El lunes 1 de marzo de 1999, cuando me dirigía al juicio de los cuatro integrantes del Grupo de Trabajo de la Disidencia Interna y redactores de La Patria es de Todos (Martha Beatriz Roque Cabello, Félix Bonne Carcassés, René Gómez Manzano y mi primo Vladimiro Roca Antúnez) fui detenida por el DSE. Lo conté en una crónica publicada en 2017 en Martí Noticias (El día que la represión se vistió de negro).
Recordando el año 1999
Nos reuníamos en casa de Elena Roque Cabello, hermana de Martha Beatriz, que vivía en el primer piso de una vieja casona en la calle Neptuno
Hasta ese momento, además de seguir escribiendo de seis a ocho textos a la semana para la agencia Cuba Press, que dirigía Raúl Rivero, ejercía de portavoz del Grupo de los Cuatro, como también le decían.
Después del violento arresto de los cuatro en sus domicilios, en junio de 1997, y de permanecer año y medio detenidos en Villa Marista, concluido el juicio-circo, y sentenciados con distintas condenas (la más alta, 5 años, a mi primo, por ser hijo de Blas Roca), fueron enviados a diferentes prisiones. Martha Beatriz, a la de mujeres, en El Guatao, más conocida por Manto Negro.
Pero no solo seguí reportando sobre ellos para Cuba Press y, sobre todo, para Radio Martí; empecé a reunirme una vez a la semana con los economistas Arnaldo Ramos Lauzurique y Manuel Sánchez Herrero, quienes también pertenecían al Grupo de Trabajo de la Disidencia Interna. Nos reuníamos en casa de Elena Roque Cabello, hermana de Martha Beatriz, que vivía en el primer piso de una vieja casona en la calle Neptuno.
Elena, servicial como su hermana, además del café habitual a las visitas, nos brindaba un dulce o un pan con tortilla y más de una vez nos ofreció un plato de chícharos acabados de hacer. No olvidar que en 1999 seguíamos en 'período especial en tiempos de paz'.
Fue en esos encuentros cuando Manolo me contó que el G-2 lo detuvo muchos días, por haber escrito un libro comparando a Fidel Castro con Mussolini. Según me dijo, fue un chivatazo. Pero como ya lo había previsto, había dejado una copia para que alguien la enviara al exterior y fuera publicado.
Nunca supe quién fue esa persona, si logró sacarla del país o si por temor quemó o destruyó un libro sinónimo de cárcel. Un año después, en el 2000, Manolo murió de cáncer. Arnaldo y yo fuimos al velorio, en la funeraria Bernardo García, en Zanja casi esquina a Belascoaín. "La funeraria de los pobres", le decían a esa y otra funeraria que había al lado.
Como la familia de Manolo era 'revolucionaria' o aparentaba serlo, cuando Arnaldo y yo entramos, miramos el féretro y nos sentamos en un lugar alejado de familiares y amigos. Una media hora después, vemos a entrar a la mujer de mi primo Vladimiro y a su lado, la chivata Odilia Collazo. Al verlas, Arnaldo en voz baja me dijo: "Tania, habíamos pensado estar dos horas, pero tenemos que irnos antes".
Cuando se acercaron, las saludamos y les dijimos que ya nos íbamos. Arnaldo me acompañó hasta la parada de la ruta 2, en Belascoaín y Jesús Peregrino. Cuando monté en la guagua, lo vi doblar por la esquina de Carlos III, donde está la Logia Masónica. Por ahí, a pie, hasta su casa, en la calle 20 de Mayo, a pocas cuadras del estadio Latinoamericano. Entonces, Arnaldo sobrevivía vendiendo cucuruchos de maní afuera del Parque Zoológico. Yo vendía sobrecitos de refresco instantáneo por el agromercado del Mónaco.
Elena, la hermana de Martha Beatriz, fue una de las personas a las que, a través del cónsul de España, ayudé a salir del país. Ella viajó primero a España; después se estableció en Miami. Un par de días antes de su salida, invitó a unas diez o doce amistades, entre ellas a mí, a una despedida sencilla en su casa.
Estábamos sentados en la sala cuando, de repente, un hombre nos pidió que nos levantáramos y nos pusiéramos a su alrededor. Era un espiritista. Empezó a decir cosas y, de pronto, a hablar como si fuera un negro. Se detenía delante de cada uno y le decía algo. Cuando llegó delante de mí, empezó a sacudirse, como si el espíritu fuera más fuerte.
Me dijo que yo no me quería ir de Cuba, pero ayudaba a la gente que se quería ir; pero dentro de unos años, yo me iría. También, que muchos espíritus me protegían y que las personas que me hicieran daño tendrían un final trágico.
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