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ANÁLISIS

El Escudo de las Américas: promesa estratégica, límites estructurales y el futuro de la arquitectura de seguridad hemisférica

Este ensayo plantea si el Escudo de las Américas tiene probabilidades de reemplazar a las instituciones regionales de defensa colapsadas de América Latina como el principal marco de cooperación en seguridad hemisférica

Por Jaime González

El propuesto Escudo de las Américas surge en medio del colapso de las instituciones regionales de defensa previas de América Latina y de una creciente competencia geopolítica en el hemisferio. Este artículo examina si la iniciativa puede convertirse en un marco duradero para la cooperación en seguridad hemisférica.

Resumen ejecutivo

Este artículo sostiene que, aunque el Escudo de las Américas responde a amenazas reales de seguridad y a vacíos institucionales, es poco probable que sustituya los mecanismos regionales de defensa anteriores. Su selectividad ideológica, limitada inclusión regional e incapacidad para contrarrestar a China y Rusia en todo el hemisferio restringen su viabilidad a largo plazo.

La arquitectura regional de defensa de América Latina se ha fracturado más allá de toda reparación. La Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) colapsó efectivamente después de que seis gobiernos de centroderecha suspendieran su participación en 2018, un quiebre sin precedentes del multilateralismo sudamericano (Palestini Céspedes, 2018). El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), firmado en 1947 como el primer instrumento de seguridad colectiva del hemisferio, perdió progresivamente miembros y credibilidad tras décadas de invocaciones débiles o fallidas (Stimson Center, 2025). PROSUR, lanzado en 2019 como sucesor de UNASUR, demostró ser demasiado estrecho ideológicamente e institucionalmente débil para sobrevivir siquiera a un solo ciclo de alternancia gubernamental (Binetti, 2019). En ese vacío, el gobierno de Estados Unidos introdujo el Escudo de las Américas, un marco de seguridad convocado en Washington en marzo de 2026 y fundamentado en la afirmación de la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 sobre un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe (The White House, 2025; Berg, 2026).

Este ensayo plantea si el Escudo de las Américas tiene probabilidades de reemplazar a las instituciones regionales de defensa colapsadas de América Latina como el principal marco de cooperación en seguridad hemisférica. Sostiene que la respuesta es no. El Escudo posee lógica estratégica: responde a un vacío institucional real, a crecientes amenazas transnacionales y a la expansión del involucramiento de seguridad chino y ruso en la región. Pero reproduce la falla central que debilitó a instituciones anteriores: la selectividad ideológica. Brasil, la mayor potencia militar de la región, permanece fuera del marco, al igual que varios Estados con los vínculos más profundos con China y Rusia. Sin una inclusión política más amplia y resiliencia institucional a través de los ciclos electorales, es más probable que el Escudo funcione como un mecanismo complementario de coordinación entre gobiernos alineados que como una arquitectura sucesora duradera y de alcance hemisférico. Examinar qué pretende lograr el Escudo y cómo Washington ha formulado su justificación estratégica es el punto de partida necesario para esa evaluación.

El Escudo de las Américas: lógica estratégica y fundamentos de política

El Escudo de las Américas no surgió en un vacío estratégico. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025 presentó al hemisferio occidental como una esfera de primacía estadounidense y afirmó un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe, señalando la intención de Washington de limitar la presencia de seguridad de potencias rivales en la región (The White House, 2025). El secretario de Estado Marco Rubio ya había identificado a América Latina como un teatro prioritario para el contraterrorismo, la migración irregular y la competencia entre grandes potencias durante su audiencia de confirmación en el Senado (Americas Society/Council of the Americas, 2025). La cumbre del Escudo reunió a ministros de Defensa y altos funcionarios de gobiernos alineados para coordinar acciones frente al crimen organizado transnacional, la protección de infraestructura crítica y el involucramiento militar chino y ruso (Berg, 2026; U.S. Department of State, 2026). Esa ambición descansaba sobre un diagnóstico directo del desafío competitivo que Beijing había establecido durante un período de reducido compromiso regional de Estados Unidos.

La iniciativa se basa en un diagnóstico claro: China expandió su influencia durante un período de menor involucramiento estadounidense. Para 2024, el comercio chino con América Latina había alcanzado un récord de 518 mil millones de dólares, mientras que empresas estatales chinas mantenían participaciones en puertos, redes de telecomunicaciones e instalaciones energéticas en todo el hemisferio (Berg, 2026). El Comando Sur de Estados Unidos advirtió reiteradamente que algunos de estos proyectos de infraestructura podrían tener implicaciones militares de doble uso (U.S. Southern Command, 2025; Richardson, 2024). En este contexto, el Escudo representa el intento de Washington de imponer una estructura de seguridad en una región donde su influencia se ha erosionado y donde Beijing ha ganado posiciones institucionales y materiales.

Sin embargo, los análisis difieren sobre si esta lógica estratégica puede sustentar un marco sostenible. El Baker Institute for Public Policy (2025) describió el Corolario Trump como una visión expansiva de la influencia hemisférica de Estados Unidos, sustentada en presión económica, cooperación en seguridad y diplomacia selectiva. Chatham House (2025) fue más escéptico, argumentando que la estrategia es coherente en el diagnóstico, pero inconsistente en la ejecución, citando amenazas arancelarias contra Colombia, la retórica hacia Panamá y una política fluctuante respecto a Brasil. Investigadores de la Brookings Institution (2025) sostuvieron de manera similar que el énfasis de la administración en la afirmación soberana resulta incómodo con la lógica de asociación que requeriría un marco regional duradero. Un sistema construido sobre la primacía estadounidense puede asegurar cumplimiento, pero no necesariamente cooperación a largo plazo. Esa tensión constituye la primera gran vulnerabilidad del Escudo. Comprender si esas vulnerabilidades son fatales requiere examinar la historia estructural de las instituciones que el Escudo pretende reemplazar.

El vacío que el Escudo busca llenar

Para evaluar si el Escudo puede reemplazar a instituciones anteriores, es necesario comprender por qué esas instituciones fracasaron. A lo largo de la literatura, emerge una explicación común: las organizaciones de defensa latinoamericanas se hicieron dependientes del consenso ideológico y, por tanto, demostraron ser altamente vulnerables a los cambios electorales (Mijares & Nolte, 2022; Mariano & Ribeiro, 2021). Su debilidad fue estructural, no incidental.

El Consejo de Defensa Suramericano de UNASUR ilustra claramente el problema. Establecido en 2008 bajo el patrocinio de Brasil y Venezuela, operaba por consenso y deliberadamente carecía de una burocracia permanente fuerte (Vitelli, 2017). Ese diseño funcionó durante un período de alineación regional de izquierda, cuando los gobiernos miembros compartían suficiente orientación política para sostener la acción colectiva. UNASUR fue capaz de mediar en la crisis boliviana de 2008 y en la disputa entre Colombia y Ecuador tras la operación contra Reyes. Pero una vez que los gobiernos comenzaron a girar hacia la derecha después de 2015, la institución perdió su base política (Vaz et al., 2017). Barros y Gonçalves (2021) muestran que la vacante en la secretaría general, la suspensión de 2018 por parte de seis Estados miembros y las disputas sobre Venezuela aceleraron un colapso estructural que ya estaba en marcha.

El TIAR revela una versión más prolongada del mismo problema. Aunque el tratado fue diseñado como un mecanismo de seguridad colectiva, su historia está marcada por una aplicación desigual y un seguimiento operativo limitado. O'Konski (2021) caracteriza su trayectoria como una de solidaridad simbólica más que de cooperación sólida en materia de seguridad. La Guerra de las Malvinas expuso la contradicción más profunda del tratado: cuando Argentina invocó el TIAR en 1982, Estados Unidos se alineó con Gran Bretaña, demostrando que los intereses estratégicos nacionales podían prevalecer sobre los compromisos hemisféricos (Stimson Center, 2025). Las posteriores retiradas de México, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela debilitaron aún más el tratado (Stott, 2020). Su invocación en 2019 contra Venezuela condujo a sanciones coordinadas, pero no a una postura militar colectiva significativa, reforzando la percepción de que el TIAR conservaba valor simbólico mientras perdía fuerza práctica (O'Konski, 2021).

PROSUR confirmó que el patrón no había cambiado. Binetti (2019) lo describió como institucionalmente débil desde el inicio: no tenía secretaría general, contaba con escasa estructura formal y dependía en gran medida de la afinidad ideológica entre los gobiernos fundadores. Cuando Gabriel Boric ganó la presidencia de Chile a finales de 2021, ese cambio por sí solo ayudó a socavar las perspectivas del bloque, ya que sus miembros nunca habían construido mecanismos para gestionar la divergencia política (Global Affairs, Universidad de Navarra, 2022). Nolte (2025) resume esta condición más amplia como “regionalismo líquido”: una forma de organización regional marcada por la inestabilidad, la contestación y una débil durabilidad institucional. El Escudo entra ahora en ese mismo entorno.

Restricciones estructurales para la institucionalización del Escudo

A pesar de su diseño liderado por Estados Unidos y su diferente orientación ideológica, el Escudo enfrenta muchas de las mismas restricciones estructurales que socavaron a sus predecesores. La más importante es la selectividad ideológica. El marco reúne a gobiernos alineados con Washington, incluidos Colombia, Argentina bajo Milei, Ecuador, Paraguay, El Salvador y Honduras, mientras excluye a Brasil, México, Bolivia y otros gobiernos que mantienen relaciones exteriores más autónomas o diversificadas (Chatham House, 2025; Peterson Institute for International Economics, 2026). En efecto, el Escudo reproduce la falla de UNASUR, pero a la inversa. Mientras UNASUR dependía de una convergencia ideológica de izquierda, el Escudo depende de una alineación de derecha con Estados Unidos.

Ese diseño limita drásticamente la legitimidad y el alcance del marco. El enfoque de Washington trata al hemisferio menos como una comunidad de socios soberanos iguales y más como un espacio estratégico que debe asegurarse frente a rivales, una formulación que ha suscitado críticas tanto dentro como fuera de la región (Peterson Institute for International Economics, 2026). Incluso gobiernos receptivos a la cooperación de seguridad con Estados Unidos pueden resistirse a integrarse en una estructura abiertamente exclusiva y centrada en Washington.

La ausencia de Brasil es la expresión más clara de este problema. Como la mayor potencia militar de la región, Brasil es indispensable para cualquier marco que pretenda tener relevancia hemisférica. Comparte fronteras con diez Estados sudamericanos, mantiene el mayor aparato de defensa del continente y durante mucho tiempo ha preferido asociaciones diversificadas por encima de una alineación estratégica exclusiva con Washington (Barros & Gonçalves, 2021). Sin Brasil, el Escudo no puede afirmar de manera creíble una cobertura regional. Su alcance no es simplemente incompleto; está estructuralmente limitado.

Por esa razón, el papel más realista del Escudo es más estrecho de lo que sugiere su retórica. Feldmann, Merke y Stuenkel (2021) sostienen que, cuando las divisiones ideológicas bloquean el regionalismo formal, la cooperación en seguridad aún puede avanzar mediante arreglos informales o bilaterales. Ese probablemente sea el modelo al que se aproximará el Escudo: una plataforma de convocatoria para que gobiernos alineados coordinen preocupaciones compartidas específicas, como el crimen organizado, la infraestructura china y la migración irregular, sin convertirse en un organismo multilateral profundamente institucionalizado. Ratzlaff (2024) llega a una conclusión similar respecto al compromiso regional del SOUTHCOM, señalando que las relaciones bilaterales pueden ser efectivas, pero son poco adecuadas para generar bienes públicos regionales más amplios. Sin embargo, más allá de estas restricciones internas, el Escudo enfrenta un desafío más dinámico: la competencia activa y sistemática de actores externos que llenan los espacios a los que no puede llegar.

China, Rusia y la competencia por el espacio de seguridad hemisférica

El Escudo también debe lidiar con la competencia activa de China y Rusia, ambos países que han ampliado su presencia de seguridad en América Latina a medida que las instituciones regionales se debilitaban. Entre 2022 y 2025, oficiales militares de veinte países de América Latina y el Caribe asistieron a programas de entrenamiento del EPL chino (PLA, por sus siglas en inglés), y China convocó su quinto Foro de Defensa China-CELAC en 2022 con participación de altos representantes de defensa de Argentina, Chile, Surinam y Brasil (Center for Strategic and International Studies, 2025). Estas iniciativas eluden por completo a las organizaciones regionales y, en su lugar, cultivan vínculos bilaterales y profesionales entre instituciones militares. Beijing no ha limitado este compromiso únicamente a intercambios militares; ha impulsado una estrategia paralela a nivel de arquitectura institucional.

China ha acompañado esta diplomacia militar con una proyección institucional más amplia. Su Iniciativa de Seguridad Global, introducida en 2022 e incorporada a la legislación china sobre relaciones exteriores para 2023, ha sido interpretada como un esfuerzo por reformular las normas de seguridad a través de foros centrados en China que operan junto a las instituciones occidentales o al margen de ellas (Ellis, 2023). En el hemisferio occidental, este enfoque se reforzó en mayo de 2025, cuando Xi Jinping convocó la Cuarta Reunión Ministerial China-CELAC, profundizando el diálogo de seguridad con América Latina a través de un foro que excluye a Estados Unidos (Ministry of Foreign Affairs of the People’s Republic of China, 2025). El Inter-American Dialogue (2025) concluyó que el modelo chino resulta atractivo para gobiernos regionales en parte porque ofrece infraestructura de vigilancia, entrenamiento policial y sistemas de seguridad pública con menos condicionamientos políticos que programas comparables de Estados Unidos. La dimensión de infraestructura física de la estrategia china profundiza aún más el desafío competitivo y genera dependencias que sobreviven a cualquier gobierno o marco de seguridad.

La presencia regional de China también se extiende a infraestructura física e instalaciones de doble uso. Ziemer, Han y Powers-Riggs (2025) documentan sitios espaciales y de doble uso operados o accesibles para China en el hemisferio occidental, incluido Espacio Lejano, en la Patagonia argentina. Datos del Congressional Research Service muestran que bancos de política chinos comprometieron más de 136,5 mil millones de dólares en préstamos a la región entre 2005 y 2022, especialmente en los sectores energético y de infraestructura, lo que crea dependencias de largo plazo (Congressional Research Service, 2023). Rusia, aunque opera en una escala financiera menor, ha continuado intercambios militares, relaciones armamentísticas, cooperación de inteligencia y vínculos de asesoría con gobiernos como Venezuela, Nicaragua y Cuba (Atlantic Council, 2024). Estos avances exponen una desalineación estructural: la arquitectura institucional del Escudo es selectiva por diseño, pero los desafíos de seguridad que pretende contrarrestar no respetan tales fronteras.

Estos desarrollos revelan una desalineación central en el diseño del Escudo. Los gobiernos con los vínculos de seguridad más profundos con China y Rusia están, en gran medida, excluidos del marco. También lo están varios de los territorios por donde operan con mayor libertad las organizaciones criminales transnacionales. El entorno de amenazas es hemisférico, pero el alcance práctico del Escudo es político y selectivo. La designación del Tren de Aragua por parte del Departamento del Tesoro de Estados Unidos como organización criminal transnacional en 2024, y la posterior ofensiva del Departamento de Justicia, subrayan esta brecha: la red atraviesa fronteras, pero el marco diseñado para enfrentarla no lo hace (U.S. Department of the Treasury, 2024; U.S. Department of Justice, 2025). Dadas estas limitaciones, vale la pena precisar exactamente qué puede lograr el Escudo de manera realista dentro de sus fronteras operativas.

Arquitectura bilateral versus legitimidad multilateral

La forma más plausible a largo plazo del Escudo no es una verdadera institución multilateral de seguridad, sino una red de coordinación bilateral más formalizada, anclada por Estados Unidos. Las declaraciones de postura del SOUTHCOM desde 2024 enfatizan herramientas bilaterales, como los programas de Cooperación de Seguridad del Teatro (Theater Security Cooperation), el Financiamiento Militar Extranjero (Foreign Military Financing) y el programa de Educación y Entrenamiento Militar Internacional (International Military Education and Training), en lugar de la creación de una nueva institución regional (U.S. Southern Command, 2024, 2025). Analistas del Modern War Institute observaron igualmente que el lenguaje de postura del SOUTHCOM enfatiza las alianzas, al tiempo que refleja cada vez más un entorno estratégico más competitivo y basado en la presión (Modern War Institute at West Point, 2025).

Esta orientación bilateral tiene ventajas reales. Las relaciones bilaterales de Estados Unidos sobrevivieron al colapso de UNASUR y del TIAR precisamente porque no dependían del consenso regional. Programas como el National Guard State Partnership Program, la Caribbean Basin Security Initiative y el Western Hemisphere Institute for Security Cooperation continuaron construyendo relaciones militares duraderas entre fuerzas armadas incluso mientras las organizaciones regionales se debilitaban (Center for Strategic and International Studies, 2025). Sanders y Berg (2025) muestran de manera similar cómo las tensiones en torno al Canal de Panamá eventualmente abrieron nuevas oportunidades bilaterales de seguridad.

Pero el bilateralismo tiene límites. Puede fortalecer alianzas un Estado a la vez, pero no puede, por sí solo, generar los bienes públicos regionales que requiere la seguridad colectiva. La coordinación marítima, el intercambio de inteligencia entre jurisdicciones y la acción sostenida contra redes criminales transnacionales requieren cierto grado de confianza multilateral y distribución de responsabilidades. Feldmann y sus colegas (2021) sostienen que América Latina necesita urgentemente mecanismos regionales funcionales para enfrentar problemas que los instrumentos domésticos y bilaterales por sí solos no pueden gestionar. Sin ellos, la región permanece vulnerable a la inestabilidad de largo plazo.

Los críticos también cuestionan si el enfoque actual de Estados Unidos puede generar la confianza que dichos mecanismos requieren. La Washington Office on Latin America (2026) sostiene que la administración Trump ha sustituido con frecuencia la asociación por la coerción, utilizando presión económica y palancas diplomáticas para asegurar cooperación. Sus defensores responden que esta presión ha producido avances tangibles, incluidos nuevos acuerdos de seguridad y una mayor alineación entre gobiernos socios. Aun así, el problema de fondo sigue sin resolverse. Como argumentan Nolte y Weiffen (2021) desde una perspectiva comparada, las instituciones construidas sobre homogeneidad ideológica, en lugar de una convergencia operativa más amplia, tienden a ser frágiles. El Escudo aún no ha demostrado que pueda escapar de ese patrón.

En el análisis final, el Escudo de las Américas está construido sobre un diagnóstico estratégico sólido. El vacío de defensa en América Latina es real, actores adversarios lo están explotando y el compromiso bilateral por sí solo no ha proporcionado un marco regional suficiente. Estados Unidos conserva una capacidad de convocatoria inigualable, profundos recursos de seguridad y socios dispuestos entre gobiernos que comparten sus preocupaciones inmediatas. A corto plazo, es probable que el Escudo funcione como el principal mecanismo de coordinación liderado por Estados Unidos entre esos gobiernos en temas de crimen organizado, riesgos asociados a la infraestructura china y migración irregular.

Aun así, la evidencia sugiere que es poco probable que el Escudo reemplace a las instituciones de defensa colapsadas de América Latina como un auténtico marco sucesor de alcance hemisférico. Su selectividad ideológica excluye a Brasil, el Estado ancla indispensable de la región, y deja fuera de su alcance a varios de los gobiernos más estrechamente vinculados con las redes de seguridad chinas y rusas. China, meanwhile, continúa construyendo relaciones bilaterales, institucionales y subnacionales que ocupan precisamente los espacios a los que el Escudo no puede acceder. En este sentido, la iniciativa reproduce la falla que debilitó a UNASUR, el TIAR y PROSUR: sustituye amplitud institucional duradera por alineación política. Vale la pena precisar las condiciones bajo las cuales podría surgir un auténtico marco hemisférico de reemplazo, aunque ninguna de ellas exista actualmente.

Considero que un marco hemisférico de defensa requeriría al menos tres condiciones que actualmente no existen en el SOA: la participación activa de Brasil, mecanismos institucionales capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno y una oferta de seguridad y desarrollo lo suficientemente fuerte como para competir con los incentivos materiales de China en una región políticamente diversa. Hasta que esas condiciones se cumplan, la arquitectura de defensa de América Latina seguirá siendo fragmentada, disputada e inestable. El Escudo de las Américas puede convertirse en un instrumento importante del compromiso regional de Estados Unidos, pero es poco probable que sirva como un reemplazo duradero de lo que se ha perdido.

Análisis alternativo: el Escudo de las Américas como principal marco de seguridad hemisférica

Consideramos la alternativa de que el “Escudo de las Américas” probablemente reemplazará a las instituciones regionales de defensa colapsadas de América Latina como el principal marco para la cooperación en seguridad hemisférica”. Esta alternativa es plausible porque la arquitectura de defensa previa de América Latina (UNASUR, el TIAR y PROSUR) se ha fracturado más allá de toda reparación, dejando un vacío institucional genuino que el Escudo fue diseñado explícitamente para llenar. Si esta alternativa fuera cierta, entonces Estados Unidos habría tenido éxito allí donde los marcos anteriores fracasaron repetidamente, construyendo una institución de seguridad hemisférica lo suficientemente duradera como para sobrevivir a los ciclos ideológicos que destruyeron a sus predecesoras. Si esto ocurriera, esperaríamos ver a Brasil recalibrar su histórica postura de autonomía estratégica y avanzar hacia alguna forma de compromiso con el Escudo, ya sea mediante arreglos bilaterales, estatus de observador o cooperación específica frente a amenazas.

Recomendación

Para que el Escudo se convierta en un marco hemisférico duradero, requeriría una inclusión política más amplia, especialmente la participación de Brasil, una mayor resiliencia institucional a través de los ciclos electorales y una estrategia regional competitiva en materia de seguridad y desarrollo.

Conclusión

El Escudo de las Américas puede convertirse en un importante mecanismo de coordinación liderado por Estados Unidos, pero es poco probable que evolucione hacia una arquitectura de seguridad duradera y de alcance hemisférico. Sin una legitimidad más amplia y mayor profundidad institucional, es probable que la cooperación regional en defensa continúe siendo fragmentada y disputada.

Nivel de confianza de MSI²

MSI² evalúa este artículo con un nivel de confianza moderado, basado en fuentes generalmente creíbles y confiables. Esta evaluación se sustenta en la combinación de documentos oficiales del gobierno de Estados Unidos, informes del Congreso, investigaciones académicas sobre regionalismo y análisis de importantes centros de pensamiento. El artículo utiliza estas fuentes para respaldar tres funciones probatorias distintas: documentar el colapso de instituciones regionales de defensa previas, explicar la lógica estratégica detrás del Escudo de las Américas y evaluar las presiones competitivas generadas por la creciente participación de China y Rusia en América Latina.

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Autor

Jaime González es un veterano profesional de inteligencia y oficial militar con más de 40 años de servicio en el Ejército de los Estados Unidos y en la Comunidad de Inteligencia. Ha liderado operaciones de inteligencia, análisis antidrogas y evaluaciones estratégicas de amenazas, contribuyendo a la formulación de políticas de seguridad nacional y al desarrollo de futuras generaciones de líderes. Se desempeñó como Agregado Militar de Estados Unidos en América Latina, como Provost Marshal en Alemania y posteriormente como Oficial Superior de Inteligencia, supervisando operaciones HUMINT y análisis clave de defensa. Reconocido experto en el oficio de inteligencia (intelligence tradecraft), ha desarrollado programas de capacitación, redactado publicaciones clasificadas y recibido múltiples reconocimientos nacionales de inteligencia por sus contribuciones. Como Oficial Superior de Inteligencia, dirigió esfuerzos analíticos que contribuyeron a la toma de decisiones en materia de seguridad nacional y sirvió con distinción en múltiples cargos de alto nivel dentro de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA), incluido el de Jefe de Análisis de Fuerzas Militares. El desempeño sobresaliente de González le ha valido numerosos reconocimientos militares y civiles, entre ellos el Premio Negus de la DIA a la Excelencia Analítica Sobresaliente, tres Premios de Equipo Nacional de Inteligencia de la ODNI y el Premio de Inteligencia del Consejo Nacional de Inteligencia.

Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com

Las opiniones expresadas por Jaime González, actual contratista del gobierno de los Estados Unidos, son exclusivamente suyas y no reflejan necesariamente las posiciones oficiales de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA), el Departamento de Seguridad Nacional (DHS), la Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI) ni del Gobierno de los Estados Unidos.

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