ver más
OPINIÓN

Cenando con Martin Luther King. Yo tuve un sueño [II]

Historia de destinos que se juegan entera de una sola vez, sin cuotas ni plazos, y que a pesar de todo—o precisamente por eso—terminan dándole pulmón a la dignidad, a la palabra, a las causas que valen la pena aunque nadie garantice el final feliz

Por ORLANDO VIERA-BLANCO

La cena transcurría en su modesta mesa lugareña. Un silencio alegórico invadía la sala a media luz. Estábamos lejos de las ruidosas calles de Washington. Frente a mí, Martin Luther King Jr. seguía pensativo, como si presintiera algo. La luz tenue apenas iluminaba su rostro, pero su mirada transmitía una serenidad difícil de explicar.

El discurso “I Have a Dream” fue pronunciado por Martin Luther King Jr., el 28 de agosto de 1963, en Washington D.C. durante la marcha por el Trabajo y la Libertad. Fue liberado desde las escalinatas del Lincoln Memorial ante una multitud de 250.000 personas. Le pedí que nos trasladáramos juntos a ese momento. Deseo comprender como un discurso puede tener tanta trascendencia en el imaginario de una nación dividida.

—Cómo viajar en el tiempo?, me pregunta el Dr. King

—Sólo cierre los ojos, y sueñe despierto y ahí volveremos.

El sueño: Washington. El sagrado monumento de Lincoln.

Habían pasado apenas unas horas desde que Martin Luther King Jr. pronunciara su famoso discurso frente al Lincoln Memorial.

—Doctor King—le pregunté—cuando dijo “I have a dream”: —¿Qué significaba realmente ese sueño para usted? King guardó silencio unos instantes.

—Significaba imaginar un país diferente. Un país donde mis hijos no fueran juzgados por el color de su piel, sino por quiénes fueran. Mi sueño era que algún día la promesa de libertad dejara de ser una promesa. Un país sin odios y sin distancias de un pasado hostil. Recordé entonces sus palabras frente a aquella multitud: “Tengo un sueño”.

—¿Pensaba que ese sueño llegaría a hacerse realidad?

—No lo sabía—respondió—Pero había que creer en él. Si no creemos que el futuro puede ser mejor, ¿cómo vamos a luchar para cambiarlo?

—¿Y sabía que este discurso sería recordado como uno de los más importantes de la historia? No olvide que la muerte es una invención del fanatismo…King sonrió.

—No vine aquí para hacer historia. Vine para hablar por quienes durante demasiado tiempo no habían sido escuchados. Después añadió: —Quizá algún día estas palabras ya no parezcan un sueño.

—¿Y sí para conseguirlo tuviera que pagar el precio más alto? Su rostro se volvió serio.

—Toda lucha por la justicia tiene un precio. Sé que existen peligros. Sé que hay personas que desean que permanezcamos callados. Pero el miedo no puede decidir por nosotros. Pensé entonces en una de las frases que había pronunciado aquel día: Let freedom ring: deja que repique la libertad.

—¿Daría su vida por ese sueño? King permaneció callado.

—Espero que no sea necesario—dijo finalmente—Pero sí algún día mi vida sirve para que otros puedan vivir con más libertad, entonces habrá valido la pena. No podía saberlo aquella noche, tampoco quise anticiparlo. No podía saber que moriría asesinado el 4 de abril de 1968, apenas 4 años, 7 meses y 7 días después de aquel discurso. Tampoco podía saber que después de mi muerte, aquellas palabras seguirían recorriendo el mundo. Quizá esa sea la verdadera fuerza de un sueño: que puede sobrevivir incluso a quien tuvo el valor de pronunciarlo.

“Free at last! Free at last! Thank God Almighty, we are free at last!”. ¡Al fin libres! ¡Al fin libres! “¡Gracias a Dios Todopoderoso, somos libres al fin!”. Y despertó de pronto, sonriendo y llorando a la vez.

Lo observé en silencio.

—En mi país, Venezuela—permítame que le comente—, hemos vivido una suerte de retroceso republicano, si es que alguna vez fuimos república. Yo también tuve un sueño: que los oprimidos y los excluidos puedan redimirse y reencontrarse con sus opresores o excluyentes. Difícil que los líderes comprendan que la misión no es poder, no es política, sino ciudadana, humana.

—No pierda la esperanza—contestó— La esperanza no significa estar seguro que veremos el final del camino. Significa seguir caminando aunque no sepamos cuándo llegará. Y cuando pasa, el reto es no dejarla pasar, no disfrazarla, sino atarla. Ese es el deber y la misión del liderazgo.

—Aquel discurso se convertiría en uno de los más recordados de la historia, no por un sueño realidad, sino por mantener la fe y la moral en alto. Los pueblos, Dr. King, son muy frágiles y propensos a quedarse en el suelo después de una derrota o una desgracia.

—King soltó una pequeña risa.

—La historia no se repite Orlando, la historia es soberana, es única y pero contumaz. La historia en todo caso rima, pero no es idéntica porque ninguna sociedad es como otra. Cuando se ha esperado demasiado tiempo, es el propio tiempo quien desata dulces salidas a amargas dificultades. Ya lo dijo el Hidalgo. No hubiese pensado nunca cómo sería recordado. Lo que ahora pienso es que nadie podrá reprocharme no haberme acobardado cuando sentía miedo. Y en ese afán, la vida no es un objetivo es un vehículo, un salto a la paz.

—¿Un sacrificio, una inmolación? Hubo otro momento de silencio.

—No. Un acto consciente y noble de desprendimiento. Uno no puede entregar su vida a un sueño pensando constantemente en la muerte. Tiene que pensar en la vida que ese sueño puede ofrecer a los demás.

—Entonces, qué ofrecía?

King levantó los ojos hacia mí.

—Una comprensión histórica—Quizá algún día—dijo—la gente escuche aquel discurso y piense que el sueño ya se cumplió. No porque podemos cenar juntos en un mismo sitio, gentes diferentes, de color distinto, sino porque tenemos la convicción de que hacerlo no es un sacrilegio.

—¿Y usted lo cree?

Negó lentamente con la cabeza.

—Un sueño de justicia nunca termina. Cada generación tiene que decidir si lo mantiene vivo. La misión del hombre es sacarnos ‘los sacrilegios, las blasfemias’ de la cabeza. En ese momento quien guardó silencio fui yo. Sin duda en mi país padecemos de muchos mitos convertidos en herejías. Uno de ellos es la aparente superioridad del estado sobre el ciudadano y del hombre de poder, del “rey” sobre la ley. Es tiempo de desmitificar—que es desbeatificar—esos paradigmas. Yo tengo un sueño

Una cena inconclusa

Terminamos la cena en silencio. Mientras lo escuchaba comprendí que aquellas palabras no hablaban únicamente de un hombre ni de una época. Hablaban de la posibilidad de imaginar un mundo distinto y tener el valor de caminar hacia él, incluso sin saber si uno llegará a verlo. Aquí la conversación se detiene, como se detiene uno frente a algo demasiado grande para tragarlo de un bocado.

El mundo entero ha visto esas imágenes, ha oído esa voz creciendo como marea sobre la explanada. Lo que pocos recuerdan es que meses después, ese mismo hombre discutía con el presidente Kennedy los detalles técnicos de una ley de derechos civiles, y que en 1964 recibiría el Premio Nobel de la Paz, convirtiéndose, a los treinta y cinco años, en el galardonado más joven de la historia hasta entonces.

—El Nobel no cambió lo urgente del asunto—dice, quitándole importancia con un gesto de la mano.

—Cambió el tamaño del escenario donde había que seguir trabajando. Y un escenario más grande no perdona los descuidos pequeños, se lo aseguro.

—¿Qué propicia un descuido ‘pequeño’?, pregunto con pretendida inocencia.

—No darle importancia a las grandes virtudes aunque nos luzcan pequeñas. Porque lo que parece menos importante, es lo que importa.

—¿Qué es lo que menos importa?

—Si aun no lo sabe Orlando, búsquelo y lo encontrará. Lo primero que debe considerar es que lo que menos importa es uno, y lo que más, son los conflictos no resueltos con nuestra historia, con el pasado. La identidad bien elaborada es una forma de empatía. Empatía que es razón, que es verdad, que es redimir lo que fue para vivir en paz con lo que viene.

—¿Cuál es el conflicto no resuelto de un país?

—No desanudar aquellos atavismos que nos dividen como sociedad.

Y volví a callar. El habla desanudado los propios. Nosotros no. Él sabía que la igualdad era un valor aun no redimido. El nuestro es la libertad, porque no es libre quién sólo concibe la propia.

Selma, y un puente que cobró su peaje en sangre.

Hablamos de Selma, marzo de 1965. Del domingo en que cientos de manifestantes que cruzaban el puente Edmund Pettus rumbo a Montgomery, fueron recibidos por la policía estatal a caballo con gases y porras. King no estaba esa primera jornada—ausencia que después le pesaría y con razón—pero volvió, reorganizó la marcha y la completó: cincuenta y cuatro millas que terminarían empujando al Congreso a aprobar la Ley de Derecho al Voto de 1965.

—Cada puente que se cruza tiene un precio—dice, mirando el hielo derretido en su vaso como si ahí viera algo que a mí se me escapa—. Es una milla más de igualdad incomprendida, que deja huella.

—¡Pero, Dr. King en Venezuela hemos marchado continentes enteros desde que declaramos nuestra independencia!

—Mire Usted muy bien, Orlando si han marchado realmente por una causa propia o por una colectiva.

Al King incómodo—el que no gustaba ni a los suyos—le pregunto por lo que menos se recuerda: su rechazo público a la guerra de Vietnam, anunciado en un sermón en la Iglesia Riverside de Nueva York, en abril de 1967, exactamente un año antes de morir. Ahí llamó a su propio gobierno “el mayor proveedor de violencia en el mundo” y perdió de un plumazo, aliados poderosos que hasta entonces le aplaudían con ganas.

Le pregunto también por la Campaña de los Pobres, su último proyecto, todavía más incómodo porque ya no hablaba sólo de raza, sino de clase, de la pobreza como una forma de segregación que no necesita letrero para funcionar.

—Me acusaron de desviarme de la causa—dice, con un cansancio que no se parece en nada al arrepentimiento.

Pero la dignidad no se reparte por capítulos separados. Un hombre libre pero hambriento sigue siendo en el fondo, un hombre con grilletes, aunque nadie se los vea puestos. A muchos no le gusta enarbolar causas que no generan empatía por no tener “el mismo color”. Lo virtuoso es no distinguir entre azul, rojo, blanco o negro.

La última noche, la última cena.

En este King rebelde, el que estaba dispuesto a perder aplausos con tal de decir lo que había que decir, reconozco la estirpe de los que de verdad cambian algo. Los otros, los del titular fácil y el gesto calculado, terminan en las hemerotecas. Él terminó en la historia, que es un lugar bastante más exigente y mucho menos generoso con los atajos.

La cena empieza a apagarse, como se apagan las cenas cuando ambos sabemos sin decirlo, que se acerca el final del relato. Le pregunto por Memphis, por la noche del 3 de abril de 1968, cuando habló ante trabajadores sanitarios en huelga en lo que hoy se conoce como el discurso de “he estado en la cima de la montaña”.

—No sé qué va a pasar ahora… pero eso ya no me importa. Porque he estado en la cima de la montaña, y he visto la tierra prometida. Puede que yo no llegue con ustedes.

Al día siguiente, 4 de abril de 1968, un disparo en el balcón del motel Lorraine le quitó la vida a los treinta y nueve años. Le pregunto, ya en pleno terreno de lo inventado, si presentía algo esa última noche.

—Se despidió Usted desde la cima de aquella montaña. Me mira largo rato y, por primera vez en toda la cena, no responde con una cita ni con un sermón. Responde con una extraña combinación. De alegría y dolor:

—El valor no consiste en no tener miedo, sino en seguir sirviendo la mesa aunque uno sospeche que la cena está a punto de acabarse para siempre. Cenemos, Orlando. Quizás es la última para mí.

De la pesadilla al sueño eterno

El King que cenó conmigo aquella noche imaginaria no es el de las plazas y los sellos postales, sino el que dudaba antes de cada marcha, discutía con sus propios asesores, el que fue espiado y calumniado por su propio gobierno y aun así, se ajustaba la corbata cada mañana para caminar derecho hacia el peligro, sin pedir que nadie se lo aplaudiera.

Historia de destinos que se juegan entera de una sola vez, sin cuotas ni plazos, y que a pesar de todo—o precisamente por eso—terminan dándole pulmón a la dignidad, a la palabra, a las causas que valen la pena aunque nadie garantice el final feliz.

Ahí está la lección que vale la pena rescatar de esta cena que jamás sucedió, pero que al contarla, se siente más cierta que muchas que sí ocurrieron: que la justicia no llega por decreto ni por inercia del calendario, sino por la terquedad de unos pocos dispuestos a pagar el precio de decirla en voz alta, aunque ese precio, como en Memphis, termine siendo la propia vida.

¿Quién se atreve con soltura a decir en Venezuela que después de más de 500 años de vida colonial, de conquista y de apariencia republicana, aún no hemos encontrado la verdad de nuestros desencuentros? ¿Quién es capaz de decirle al mundo que en Venezuela padecemos de un atavismo antirrepublicano que no hemos sabido redimir?

Pues resolverlo es perder el miedo, es decir la verdad para dejar el pasado atrás [comprendiéndolo] y abrir las puertas del futuro en sana paz. El Dr. King lo hizo aquel día cuando dijo, I have a dream.

Le agradezco la cena, aunque sólo haya existido en el papel y en mis sueños. Él se levanta, vuelve a aflojarse el nudo de la corbata que nunca terminó de ajustar del todo y me deja, a modo de despedida, la certeza con la que decidió vivir y, a fin de cuentas, morir.

—La medida última de un hombre no es dónde se sitúa en momentos de comodidad, sino dónde se sitúa en momentos de desafío y controversia.

Yo tuve un sueño y ahora duermo eternamente en él. Busque el suyo. Salga de su pesadilla y conviértala en amor, justicia, paz y redención. Y vivirá soñando pero despierto.

@ovierablanco vierablanco@gmail.com

Abogado. Ex Embajador en Canadá

 NULL

    

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Temas

Deja tu comentario

Te puede interesar