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OPINIÓN

Dependencia secreta: ¿Sobreviría Europa sin EE.UU.?

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

Europa depende de Estados Unidos para su defensa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La creación de la OTAN en 1949 estableció un marco de seguridad colectiva, con Washington como su pilar fundamental. Sin embargo, con el mundo en un proceso de transición hacia un orden multipolar y la llegada de líderes como Donald Trump, cuestionando la utilidad de la OTAN y exigiendo a Europa que asuma su propia defensa, se abrió un debate crucial: ¿puede Europa defenderse sola?

La respuesta no es sencilla. A primera vista, la Unión Europea tiene una población mayor que Rusia y un PIB muy superior. Su gasto militar total supera el de Moscú, y sus fuerzas armadas, en términos numéricos, son comparables. Pero el problema no es simplemente presupuestario o de personal. La cuestión central radica en la capacidad de Europa para sostener un esfuerzo bélico prolongado sin la infraestructura militar-industrial de Estados Unidos.

Desde el fin de la Guerra Fría, Europa redujo su gasto en defensa y desmanteló parte de su industria armamentística. Entre tanto, Estados Unidos mantuvo una estructura capaz de fabricar en masa aviones, tanques, misiles y sistemas avanzados de comunicación. Así, los países europeos externalizan su seguridad a Washington. La guerra en Ucrania expuso esta vulnerabilidad: el envío de ayuda militar a Kiev dejó a Europa con arsenales debilitados que tardarán años en reponerse. Rusia incrementó su producción de tanques, artillería y drones, al tiempo que Europa lucha por fabricar municiones básicas en cantidades suficientes.

Un ejemplo es la producción de armamento pesado. Estados Unidos produce miles de tanques y vehículos blindados en pocos años gracias a su industria de defensa consolidada. Rusia, a pesar de las sanciones, aumentó su fabricación de drones y misiles.

En contraste, Europa no cuenta con una infraestructura comparable. Empresas como Rheinmetall en Alemania o Nexter en Francia tienen capacidad limitada y en ciertos casos dependen de cadenas de suministro globalizadas. La falta de producción local de ciertos componentes críticos, como chips avanzados y sistemas electrónicos para misiles, también representa un obstáculo.

Otro problema es la integración militar. A diferencia de Estados Unidos, que tiene una estructura de mando unificada, Europa está fragmentada en múltiples ejércitos nacionales con doctrinas, equipos y estrategias diferentes. Coordinar una respuesta conjunta ante una amenaza sin la presencia de EE.UU. sería un desafío enorme, agravado por diferencias políticas entre los países miembros.

Si Trump o cualquier otro líder estadounidense decidiera retirar el apoyo militar a Europa, el continente enfrentaría dos opciones: aumentar masivamente su gasto en defensa o resignarse a una posición de vulnerabilidad estratégica. Pero incluso si Europa duplicara su presupuesto militar, eso no resolvería el problema de fondo: la ausencia de una industria militar capaz de sostener un conflicto prolongado. La fabricación de armamento no se improvisa; requiere décadas de inversión, desarrollo tecnológico y capacidad logística. Y en este punto, Europa está en una posición de desventaja casi insalvable.

En última instancia, el problema de la defensa europea es una cuestión sobre la estructura militar-industrial que Estados Unidos construyó durante casi un siglo. Sin esa capacidad, la autonomía defensiva de Europa es una ilusión difícil de materializar.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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