ESPECIAL
@DesdeLaHabana
Naufragio entre desaliento y falta de identidad
El hastío de los cubanos es monumental. Prefieren escapar del proselitismo político simulando ser otra persona
LA HABANA. - Un atardecer tibio del otoño de 2016 en Cuba, en el patio de la casa de Santiago Álvarez, exiliado cubano que enfrentó a tiros a la dictadura castrista en las décadas de 1960 y 1970, frente a una espectacular vista del Océano Atlántico y las palmeras de West Palm Beach, el empresario, mirando al horizonte con sus ojos nublados de lágrimas, me confesó que al día siguiente de la caída del régimen verde olivo planeaba regresar a la Isla para reconstruir el país.
De forma apasionada me contaba de su Jovellanos natal en la provincia de Matanzas, a poco más de cien kilómetros al este de La Habana. Fue parte de aquella oposición que apostó por la vía armada para desafiar el comunismo implantado en Cuba por Fidel Castro.
Nunca había sido tan feliz, recordaba, cómo cuando cabalgaba por la verde llanura o compartía una comida dominical junto a su familia. Reconocía que habían sido derrotados en el plano militar y que la lucha se retomaba con otros métodos. Las puertas de su casa siempre han estado abiertas para la disidencia cubana. Sin importar tendencias o ideologías. Ha recibido críticas de la diáspora por apoyar al incipiente sector privado cubano.
A Santiago le da igual. Tiene un propósito y una meta: que Cuba sea libre. En los apasionados debates entre opositores que apoyaban la estrategia de Obama o la de Trump, Álvarez era tajante, “los problemas de nuestra patria tenemos que resolverlos los cubanos. Nadie más. Un presidente de Estados Unidos vela por los intereses nacionales, no por los nuestros”, apuntaba.
Una mañana condujo durante cuatro horas su camioneta para llevar a Tampa a varios opositores y periodistas independientes. Quería que conociéramos la antigua tabaquería de Ibor City, en la zona antigua de la ciudad, donde el prócer José Martí recolectaba dinero entre los tabaqueros exiliados, con el objetivo de ayudar a financiar la guerra necesaria de 1895.
Luego fuimos a colocarle una corona al busto de Martí en un pequeño parque justo en la acera de enfrente. Tenía un proyecto periodístico de entrevistar a viejos luchadores anticastristas y por eso Santiago me presentóa Agapito el ‘Guapo’ Rivera, al negro Tony Oliva y a Félix Rodríguez, quien capturó al Che Guevera en Bolivia, entre otros.
En la Casa Bacardí de Miami pude darme un abrazo con el escritor, politólogo y periodista Carlos Alberto Montaner, un amigo epistolar de mi madre, la periodista Tania Quintero, y al que tanto le debo en mi labor como reportero. Hablé con varios compatriotas que estuvieron muchos años en el presidio político al cual la dictadura les había fusilados a un padre, un hermano o un amigo.
Todos recordaban al detalle los olores de su terruño, los símbolos patrios y nuestras tradiciones, la mayoría ahora olvidadas por las nuevas generaciones. Ninguno de esos compatriotas intentó imponer sus criterios o que prevalecieran sus opiniones. Al contrario. Me di cuenta de que los dogmáticos irreconciliables eran algunos de los opositores que vivían en Cuba y hablaban de democracia, pero no la ejercían.
En los treinta años que llevo escribiendo como periodista independiente desde La Habana, he constatado el daño antropológico que ha provocado el adoctrinamiento político a un ala de la disidencia interna.
Una tarde, estaba en un hotel próximo al downtown de Miami, cuando, Carmen Machado, la esposa de Santiago Álvarez, fue a invitarnos a cenar a un grupo de activistas, comunicadores y periodistas independientes de la Isla que participábamos en un taller organizado por Radio Martí. Cundió el pánico entre algunos, que se escondieron y luego criticaron a los que fueron, por “ir a comer a casa de un terrorista, le están poniendo en bandeja de plata la coartada al gobierno para que al regreso los procesen”, fustigaba un 'líder opositor' a uno de los miembros de su partido por asistir sin su consentimiento.
Años después, ese 'líder' es un reconocido trumpista y reside en Estados Unidos. Cosas que pasan en Cuba. Gente que hoy tienen un discurso y mañana otro. Como cambiarse de camisa.
La disidencia local tiene méritos innegables. Enfrentan en la boca del lobo a la dictadura más longeva del hemisferio occidental y a una policía política que nunca ha podido derrotar: se exilian unos y aparecen rostros nuevos. Pero que ha sido muy eficaz en aislar los proyectos opositores de la población y ha conseguido que la disidencia en Cuba no haya tenido poder de convocatoria.
Nueve de cada diez cubanos coincide con la mayoría de los argumentos de la disidencia pacífica. Pero prefieren mantenerse en la distancia debido a una combinación de factores que van desde el miedo y los prejuicios, hasta la falta de valores cívicos. Tampoco es que la oposición haya hecho mucho por captar ese amplio descontento ciudadano. Cada vez que lo intenta, la represión de la Seguridad del Estado les impide establecer nexos con el pueblo, su aliado natural y eslabón principal por la cual emprendieron la cruzada de democratizar a Cuba.
Esa revolución ciudadana en marcha desde el 11 de julio de 2021, por regla general, es autónoma y sin puntos de contactos con la oposición local. No han surgido líderes visibles y ni siquiera una hoja de ruta coordinada. Lo que está ocurriendo en buena parte del territorio nacional son protestas espontáneas. Alaridos a la pésima gestión de los servicios públicos y la pobreza extrema que engloba a casi el 90 por ciento de la población.
Por otros caminos, sin cursos de resistencia pacífica ni literatura sobre el tema, la gente de a pie ya reconoce que la única solución a los problemas de Cuba es que renuncie la oligarquía gobernante. Pero muchos tienen una cultura política en mínimo -son hijos de ese experimento social aberrante de un supuesto 'hombre nuevo' listo a empuñar el fusil para combatir al imperialismo yanqui- y lo que ha quedado de esa fragua son hombres y mujeres simuladores, apáticos y con una educación formal y cultural muy deficientes.
Es complicado pedirles que tengan los valores de esa generación que actualmente tiene más de 50 y 60 años, casi toda formada durante la dictadura castrista, pero educada en familias que vivieron la etapa republicana y aún en la peor pobreza respetaban los símbolos patrios, celebraban el 20 de Mayo y las reglas de urbanidad y cortesía, los buenos modales, era algo común incluso en los barrios marginales.
Una parte importante de los cubanos de la Isla crecieron amamantados por el Estado que les “otorgaba el derecho” a comprar un par de zapatos anual o para acceder a comprar un televisor debía tener méritos laborales y apoyar el ‘proceso revolucionario’. Ese hábito del mínimo esfuerzo, de esperar que otros hagan lo que nosotros no somos capaces de hacer, ha calado hondo entre un amplio sector de cubanos.
Cuando tenemos un problema, la solución suele ser coger el teléfono y llamar a un pariente o un amigo al otro lado del Estrecho de la Florida para que nos gire un billete de cien dólares, nos ponga una recarga telefónica o pedirle una estación portátil Ecoflow para sobrellevar los maratónicos apagones.
Y a la hora de enfrentar a la dictadura sucede igual. Ya muchos son capaces de sonar calderos, quemar basureros en la vía pública y gritar libertad. Pero la mayoría espera que la solución en Cuba venga de la mano de las fuerzas Deltas de Estados Unidos.
Por eso ha caído como un cubo de agua fría las palabras del secretario de Estado Marco Rubio, cuando dijo que la transición en la Isla pude extenderse hasta 2029. Hubo gente en Cuba que hizo quinielas. Cada promesa de Trump de liberar al país generaba un optimismo desmedido. Aunque muchos eran incrédulos y preferían ver la caída de la dictadura desde la distancia.
Ya sea en Madrid, Lisboa, Montevideo, Santo Domingo o Curitiba. La mayoría de los cubanos emigrados, no tienen como prioridad que el futuro de su patria pase por sus manos. La brutal propaganda y el manicomio ideológico ha desarraigado a una parte considerable de cubanos. Desconocen nuestra historia, nuestras tradiciones, nuestra cultura. No saben que en una pequeña nación nacieron cubanos ilustres, en distintas ramas científicas, en la pedagogía, la filosofía, la literatura, la música, algunos de fama mundial. Tampoco sienten respeto por nuestros símbolos patrios. Suelen pensar, erróneamente, que forman parten de la narrativa del partido comunista.
El hastío de los cubanos es monumental. Prefieren escapar del proselitismo político simulando ser otra persona, bailando reguetón o empinándose una botella de ron de tercera categoría, antes que enfrentar la realidad.
En una columna de opinión, Iliana Lavastida, directora del DLA, oriunda de un barrio pobre y duro en el municipio San Miguel del Padrón, analizaba que al parecer hay una Cuba en gestación que desconocemos.
Crecida cerca de La Cuevita y La Corea, donde abundaban ñáñigos, santeros y masones, gente honrada que eran estibadores del puerto, amas de casas que lavaban y planchaban para la calle o choferes de la ruta 10, en su comentario, aseguraba que no importaba la edad, la circunstancia, extracción social, la filiación ideológica o instrucción académica, pero aprendió que al menos la bandera, siempre fue un símbolo sagrado.
A Iliana, le puedo decir, respecto a su columna de opinión, ese país ya es un recuerdo lejano. Para muchos cubanos, sobre todo los jóvenes, la enseña nacional es un trapo cualquiera. Prefieren la de las barras y las estrellas. Nacieron en Cuba, pero se sienten extranjeros en su propia tierra.
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