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PRISIÓN Y EXILIO

Muere Julián Oliva Cuéllar, considerado el último líder vivo de la rebelión del Escambray

Conocido como “Yaguajay”, padeció casi siete años de cárcel, escapó de Manacas en 1967 y dejó por escrito la historia de aquella insurgencia.

Por CARLOS ARMANDO CABRERA

MIAMI.- Julián Oliva Cuéllar, protagonista de la rebelión armada anticomunista del Escambray y considerado el último de sus líderes que permanecía con vida, murió el 24 de agosto en Miami a los 95 años, confirmó su familia a DIARIO LAS AMÉRICAS.

Su fallecimiento cierra una página del enfrentamiento al sistema instaurado por Fidel Castro, marcada por el combate en las montañas, el presidio político, una arriesgada fuga y décadas dedicadas a reivindicar a quienes participaron en aquella resistencia.

Nacido el 28 de enero de 1931 en Meneses, municipio de Yaguajay, en la antigua provincia de Las Villas, recibió entre sus compañeros el sobrenombre de “Yaguajay”. Alcanzó el grado de primer teniente y asumió responsabilidades como jefe de guerrilla.

Documentos relacionados con los procesos contra los insurgentes lo sitúan entre los hombres que integraron los grupos armados que operaron en el centro de la isla a comienzos de la década de 1960.

El levantamiento del Escambray reunió a campesinos, antiguos combatientes contra la dictadura de Fulgencio Batista y opositores que rechazaron el rumbo comunista adoptado por la revolución. Desde las montañas de la región central enfrentaron un despliegue militar de grandes proporciones ordenado por el Gobierno para sofocar la sublevación.

La campaña fue denominada oficialmente “Lucha contra Bandidos”, expresión empleada durante décadas para desacreditar a sus integrantes. Para sus protagonistas y buena parte del exilio, representó una respuesta al establecimiento de un modelo totalitario, las confiscaciones y la supresión de las libertades.

Oliva Cuéllar fue capturado en 1960, cuando tenía 29 años. Desde entonces permaneció casi siete años en prisiones del régimen cubano, hasta que logró escapar de la Alambrada de Manacas a mediados de noviembre de 1967.

En ese centro penitenciario, los llamados “plantados” (presos políticos que se negaban a aceptar los programas de rehabilitación ideológica), estaban separados mediante una cerca de quienes accedían a realizar labores fuera del recinto. Según el relato conservado por sus familiares, una madrugada saltó la división y consiguió mezclarse con los reclusos que saldrían a trabajar.

Ese día participó en la siembra de boniatos. Al concluir la jornada, algunos compañeros lo ayudaron a esconderse debajo de los bejucos recogidos en el campo. Cuando quedó solo, abandonó el lugar y caminó hasta El Panqué de Manacas, un establecimiento situado junto a la Carretera Central.

Allí bebió una cerveza que, según contaría años después, llegó a marearlo porque llevaba mucho tiempo sin probarla. También compró un sombrero a un viajero y lo utilizó para cubrirse el rostro durante el trayecto hasta Santa Clara.

Desde esa ciudad abordó el último ómnibus con destino a Morón, conocido popularmente como “la Moronera”. En el vehículo reconoció a una mujer de Meneses, por lo que se caló la prenda y ocupó uno de los asientos traseros hasta arribar a Yaguajay cerca de la medianoche.

Ya en el pueblo, buscó al médico Rojas, quien atendía a su padre y conservaba cierto margen de movimiento ante las autoridades de la época. Al regresar a la calle, sin saber todavía qué rumbo tomar, escuchó aproximarse un automóvil y pensó que lo habían descubierto. Era el doctor, que volvía de visitar a sus pacientes y le pidió que subiera rápidamente.

Rojas lo condujo hasta una finca en la carretera de Meneses y lo ocultó en un cañaveral. Allí permaneció alrededor de una semana mientras una reducida red de colaboradores le llevaba comida y agua, además de organizar su salida del país.

La operación se desarrolló bajo una estrecha vigilancia. La vivienda de sus padres estuvo cercada durante semanas por hombres armados, pero las visitas habituales del médico para atender a su progenitor, quien murió en 1970, evitaron despertar sospechas.

Finalmente, sus colaboradores consiguieron trasladarlo hasta Seibabo y sacarlo de Cuba. Cada noche escuchaban transmisiones radiales procedentes del exterior, hasta que recibieron la noticia de que había llegado a salvo. En diciembre de 1967 arribó a Estados Unidos y comenzó una nueva etapa en el exilio.

Otros comandantes continuaron combatiendo después de la captura de “Yaguajay”. Por esa razón, su identificación como el último líder vivo no significa que hubiera sido el jefe final sobre el terreno, sino que era el sobreviviente de aquella generación de dirigentes insurgentes.

La cárcel y la salida forzada de su tierra natal no consiguieron apartarlo de las experiencias que marcaron su juventud. En Miami reconstruyó su camino rodeado por el afecto de parientes y amigos, sin renunciar a sus convicciones ni al vínculo con sus raíces.

También dejó testimonios escritos sobre la resistencia anticomunista, el encierro y el destierro. A través de esos textos procuró preservar una versión de los acontecimientos distinta de la difundida durante años por el discurso oficial.

Quienes lo conocieron lo describen como un hombre cercano, generoso, leal y profundamente querido. Su legado trasciende el rango que ocupó en la guerrilla: comprende el recorrido de un joven que tomó las armas contra el comunismo, soportó años de prisión, arriesgó la vida para recobrar la libertad y dejó constancia de un capítulo que el discurso oficial intentó desfigurar.

A Julián Oliva Cuéllar le sobreviven su hermana Gisela y su hermano Ulpiano, además de otros seres queridos. La causa del fallecimiento no fue divulgada.

El velorio tendrá lugar el lunes 31 de agosto, de 4:00 p.m. a 10:00 p.m., en Memorial Plan Funeral Homes & Cemeteries, ubicado en 9800 SW 24th St., Miami. El entierro se realizará el martes 1 de septiembre, a las 10:00 a.m., en Graceland Memorial Park North.

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