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OPINIÓN

La patria portátil (segunda parte)

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

En la primera parte vimos el veneno. El exilio iraní, con millones de personas huyendo de la teocracia desde 1979, quedó bajo los reflectores del mundo cuando la guerra de 2026 puso el cambio de régimen sobre la mesa, y mostró un espectáculo desolador donde todos acusan a todos de trabajar para el régimen. Vimos que la sospecha tiene una base real, porque Teherán caza, infiltra y difama a sus exiliados desde hace décadas, pero que su verdadero motor es económico porque cada espía verdadero descubierto vuelve creíbles mil acusaciones falsas, y la competencia por el escaso prestigio del exilio las multiplica gratis. Y llegamos al mecanismo universal donde un tribunal es una máquina de fabricar finales, y en el exilio ese mecanismo no existe. Por lo tanto, la sospecha, que en un país se procesa, en el exilio se acumula. Por eso tantos destierros políticos murieron devorados por sus propias denuncias; pero uno duró 2.000 años.

El exilio judío no sobrevivió por la armonía ya que las peleas fueron infinitas. Por caso, corrientes religiosas rivales llegaron a denunciarse mutuamente ante la policía del zar de Rusia. La comunidad de Ámsterdam expulsó a su hijo más brillante, el filósofo Baruj Spinoza, por hereje. Y en Buenos Aires la comunidad libró una guerra de décadas contra una mafia de proxenetas judíos, la Zwi Migdal, que traficaba mujeres desde Europa oriental y les cerró las sinagogas, los teatros y hasta el cementerio, convirtiéndolos en apestados dentro de su propio pueblo, y colaboró en la entrega a la justicia argentina. El secreto no fue la paz, sino otra cosa porque los judíos se llevaron los tribunales consigo.

Cada comunidad del exilio, por pobre que fuera, mantuvo instituciones de arbitraje, autoridad y sanción con cortes rabínicas juzgando pleitos comerciales, familiares y morales, escuelas que formaban a los jueces siguientes, y el castigo supremo, el jérem, la exclusión formal del condenado. Esas instituciones cambiaron de forma y de poder según el siglo y el lugar, pero cumplieron siempre la misma función, la acusación tenía un lugar adónde ir. El poeta alemán Heinrich Heine lo resumió en una imagen: la patria portátil; es decir, un pueblo que no podía cargar su tierra cargó su ley. La diferencia con el exilio iraní no está en la cantidad de conflictos sino en la existencia de un juez. Un exilio con tribunal metaboliza la sospecha en lugar de acumularla hasta envenenarse.

Por otra parte, los judíos no competían por el poder de ningún Estado; sólo querían conservar, no gobernar. Y la custodia une, porque la identidad alcanza para todos, mientras que el poder divide puesto que el trono es uno solo. Por otra parte, la identidad admite muchos custodios. La diáspora iraní es las dos cosas a la vez, comunidad y aspirante a gobierno. La corrosión vive casi entera en su mitad política con la cohesión cultural de la lengua, la poesía y la cocina persa firme mientras la cohesión política está rota. La comparación con el exilio judío no es entonces una vara para medir a los iraníes sino un laboratorio para aislar la variable, lo que se conserva con instituciones y lo que se pudre sin ellas.

Ese exilio tuvo además una ventaja que ningún otro pueblo conoció, un ensayo general. En el siglo VI antes de la era común, el imperio babilónico destruyó Jerusalén y deportó a su élite a Babilonia. Fue el primer destierro del que un pueblo guardó memoria escrita y manual de uso, y duró unas décadas. Allí tomó forma todo lo que vendría, la sinagoga, un templo sin templo; la plegaria en lugar del sacrificio; el texto como territorio. También se escribió el salmo del desterrado, si te olvido, Jerusalén, que se seque mi mano derecha. Y allí ocurrió algo único cuando los exiliados recibieron instrucciones por escrito. El profeta Jeremías mandó desde Jerusalén una carta a los deportados ordenándoles que construyan casas, planten huertos, casen a sus hijos y procuren la paz de la ciudad adonde los llevaron. La carta encierra una enseñanza que parece contradictoria, para no desaparecer en el exilio hay que instalarse en él. El desterrado que vive con las valijas hechas, provisorio durante generaciones, se disuelve. Por otra parte, el que construye una casa en Babilonia puede conservar Jerusalén. Aquel primer destierro terminó con un regreso, y el rey que lo permitió fue Ciro el Grande, un persa, un antepasado del Irán actual. Los monárquicos iraníes peregrinan hoy a la tumba de Ciro para invocar la gloria perdida de Persia, sin advertir que Ciro pasó a la historia también por clausurar con un regreso el destierro de otro pueblo. Cuando más de seis siglos después Roma destruyó el segundo Templo, los judíos sacaron el prototipo babilónico del cajón. Un sabio le pidió al conquistador romano una sola cosa a cambio del Estado perdido: una escuela. Roma se quedó con el país; los judíos se quedaron con la ley. El ensayo se volvió sistema, y este aguantó 2.000 años. El exilio iraní, en cambio, es el primero y no tiene ensayo previo, manual o memoria de ningún regreso. Va por el año 50 de un examen que otros rindieron durante 20 siglos.

La misma regularidad aparece, con imperfecciones, en otras diásporas. Los armenios, dispersados por el genocidio de 1915, llevaron consigo su iglesia milenaria, sus escuelas, su prensa y sus sociedades de beneficencia, y más de 100 años después son una diáspora cohesionada. Los tibetanos llevaron a su líder espiritual y armaron un gobierno en el exilio con elecciones propias, y duran. El contraste más limpio, sin embargo, no lo dan los pueblos milenarios sino los rusos blancos, la aristocracia y los funcionarios que huyeron de la revolución bolchevique, porque comparten con los iraníes las tres variables: un régimen que infiltra, un exilio político y una competencia feroz por representar la alternativa. Tuvieron organizaciones, pero casi todas políticas, es decir, rivales entre sí y no llevaron a ningún juez común. Y la policía secreta soviética les aplicó en los años 20 la jugada que anticipó todo lo que hoy hace Irán, fabricó una organización opositora entera, con nombre, jerarquías y heroísmo de utilería, que durante seis años funcionó como el gran imán del exilio. Los emigrados más audaces que volvieron a Rusia convocados por esa resistencia fantasma fueron arrestados y fusilados. Los que se quedaron afuera aprendieron la lección que el operativo quería enseñar, cualquier compañero de lucha podía ser un agente. La emigración blanca se pudrió en la sospecha y se disolvió en una generación. Por lo tanto, sobrevive el exilio que carga instituciones independientes de la política y se diluye el que solo carga la causa.

El futuro agrega un actor nuevo, y conviene anotarlo, aunque sea como una gota. La inteligencia artificial entrará en la historia de los exilios como ingresa en todas las demás, y su efecto será doble y simultáneo porque abarata el juicio y simplifica la falsificación de las pruebas. Podrá verificar una biografía y fabricar 1.000 historias falsas de vida; también rastreará el origen de una difamación y producirá versiones indistinguibles de la verdad. Veremos a los exiliados discutiendo por medio de sus máquinas, un algoritmo contra otro, cada uno defendiendo la honra de su dueño. El destino de los exilios futuros dependerá de cuál de los dos costos baje más rápido, el de cerrar una acusación o el de inventarla.

Mientras tanto, el régimen iraní disfruta de un logro notable porque gobierna por medio de la duda a millones de personas viviendo fuera de su alcance. No las vigila a todas; no le hace falta ya que la duda cumple sola su función última, y la descubrí en carne propia: vuelve inaudible al exilio. Yo perdí una fuente; el mundo perdió millones de testigos. Solo los volverá a escuchar el día que ese país fantasma encuentre lo que otros desterrados llevaron puesto, una patria portátil, con sus jueces adentro.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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