LA HABANA.- IVÁN GARCÍA
Especial
La Habana a los pies del Sumo Pontífice
Durante el recorrido de Francisco en el papamóvil la Policía polític cubana evitó su encuentro con quienes afectaran la imagen del régimen
Gerardo no es disidente, ni siquiera un devoto católico. Vive en un barrio marginal en las afueras de La Habana, en un cobertizo con techo de fibrocemento y puede hacer una sola comida caliente al día.
Está cansado de todo. “Ya no aguanto una muela más. Desde hace 56 años hablan en nombre de los pobres, pero cada día más cubanos somos pobres”, dice Gerardo.
A pesar de su estado de ánimo, fue a la Plaza de la Revolución, a ver la misa del Papa. Como solución a su frustración, Gerardo llevó una pancarta que decía: CUBA DEBE ABRIRSE A LOS CUBANOS. A menos de cincuenta metros, una anciana delgada tenía un cartel pidiéndole al Papa que ella necesitaba una vivienda digna.
Probablemente Su Santidad ni se enteró. Unos corpulentos tipos, a todas luces de la policía política, amablemente le susurraron a la señora que no era el momento ni el lugar adecuado para ese tipo de quejas.
La autocracia verde olivo ha sido muy hábil para apropiarse de eventos importantes y reprimir las voces disidentes. Son extraordinariamente eficientes en montar un panorama virtual alrededor de mandatarios y personalidades que visitan la Isla.
Desde que el avión del Papa Francisco aterrizó a las 4 de la tarde del sábado 19 de septiembre en el Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana, se activó el tradicional operativo que no deja nada al azar.
Las calles por donde circuló el Papamóvil, urgentemente asfaltadas y las fachadas retocadas con pinturas baratas, intentaban maquillar una ciudad que ha perdido su encanto y en la cual el 50% de sus edificaciones piden a gritos reparaciones a fondo.
Cuando Fidel Castro llegó al poder en 1959, el Gobierno se convirtió en especialista en armar escenografías tan perfectas que a un hombre tan inteligente como el argentino Bergoglio le costará tragarse.
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El Sumo Pontífice no lo vio, pero después le informarían que más de 50 opositores fueron detenidos en la capital para impedir que asistieran a la misa. Y a tres opositoras pacíficas, Miriam Leyva, Martha Beatriz Roque y Berta Soler, en un acto de soberbia y descortesía hacia el Vaticano, la Seguridad del Estado les impidió llegar a un encuentro en la Nunciatura Apostólica, en el barrio Miramar, invitadas por el Vaticano.
“Cada día el régimen actúa de manera más violenta escudado en el silencio de la prensa extranjera, la iglesia católica y su componenda con Estados Unidos y la Unión Europea”, dice Berta Soler, líder de las Damas de Blanco.
Para los cubanos de a pie, el viaje del Santo Padre es más de lo mismo. Ni por asomo ha despertado la expectación de las cuatro misas efectuadas en enero de 1998 por Juan Pablo II.
“Las visitas de Benedicto XVI y Francisco sobran. Si el Papa vino por haber sido mediador en las negociaciones entre Estados Unidos y Cuba, lo entiendo. Pero volver a ofrecer homilías y dar discursos me parece cansino. La indiferencia de los cubanos es producto de tantos teques (discursos) que no llevan a ninguna parte”, apunta Sergio, católico practicante desilusionado por los tejemanejes del Vaticano, la iglesia local y el régimen.
La mitad de las personas con las cuales conversé durante la misa del Papa en la Plaza de la Revolución fueron convocadas por sus empresas. “Yo ni siquiera soy católico. Pero trabajo en un hotel cinco estrellas y no quiero marcarme como un tipo conflictivo. Los problemas de Cuba no los van a resolver ni Obama ni el Papa y menos los Castro. Los tendremos que resolver nosotros, los cubanos. Lo mejor es dejar solos a estos viejos y marcharse pal’ carajo”, expresa un señor de barba incipiente que prefirió el anonimato.
Mientras cientos de devotos, extranjeros y cubanos, rezaban y oraban durante la eucaristía, otros miraban con asombro la liturgia y ojeaban el reloj, prestos a marcharse.
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Los espacios vacíos en la Plaza eran visibles. Según un organizador de las movilizaciones, al recibimiento del Papa el 19 de septiembre, alrededor de 100.000 personas se congregaron en las calles por donde pasó.
“Ahora me parece que a la misa han venido menos personas. Era fin de semana, las mujeres tienen que lavar y atender las cosas de la casa. Quizás por esa razón no asistieron tantas personas”, señala.
Cuando usted indaga entre los habaneros, el registro de respuesta va desde los indiferentes, los que creen que la visita papal resulta positiva a personas disgustadas por las molestias que ocasionan estos eventos.
“Desde el sábado en la noche, en la capital no circulan ómnibus del transporte público. El Gobierno paralizó el servicio y lo ha obligado a uno a quedarse en la casa viendo la televisión. No fui a la misa porque ni el Papa ni el Gobierno van resolver mis problemas", acota Fermín, trabajador por cuenta propia.
El régimen planifica al detalle cada paso protocolar de sus visitantes distinguidos. También la represión hacia aquéllos que piensan diferente.
Lástima que desde el Papamóvil, todo parezca perfecto en La Habana.
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