Las películas de Wajda siempre me recuerdan La Habana
No puedo evitarlo: el cine de Andrzej Wajda siempre me recuerda La Habana. La primera película que vi de este célebre director polaco, que acaba de fallecer en su natal Varsovia a los 90 años, fue Cenizas y diamantes (1958). Fue en una temporada dedicada a su obra que a finales de los 80’ se proyectó en el cine La Rampa, cuya programación por entonces incluía, como raras avis, significativos ciclos del llamado cine de arte o de autor. La verdad no iba mucha gente. El público solía estar formado más que nada por cinéfilos, artistas, escritores, intelectuales. Y por supuesto nunca faltaba el desfile de esnobistas, cuyo performance le daba un toque pintoresco a las funciones, y donde casi siempre se podía encontrar una atractiva muchacha seducida por el arte, lo cual era otro incentivo para no perderse ningún filme y luego desandar la ciudad nocturna.
Tomaba cuatro autobuses para ir y regresar. O más, según la noche. A veces iba con alguna novia del pre-universitario de La Víbora. La más perseverante era Hanna (nombre por cierto muy común en Polonia). Una rubia despampanante a la que en los momentos más densos solía escapársele algún que otro cándido bostezo, que yo minimizaba con un “No pasa nada, la escena la verdad está un poco larga” y premiaba con un beso cinematográfico, en ocasiones envidiado por alguien que me gritaba “Suéltala”. Y cuando no había chicas que invitar, llamaba a mi gran amigo Hanzel, que si no entendía algún diálogo o imagen, tenía la delicadeza de no preguntar hasta que acabara la película, pues con su increíble tartamudez podía lograr que una pregunta suya durara más que toda una secuencia. Al final debatíamos el filme en algún bar de mala muerte como si estuviésemos en el Festival de Venecia.
Esta apasionada experiencia cinéfila me duró hasta los 90’. Para regresar a casa, en la cola de la ruta 2 (en aquellos momentos le habían cambiado el número y era la 213, no recuerdo por qué) a cada rato me encontraba a Leonardo Padura y su esposa Lucía, cuando Mario Conde aún no era un detective famoso. Recuerdo que una vez le dije a Hanna con la intención de consolarla en nuestra larga espera por el bus: “Ese es un escritor y periodista que vive en Mantilla, y mira, no tiene carro, coge la guagua igualito que nosotros”. A lo que la rubia me respondió con una agilidad inusitada: “Mejor no te metas a periodista ni a escritor”. Nunca olvidaré que no le hice caso, aunque por supuesto le mentí, piadosamente, para mi hambrienta conveniencia amatoria. Era muy joven, lo sé, y La Habana a veces me parecía una especie de París herido, vivible, incluso salvable. Y a Hanna y sus hermanas y compañeras de clase, también le parecía una ciudad donde envejecerían. Pero todas se equivocaron. O al menos todas las que recuerdo. Y hoy viven su feliz equivocación lejos de la isla.
Eran tiempos quizás difíciles de clasificar. Como fragmentos de un filme de género impreciso. Y aunque para un pobre estudiante de la periferia viajar varios kilómetros cada noche, era a la vez una película y una real odisea, lo cierto es que gracias a los anónimos programadores de la Cinemateca de Cuba, que como Wajda muchas veces supieron burlar la censura, conocí entonces a éste y otros grandes directores europeos (Bertolucci, Forman, Polanski, Bergman, Godard, Herzog, Kieslowski, Mijalkov, Tarkovski) que estimularon mi interés por el séptimo arte. Hoy, con el anuncio de la muerte de Andrzej Wajda, recuerdo aquellos seductores y misteriosos hallazgos en la gran pantalla que marcaron mi primera juventud en una Habana, igual de sitiada, pero culturalmente menos ruinosa y vulgar que la que hoy apenas sobrevive, se auto flagela, se desvanece, y a veces siento que poco a poco busca justificar su derecho a la eutanasia.
De esos habaneceres formó parte Wajda. Sin duda aquél primer encuentro en el cine La Rampa con esa intensa mezcla de realidad y simbolismo, de introspección y testimonio social que es su cine, me impulsó a la pesquisa de otros títulos suyos, que solía ver más de una vez, como El director de orquesta (1980), Sin anestesia (1978), Paisaje después de la batalla (1970) o El hombre de mármol (1976) con que ganó el premio de la Crítica en el Festival de Cannes 1978 y que le catapultó a la cúspide del cine mundial.
Cannes le premió en varias ocasiones. El hombre de hierro (1981) le valió la prestigiosa Palma de Oro. Una película que se adentra en la historia del sindicato polaco Solidaridad, del que Wajda formó parte, y donde su líder, Lech Walesa, se interpreta a sí mismo. El filme no fue del agrado del gobierno polaco y en respuesta le cerraron al director su productora. Pero jamás se amilanó ni apartó del movimiento sindicalista, por el que en1989 fue elegido senador. Después de varios años de trabajo, pudo concluir Walesa, el hombre de la esperanza (2013), sobre la que el premio Nobel de la Paz y expresidente polaco dijera: “Wajda siempre ha tenido una visión profética en sus películas y en ésta ha conseguido mostrar perfectamente el ejemplo para las nuevas generaciones de cómo acabar con un sistema. El cine de Andrzej Wajda nos ayudó a seguir luchando. Sin sus películas no hubiera sido capaz de hacer lo que hice”.
La primera de sus películas que vi fuera de Cuba fue la impactante Katyn (2007), una historia basada en hechos reales, que le afectó profundamente, pues su padre, un oficial de caballería, fue asesinado a comienzos de la Segunda Guerra Mundial en la Masacre de Katyn, como se le llamó a una serie de asesinatos en masa que incluyeron a oficiales del ejército, policías, intelectuales y civiles polacos a manos de la policía secreta soviética, entre abril y mayo de 1940, tras su invasión a Polonia. Se estiman fueron unos 22,000 los polacos asesinatos. Un genocidio que Wajda jamás pudo arrancarse del alma.
La última pieza que rodó fue Powidoki, que hace sólo semanas se exhibiera en el Festival de Toronto, y donde a partir de la vida del pintor vanguardista polaco Wladyslaw Strzeminski, regresó a los oscuros tiempos de censura y crímenes de la ocupación soviética en su país.
Cuatro de sus obras, La tierra prometida (1976), Las señoritas de Wilko (1979), El hombre de hierro y Katyn (2007), estuvieron nominadas al Óscar a la Mejor Película de habla no inglesa. Pero ninguna obtuvo el galardón. En el 2000, sin embargo, le entregaron un Óscar Honorífico, como reconocimiento a sus diversas contribuciones al séptimo arte. Fue un gran artista. Le agradezco sus películas y el eterno recuerdo de las noches habaneras en que las fui a ver. Hoy, aquí en Miami, seguramente volveré a ver una de ellas. O quizás dos. Siempre valdrán la pena.
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