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DISIDENCIA

VIDEO: Venezolano mutilado en protesta llama a unidad contra el régimen

César Rangel, que perdió un ojo y una mano en una manifestación, lanza un reclamo a quienes les dan la espalda a las protestas.

MIAMI.- JOSÉ PERNALETE

jpernalete@diariolasamericas.com

@jpernalete

La represión del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela ha dejado huellas imborrables en jóvenes que incluso debieron dejar atrás  a sus seres queridos en su país lograr la libertad perdida en manos del régimen bolivariano.

El testimonio de César Rangel, quien se ganaba la vida como trabajador del transporte público en Venezuela, resultó acorralado por policías y civiles armados en medio de una acción represiva contra una protesta de la oposición en San Cristóbal, estado Táchira, en abril de 2014.

Este padre de familia radica actualmente en la ciudad de Naples, a más de 120 millas de Miami en casa de un familiar. Junto a su esposa y sus dos hijos trata de reconstruir su vida, mutilada por la intolerancia al reclamo de libertades civiles, garantía secuestrada por el empeño de llevar el rumbo de un país hacia la aniquilación de la disidencia. 

Los recuerdos de lo sucedido la tarde del 7 de abril de 2014 aún resultan confusos para César, residente del popular Barrio Sucre, localidad que se destacó por esos días por una fuerte resistencia y desobediencia civil, amparada en el artículo 350 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

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Antes de poder comprar una hamburguesa, el conductor se sorprendió del cierre del establecimiento de venta de comidas. “Después de comprarla, me iba a cambiar la ropa del trabajo para unirme a la protesta, como tantas veces lo hice” recordó, en entrevista para DIARIO LAS AMÉRICAS.

Ante el arribo sorpresivo de agentes de la Policía Nacional Bolivariana y desconocidos civiles, todos armados, en motos y con cascos, debió correr para salvarse de las fuertes detonaciones de disparos de perdigón, bombas lacrimógenas y otros dispositivos aventados hacia los manifestantes y transeúntes.

Nunca pensó que una barricada levantada por los opositores en rebelión se convertiría en el obstáculo que le impediría la huida del ataque represor.

“Estaba cerca de mi casa, acorralado y sólo vi que me venía encima algo que parecía una piedra […] yo me cubrí con la mano y luego escuché la explosión que me tiró al piso, mi reacción fue cubrirme con el brazo izquierdo, menos mal”, descripción en detalle de algo que transcurrió en segundos.

El tiempo transcurrido posteriormente asoma la intervención de una mujer quien le aplicó un torniquete en la extremidad diestra, ya cercenada por la explosión.

La memoria de César recapitula el instante en que recobró el conocimiento en el centro médico hacia donde fue trasladado. “Cuando me despierto, me vi el brazo vendado y el doctor que me atendió me dijo que no pudieron salvarme el ojo derecho ni la mano […] al entenderlo, me dije que ahora estoy tuerto y mocho”, comentó con palabras entrecortadas.

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Además de esta acción que permanece impune por los organismos judiciales de su país, la recuperación del trabajador debió enfrentarse con al menos dos allanamientos que se practicaron en su vivienda por parte de investigadores de la policía científica venezolana, cuyos funcionarios hasta trataron de extorsionarlo, exigiéndole que vendiera su vehículo de transporte público.

También el despliegue informativo de un medio local expuso su caso pero con datos imprecisos que juicio de Rangel, tergiversaban la evidencia de manera sospechosa. La publicación digital del diario La Nación generó comentarios ofensivos entre los foristas, abiertamente identificados con el gobierno nacional.

Estas circunstancias obligaron a César y a su familia a tomar la decisión de salir de su tierra natal, a través del límite fronterizo con Colombia. En esa nación logró verse al espejo con alivio cuando pudo colocarse la prótesis ocular que disimula el vacío perenne en su rostro, herida que no deja de generar lágrimas de impotencia.

Una nueva vida

Ya en Estados Unidos, el hogar que les abrió las puertas a César y a su familia representa la oportunidad de conseguir la reconstrucción de una vida violentada por resistir los abusos gubernamentales. Su esposa, Melissa Sayago, no olvida la fortaleza que debió tener mientras acompañaba a su pareja de hace 16 años, en la clínica donde pasó siete días hospitalizado, luego del ataque.

“Yo lloraba en silencio, yo todos los días estaba al frente de él y cuando llegaba alguien salía y me desahogaba, luego me tranquilizaba y entraba […] no quise demostrarle lo que sentía para que no se pusiera peor, yo trataba de hacerlo sentir fuerte”, confesó.

Sin estatus legal en EEUU, estos luchadores sortean las posibilidades de poder mantenerse en un mercado laboral regido por limitaciones migratorias que deben respetar.

Sin embargo, mientras es analizada su petición de asilo por persecución política, no han faltado las organizaciones activistas que velan por venezolanos en desventaja.

Aunque por ahora residen lejos del Condado de Miami-Dade, las distancias se acortan entre el apoyo de samaritanos sin intereses y esta familia víctima de la tiranía.

Más de un año ha transcurrido de ese evento, pese a las huellas permanentes y obstáculos temporales, César no se arrepiente de haber apoyado a los estudiantes tachirenses que mantuvieron la fuerza de aguante ante una desventaja institucionalizada por la ausencia de autonomía de poderes públicos.

“Si estuviera allá, estuviera protestando, animando a la gente, no podemos dejar que el gobierno siga humillándonos […] Los venezolanos tenemos que ser más unidos contra el régimen, si fuéramos más unidos, si todos fuéramos así, yo creo que eso ya hubiera sido historia”, sentenció.

Este hombre de 33 años, hizo un reclamo a quienes les dan la espalda a las protestas en las calles y asegura que él fue blanco de críticas de vecinos que le señalaban estar pendiendo el tiempo al reclamar por la libertad perdida, a “esos mismo los veía protestando en colas inhumanas para comprar la comida del día”.

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