MIAMI. - El 24 de febrero de 1996, la Fuerza Aérea del régimen cubano derribó en aguas internacionales dos avionetas civiles de la organización humanitaria Hermanos al Rescate, en un ataque que provocó la muerte de cuatro pilotos voluntarios. Entre ellos se encontraba Carlos Alberto Costa, quien tenía apenas 29 años.
30 años sin Carlos, pero su legado sigue vivo
Mirta Méndez recuerda la vocación de servicio de su hermano Carlos Costa, asesinado por el régimen de Cuba durante un vuelo humanitario de Hermanos al Rescate
Hermanos al Rescate había surgido como respuesta a una crisis: miles de cubanos arriesgaban sus vidas cruzando el estrecho de la Florida en balsas improvisadas para huir de la dictadura castrista. La organización se convirtió en un símbolo de solidaridad para localizar embarcaciones en peligro y salvar vidas en el mar.
El ataque contra las avionetas generó una fuerte condena internacional y reforzó las denuncias contra el régimen cubano. Varias investigaciones concluyeron que el derribo ocurrió en aguas internacionales, lo que constituyó una grave violación del derecho internacional y dejó una herida duradera en la memoria del exilio.
“Falta Carlos”
Nacido en Estados Unidos en 1966 y residente en Miami, Costa desarrolló desde joven un profundo interés por la aviación. Se graduó como licenciado en la Universidad Aeronáutica Embry-Riddle y trabajaba como especialista en entrenamiento en el Departamento de Aviación del condado Miami-Dade, donde proyectaba una carrera orientada a la supervisión de operaciones aeroportuarias.
Su participación en las misiones humanitarias de Hermanos al Rescate reflejaba no solo su vocación profesional, sino también un compromiso con la causa de los cubanos que huían de la isla en condiciones extremas.
Tres décadas después del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, la historia de Carlos Costa es una lección de humanidad, compromiso con la vida y defensa de la libertad de Cuba, pues encarnaba ese espíritu de servicio. Su participación respondía a la convicción de que cada balsero rescatado representaba una afirmación moral.
Tres décadas después, la ausencia de Carlos Costa sigue marcando profundamente a su familia. El testimonio de su hermana, Mirta Méndez, revela la dimensión humana de una pérdida que sigue marcando a sus seres queridos y al exilio cubano.
Méndez describe una pérdida que el tiempo no ha logrado borrar:
“En todas las cosas, siempre está faltando. ¿Qué hubiera sido de su vida? No lo sabemos. Él tenía veintinueve años. No estaba casado; no tenía hijos. Mis hijos no tienen primos”.
Ante la pregunta que más hiere, sobre cómo asume ese duelo que se extiende en el tiempo, pero no se olvida, responde:
“No, no hay manera de explicarlo. Siempre falta. Lo que pasa es que el tiempo te ayuda a sanar un poco, pero no a olvidar. Nunca”.
Más allá de su vocación profesional y su compromiso humanitario, su hermana recuerda a un joven muy familiar, con gran sentido del humor, juguetón y cercano a sus seres queridos.
“A él siempre le gustaba estar con la familia; le gustaba llamar por teléfono a los muchachos, precisamente a los más chiquitos, y hacerse pasar por Santa Claus, por otras personas. Y también le gustaba esconderse detrás de la cortina de la ducha, para cuando entrara alguien al baño, asustarlo. Le encantaba hacer ‘maldades’, jugar. Era como un niño; era un muchacho también, aunque les llevara unos cuantos años a mis hijos”.
“Yo siempre tenía que estar regañándolos: ‘no, no, no, muchachos, dejen eso’. Él era así y siempre estaba repartiendo alegría en la familia. También a sus amistades: tenía un círculo de amistades muy, muy especial para él. Él vivía esa vida”, sumó.
La memoria es un acto de justicia
El ingreso de Carlos a Hermanos al Rescate estuvo vinculado a su desarrollo profesional como piloto, pero, sobre todo, a una labor de ayuda humanitaria.
“Él siempre lo veía desde el punto de vista de que estaba salvando vidas. Él entró en Hermanos al Rescate para hacer horas de vuelo porque se había graduado de Embry-Riddle. Se había hecho piloto, pero necesitaba las horas”, recordó.
Y agregó: “A nosotros no nos gustaba que estuviera volando. No. Porque las avionetas esas eran chiquitas y era un peligro, como quiera que lo veas. Nunca pensamos que los iban a fusilar de esa forma. O de ninguna forma”.
La tragedia dejó una huella profunda en sus padres y en todo su entorno familiar.
“Bueno, imagínate, mis padres… Era su único varón y su hijo más chiquito; yo le llevo diez años, así que ese era el bebito. Mis padres nunca volvieron a ser los mismos. Yo tenía 39 años y nunca había visto a mi padre llorar hasta esa mañana del día después, del día veinticinco. Nunca había visto a mi padre llorar hasta ese día”, apuntó.
“Todo el mundo, todos lo recordamos, mis hijos, todos respetamos su memoria y a él como persona”.
Cada aniversario del derribo se convierte en un momento de encuentro, recuerdo y homenaje para las familias de las víctimas.
“Él siempre es recordado. En todo momento. Todos son recordados siempre. Tratamos de irnos las cuatro familias y de hacer las cosas que hacemos normalmente. El 24 vamos a FIU, vamos a Opa Locka, ponemos flores, nos vemos. Más bien es vernos y compartir y recordar”.
La memoria de los pilotos de Hermanos al Rescate continúa siendo un referente para el exilio cubano. Su muerte representa no solo una tragedia histórica, sino también un símbolo de sacrificio y de lucha por la libertad.
Como tantos cubanos dentro y fuera de la isla, la familia de Costa mantiene la esperanza de que su entrega y la de quienes han perdido la vida en defensa de esos ideales encuentren finalmente su significado en una Cuba libre, como homenaje a quienes no pudieron verla.
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