo para el Diario Las Américas. Fue un padre que solo quería lo mejor para mí y que yo pudiera tener todas las experiencias y oportunidades que este país adoptado podía ofrecer”.
Hermanos al Rescate surgió en 1991 para asistir a balseros cubanos que huían del régimen en embarcaciones precarias. Para Alejandre, aquella labor no era solo una operación humanitaria, sino una misión para defender la dignidad humana.
“Se inscribió en los Marines durante la guerra de Vietnam porque quería ayudar en lo que veía como una guerra contra la libertad. Y también era una persona que valoraba a su familia por encima de todo. Tenía una relación muy cercana con sus hermanas, que nunca han parado de buscar justicia por el asesinato”, agregó Marlene.
Su identidad estuvo marcada por el vínculo con su tierra natal y por la gratitud hacia el país que lo acogió.
“Cuba fue su tierra natal y él sentía un amor intenso por ella. Pero Estados Unidos era el país que lo recibió con brazos abiertos y lo rescató de la tiranía que existía en Cuba. Él amaba a este país arriba de todo y sentía una lealtad muy fuerte por ella”.
Un legado que permanece
El compromiso moral de Alejandre no se limitaba a grandes causas; también se manifestaba en gestos sencillos, profundamente humanos.
“En la última conversación que tuve con él, me pidió donar unos juguetes viejos míos para los niños en el campamento de las Bahamas. Yo creo que esos niños eran para él un reflejo de su niñez. Él entendía lo que estaban pasando y quería darles un poco de consuelo en esos momentos tan inseguros. Lo más importante para él era ver una Cuba libre y ayudar a los cubanos a unirse a esa meta”.
Su visión sobre la libertad, explica su hija, nació mucho antes de su experiencia militar.
“No creo que él necesitara el ejército para tener una visión de libertad. Mi padre se enteró de un compañero mayor de la escuela en La Habana que lo fusilaron en Cuba… ese acto formó su mentalidad sobre la libertad. Yo pienso que en ese momento él tuvo la realización de que Cuba estaba totalmente atrapada en el comunismo y desde ese entonces él decidió que él quería ayudar a que Cuba llegara de nuevo a la libertad”.
La historia de Alejandre no pertenece únicamente al pasado. Es parte del testimonio de que la libertad exige sacrificios y de que los ideales pueden sobrevivir al tiempo, a la irreverencia y al silencio.
Su nombre se mantiene vivo en la memoria del exilio cubano. No solo como víctima de una tragedia, sino como el recordatorio de que la dignidad humana y la libertad siguen siendo causas que trascienden generaciones.
Treinta años después, el legado de Armando Alejandre Jr. adquiere nueva relevancia en un contexto geopolítico en el que aumenta la presión internacional sobre el régimen cubano tras 67 años de dictadura.
Mientras resurgen expectativas de cambio en la isla, miramos al pasado y los sacrificios de un exilio que nunca ha dejado de luchar por la soñada Cuba libre.
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