MIAMI.-El cineasta y dramaturgo cubano Juan Carlos Cremata, cuya obra fue censurada en la isla, asegura que para hacer cine cubano no necesita estar en el país que lo vio nacer. Aunque fue precisamente haber nacido en Cuba lo que lo ha equipado con una gran herramienta para cualquier artista: esa habilidad de reinventarse en medio de la constante crisis que lejos de robar su creatividad, la ha fertilizado.
El director de la premiada cinta Viva Cuba, de la serie de cortos Crematorio y de la versión de la pieza teatral El rey se muere, entre otras historias que reflejó en la gran pantalla y en las tablas, conversó con DIARIO LAS AMÉRICAS sobre la censura que lo llevó al exilio, su percepción del séptimo arte, el nuevo rumbo hacia donde quiere encaminar sus producciones, entre otros temas que inquietan su existencia.
Has desarrollado una extensa carrera en Cuba como cineasta, ¿qué le trae a EEUU?
Sentí que Cuba me quedaba chiquita, no solamente por la censura que sufrí el año pasado cuando me declararon la muerte en vida por pensar, actuar y ser diferente en una sociedad que pretende ser homogénea. Me tildaron de contrarrevolucionario y me negaron la posibilidad de seguir haciendo lo que yo sé hacer: cine y teatro. Yo pensaba que el cine cubano solamente se podía hacer en Cuba. Efectivamente, era así en otros años cuando decidí regresar (en 1997), después de haber vivido en EEUU. El problema es que ya el cine cubano no es el que se hace en el ICAIC, sino el mal llamado "cine independiente", porque para mí es alternativo ya que usa modelos de producción que no son “industriales”. Y digo eso porque al Instituto Cubano de Arte e Industria cinematográficos, de industria ya no le queda nada, y de arte le queda cada vez menos. Ya se ha demostrado que el cine cubano se puede hacer fuera de Cuba. Hay ejemplos muy válidos: el documental Balseros, la película Regreso a Ítaca, Viva, El rey de la Habana.
¿A qué atribuye el hecho que a los extranjeros les interese el cine cubano?
En Cuba los delirios están a flor de piel, en el medio de la calle. Quizás aquí se pueda comprar la imaginación en un supermercado. Creo que la realidad cubana es un laboratorio muy interesante y llamativo. Lamentablemente, los especímenes que usan son las personas. Y si a eso le agregas el factor histórico y social de ser en este momento casi como un parque temático de viaje al pasado, creo que es muy interesante porque es una sociedad muy conflictiva y los cineastas y artistas crecen ante esas condiciones. Yo no sabría qué hacer si tuviera todo para hacer mi arte. Estoy tan acostumbrado a la escasez y la necesidad, que me ha generado una inventiva y un espíritu de creación que no sabría qué hacer si tuviera todo en mis manos. Tampoco aquí lo tengo. Entonces tengo que idear cómo seguir adelante con mis sueños.
¿Cómo enfrenta el exilio?
Tengo muy claro, desde hace mucho tiempo, que el exilio puede ser una enfermedad si lo asumes con nostalgia. Pero puede ser acicate de lucha si lo ves con optimismo. Yo estoy aprendiendo muchísimo. Siempre he aprendido más de Cuba viviendo fuera, porque hay cosas que no llegan allá. Creo que si ellos me mataron allá o me mandaron a morir en vida, esta posibilidad de renacer no la voy a perder. Yo tengo una carrera súper grande en Cuba que no van a poder borrar, y considero que en este momento estoy renaciendo. Entre ser o no ser, me condenaron a no ser. Y yo escogí ser.
¿Cree que el panorama en Cuba influye en los artistas?
Son tan difíciles las condiciones de vida en el sur del mundo, que creo que a nosotros nos es mucho más necesaria la creatividad, poder inventarnos un nuevo mundo que a lo mejor no existe, pero es necesario para soportar las condiciones de vida. A mí me gusta mucho viajar, porque soy un artista, por el encuentro con otras culturas. Desgraciadamente, hay mucha gente en Cuba que no conoce el mundo exterior, o gente que incluso sale de Cuba sin salirse de su caparazón. Yo soy una esponja. Tengo dos máximas: aprender y avanzar. Y creo que sí hay muchos artistas, me gustaría volver y seguir haciendo cosas en Cuba, pero no creo en los nacionalismos baratos. Claro que sería de otra manera si hubiera nacido en otro lugar, pero hay condiciones humanas que son intrínsecas para todas las personas. No importan las nacionalidades.
Independientemente, el trabajo del cineasta es reflejar la sociedad…
Claro, y documentar el tiempo y la historia. A mí me preocupa mucho, más allá de responder a una necesidad artística, cómo las generaciones del mañana verán nuestra sociedad, porque soy de los que creen en el progreso de la sociedad, en abrir las mentes, en ensanchar los horizontes. Y eso en Cuba es muy necesario. La mentalidad social cubana ha sufrido mucho durante más de cincuenta años, un oscurecimiento, una intolerancia… Creo que el respeto al derecho ajeno es la paz y que todo el mundo tiene el derecho a expresarse. Yo me considero revolucionario y eso quiere decir revolucionar, o sea, yo intento vivir una vida distinta cada día, como si fuera el primero y el último de mis días, todo el tiempo estoy intentado aprender y evolucionar, por eso creo que soy revolucionario. En Cuba no, allá piensan que ser revolucionario es estar de acuerdo con un discurso y una forma que no es revolución. En realidad lo que han hecho es involución.
¿Qué elementos tiene el cine cubano que lo hace único?
Creo que lo primero es que sea cine y que sea cubano. Es que todavía estoy tratando de entender qué cosa es el cine, y de aprender qué cosa es Cuba…, no sabría definir. Además, soy reacio a las definiciones como soy reacio a los géneros. Cada vez que me preguntan mi género, digo que soy degenerado. Y en cuanto a las definiciones, soy indefinido. Realmente, yo creo que el cine no se debe nacionalizar. El cine cuando es cine, pertenece al mundo. Es imposible encerrar el cine cubano en una palabra, eso es un género. Pero la palabra que más se acerca es vuelo. Cuando es cine, uno vuela aunque no se mueva del lugar. Y no a través del divertimento solamente, sino de la reflexión. El buen cine es el que me hace pensar. Yo me niego a los mensajes en el arte, para eso está el correo, porque precisamente como el arte es tan subjetivo, puede que yo intente enviar un mensaje y se entienda otro.
¿Cuál es la próxima película que quiere hacer?
Son tantas. Mi proyecto más ambicioso es la versión cinematográfica de lo que considero que es una de las mejores novelas escritas en Cuba en los 50, Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro. Yo soy un creador constante, dejé cosas por hacer en Cuba para el cine y el teatro. En estos momentos, para mí es mucho más importante ser exitoso en las redes sociales que estrenar en Cannes, en el cine Yara o en Hollywood. Para mí Hollywood está en decadencia total, no me interesa llegar, ya yo estuve en Cannes. Me interesa trabajar para las personas que me van a ver en su teléfono esperando que cambien la luz roja del semáforo. En estos momentos estoy muy enfrascado en desarrollar un estilo patentado como microcine, si existe el microteatro,¿por qué no el microcine? Y las redes sociales son la plataforma ideal para hacerlo.
De todos los reconocimientos que ha recibido, ¿cuál es el más significativo?
El que aún no he logrado: ver la felicidad en los ojos de mi hija. Eso es por el que estoy luchando aquí. Lo único que yo quiero es que ella sepa que existe el mundo, y que el mundo no es un edificio de vivienda con una calle destruida y una mentalidad cerrada. Yo crecí mucho cuando descubrí que el mundo existía.