OPINIÓN

Después del tsunami

La paliza electoral que sufrieron los republicanos, el mecanismo de corrección estadounidense y la oportunidad venezolana

Por Jesús A Riera S

Los tsunamis no nacen cuando la ola toca la costa. Para entonces, la energía llevaba tiempo acumulándose debajo de la superficie y las señales estaban allí para quienes supieron observarlas.

Al momento de escribir esto, los demócratas ya tienen asegurados más de 54 escaños en el Senado y una amplia mayoría en la Cámara. Ganaron en Texas, Kansas y Carolina del Sur; penetraron territorios que Trump había conquistado cómodamente dos años antes; y recuperaron una parte importante del voto joven e hispano que los republicanos creían haber realineado de manera permanente.

La derrota no fue una ola. Fue un verdadero tsunami. Los votantes americanos son bastante parecidos a los consumidores de cualquier producto. Pueden ser leales a una marca y defenderla con pasión. Pero si el producto falla y la compañía no escucha, prueban otro. No siempre es una conversión ideológica. A veces es simplemente la manera de despedir al proveedor.

Eso fue lo que ocurrió el martes. Ahora conviene entender por qué, qué viene después y, sobre todo, dónde deja todo esto a Venezuela.

La ley de gravedad

El famoso académico Victor Davis Hanson recordó esta semana que desde 1900, el partido que ocupa la Casa Blanca ha perdido escaños en la Cámara en aproximadamente el 90 % de las elecciones de medio término y en el Senado en un 75 %. Si comenzamos a contar después de la Segunda Guerra Mundial, la proporción para la Cámara también es de nueve de cada diez.

En política estadounidense, los midterms funcionan como una ley de gravedad. Sin embargo, la gravedad explica por qué algo cae; no necesariamente la violencia con la que golpea el suelo.

En 2010, Barack Obama perdió 63 escaños en la Cámara y seis en el Senado. Él mismo describió el resultado como una shellacking, es decir, una paliza.

Joe Biden tuvo más suerte en 2022. Llegó a esa elección con una aprobación cercana al 40 %, una inflación anual de 7,7 % y una población profundamente preocupada por el costo de vida. Según la lógica tradicional, los demócratas debían ser arrasados. Sin embargo, perdieron apenas nueve escaños en la Cámara y ganaron uno en el Senado.

La decisión de la Corte Suprema en Dobbs, que anuló la protección federal de Roe v. Wade, cambió la elección. El aborto movilizó a las mujeres jóvenes y a buena parte del electorado demócrata con más intensidad que la inflación. Biden seguía siendo impopular, pero los republicanos habían regalado a sus adversarios un tema todavía más poderoso.

Trump no tuvo ese salvavidas. Se le acumularon el costo de vida, la gasolina, Irán, aranceles, ICE, la corrupción y la sensación de que el gobierno había dejado de escuchar al votante promedio.

La comparación histórica más interesante no es solamente con Obama; es con Richard Nixon. El historiador escocés Niall Ferguson lleva tiempo explicando los rasgos “nixonianos” de Trump: la preferencia por grandes acuerdos entre potencias, el uso de aranceles, la obsesión con los enemigos, la realpolitik y el deseo de ser recordado como un gran “pacificador.” Ferguson presenta a Trump, en esencia, como una especie de revancha histórica de Richard Nixon. La elección de 1974 fue un veredicto sobre Nixon donde los demócratas ganaron abrumadoramente, y aquí en el 2026 ocurrió algo parecido.

Gasolina, ICE, corrupción

El tsunami se alimentó del costo de vida, la corrupción y el rechazo personal a Trump. La primera fue la más importante. Según la encuesta nacional de votantes de Associated Press, nueve de cada diez electores consideraron el costo de vida un factor crucial o importante. Dos tercios dijeron que las propias políticas de Trump habían contribuido a la inflación.

Las cifras macroeconómicas, sin embargo, no describían un desastre. El desempleo rondaba un saludable 4,2 %, el mercado bursátil había subido durante buena parte del año y la inversión en inteligencia artificial sostenía un crecimiento considerable. Pero una economía puede verse extraordinaria desde un centro de datos y sentirse terrible desde la caja de un supermercado.

Para muchos americanos, Irán puede ser una abstracción, pero la gasolina nunca lo es. La gente tiene memoria corta para la geopolítica, pero recuerda perfectamente cuánto pagó la última vez que llenó el tanque. Seis de cada diez votantes dijeron estar muy preocupados por el precio de la gasolina y el diésel; cerca de dos tercios de ese grupo votaron por los demócratas. La guerra ocurría a miles de kilómetros, pero su factura aparecía todas las semanas.

La segunda corriente fue la inmigración. Muchos hispanos que apoyaron a Trump en 2024 querían orden en la frontera, pero el 57 % consideró que la aplicación de las leyes migratorias había ido demasiado lejos y seis de cada diez desaprobaron a ICE. Hubo manipulación política y mediática, sin duda; pero las operaciones terminaron siendo vistas como crueles, indiscriminadas o incompetentes. Esa percepción tuvo consecuencias electorales.

Los resultados entre los hispanos son una advertencia enorme para los republicanos. Apenas alrededor de un tercio apoyó a los candidatos republicanos a la Cámara, y el retroceso fue particularmente visible en Texas y el sur de Florida. El mismo votante puede querer control fronterizo y rechazar que sus vecinos, compañeros de trabajo o familiares vivan bajo una sensación de arbitrariedad. Los republicanos confundieron respaldo a la ley con tolerancia a cualquier forma de aplicarla.

Florida conservó la gobernación y su escaño en el Senado, en buena medida gracias a la maquinaria construida durante los años de Ron DeSantis. Pero el nuevo mapa no dio a los republicanos los escaños adicionales que buscaban y los demócratas rompieron la mayoría de la Cámara estatal.

Sobrevivió, pero con los nudillos blancos.

La tercera corriente fue la corrupción. Más de la mitad de los votantes la consideró crucial y argumentaron que Trump prioriza sus intereses personales por encima de los del país. Esto explica por qué el paralelo con 1974 resulta tan potente. Una población puede soportar errores, contradicciones e incluso cierta incompetencia. Lo que tolera mucho menos es sentir que el sacrificio se distribuye hacia abajo mientras los beneficios se concentran arriba.

Relativo pero cierto

El tecnólogo David Friedberg, del famoso podcast “All In”, ha explicado muy bien que el bienestar humano no es absoluto; es relativo. Las personas necesitan sentir que progresan, pero además necesitan percibir que ese progreso guarda alguna relación razonable con el de quienes las rodean.

Un ciudadano puede tener un teléfono mejor que el de un millonario de hace treinta años y, al mismo tiempo, sentirse económicamente estancado. Puede vivir en el país más rico de la historia y concluir que el sistema dejó de funcionar para él. Ambas cosas pueden ser ciertas.

La inteligencia artificial agudiza la contradicción. Anthropic y OpenAI crearán fortunas impresionantes y convierten a empleados jóvenes en millonarios. Esa riqueza refleja innovación y riesgo reales. Pero mientras unos ven multiplicarse su patrimonio, millones se preguntan si conservarán su trabajo, por qué aumenta la electricidad y cómo comprarán una vivienda.

Siete de cada diez votantes dijeron que la economía favorece a los ricos y apenas tres de cada diez que es justa para el ciudadano común. La gran mayoría de los votantes creen que la inteligencia artificial terminará perjudicando más de lo que ayudará a la sociedad. Una economía puede crecer mientras su contrato social se debilita.

Estados Unidos conoció una tensión parecida durante la Gilded Age, la época de los grandes monopolios y los «barones ladrones». La respuesta llegó con Theodore Roosevelt y, décadas después, con el New Deal de Franklin D. Roosevelt.

No estoy diciendo que Estados Unidos esté destinado a elegir a un socialista en 2028. Pero sí creo que las condiciones para el “socialismo democrático” de Bernie Sanders o el DSA— se están volviendo considerablemente más probables debido a todas estas causas.

Algunos pronostican que el mundo estará en una lucha constante entre socialistas y nacionalistas. Espero que se equivoquen. Pero la desigualdad, la polarización y una tecnología que amenaza profesiones enteras empujan al electorado hacia los extremos. Hobbes lo describió: cuando abunda el miedo, el Leviatán se vuelve más atractivo. Por ende, las cosas en términos generales pueden andar bien, pero para muchos en términos relativos no. Y al final del día, eso es lo que más cuenta.

Un teléfono y un lápiz

Cuando el Congreso dejó de acompañarlo en su segundo término, Obama recordó que tenía un “teléfono y un lápiz” para seguir gobernando. Trump tendrá que recurrir a una versión de la misma estrategia. Los demócratas ahora podrán bloquear leyes, investigar los negocios que rodean a la Casa Blanca, condicionar presupuestos y frenar nombramientos. No es poca cosa.

Pero en política exterior, la Constitución concede al Ejecutivo un margen considerable: dirige la diplomacia, negocia con otros gobiernos y comanda las Fuerzas Armadas, aunque el Congreso conserve el poder de aprobar presupuestos, legislar y confirmar nombramientos. Clinton actuó en Kosovo y Obama negoció con Irán y Cuba cuando sus proyectos internos encontraban resistencia en el Congreso. Trump, que ya no puede presentarse a otra elección, tiene muchos motivos adicionales para buscar su legado fuera de Washington.

Si se cree la noticia de que el país persa estaba muy cerca de adquirir su bomba nuclear, es desde esa premisa que se tiene que analizar el cálculo de la Casa Blanca. Si Trump tenía que escoger entre pagar un precio electoral ahora o pasar a la historia como el presidente que permitió a los ayatolás conseguir el arma. Es una especie de Truman al revés: Truman utilizó la bomba atómica para terminar una guerra; Trump inició una guerra para impedir que otro régimen obtuviera la bomba. Ambas decisiones extraordinariamente difíciles, y en este caso, un dilema mucho más complejo que los memes de «no más guerras extranjeras».

El mayor perdedor político podría terminar siendo J. D. Vance. Construyó buena parte de su marca contra las guerras interminables y ahora es vicepresidente de una administración que lleva meses en una. Si Irán termina mal, su candidatura de 2028 podría quedar seriamente dañada.

Muchos venezolanos han puesto sus esperanzas en Trump, y a mi juicio con mucha lógica: hizo lo que otros presidentes no se atrevieron a hacer. Rubio, además, entiende la región y conoce el problema venezolano mejor que muchos.

Por ende, hay una oportunidad dorada de dos años para convertir ese liderazgo poco convencional en algo que sobreviva a Trump: elecciones auténticas, reglas para la inversión, acuerdos petroleros y una relación de seguridad de largo plazo. Por ejemplo, una base militar estadounidense me parecería un logro extraordinario. Una instalación así crea intereses estratégicos, infraestructura y relaciones militares que no desaparecen con una firma del siguiente presidente.

El nuevo Congreso puede contener los peores impulsos de Trump: la arbitrariedad, los conflictos de interés y la confusión entre negocios privados y política de Estado. En otras palabras, aprovechar su audacia y al mismo tiempo saber exigir límites.

La sabiduría colectiva

En La República, Platón pone en boca de Sócrates una crítica a la democracia. Imagina un barco cuyo timón disputan marineros que no saben navegar. La multitud puede darle el poder al que mejor

habla, o al más persuasivo, no al que sea más conveniente. La historia ofrece muchos ejemplos de esa locura colectiva.

Pero también existe la sabiduría de las multitudes. Y el electorado estadounidense, a mi juicio, siempre la ha demostrado. Los mismos ciudadanos que llevaron a Trump a la Casa Blanca en 2024 decidieron limitar su poder dos años después. Vieron errores y excesos, y votaron para corregirlos.

Entiendo el miedo de los venezolanos al ver a Sanders, Ocasio-Cortez y el DSA celebrar el gigantesco triunfo demócrata. La preocupación es legítima. El DSA pidió este mismo año el regreso de Maduro a Venezuela y la desestimación de su causa penal. También acaba de celebrar que cuadruplicó su presencia en el Congreso. No estamos hablando de una izquierda imaginaria.

Pero esa izquierda no ganó la Casa Blanca. Trump sigue allí, y Rubio también. Mi apuesta es que Venezuela y Cuba serán libres antes de que termine el segundo mandato de Trump. Aunque con Irán no tengo la misma certeza: su régimen es una maquinaria religiosa y militar mucho más radical.

Pero lo cierto es que la derrota republicana obligará a Trump a buscar buena parte de su legado en política exterior. América Latina, con Rubio al frente, ofrece esa oportunidad histórica. Y el nuevo Congreso puede terminar siendo muy útil: más escrutinio de los negocios y conflictos de interés, menos espacio para la arbitrariedad y mayores incentivos para que los acuerdos con Venezuela tengan sustento institucional y sobrevivan al presidente que los negoció.

María Corina Machado construyó su relación con Washington sobre bases bipartidistas, no sobre la suerte electoral de Trump. En enero se reunió con senadores demócratas y republicanos. Y después de regresar a Venezuela en octubre, agradeció públicamente a Trump y a Rubio el papel que jugaron para abrir el camino de la transición. Fue una decisión inteligente: reconocer a quienes hicieron posible su regreso sin hipotecar la causa venezolana a un solo partido.

Mi consejo a los venezolanos es que no confundan la derrota de medio término de los republicanos con una derrota nuestra. Hoy se abre una ventana de dos años con un presidente obsesionado con dejar un gran legado de “libertador”, un secretario de Estado que conoce nuestra región y un Congreso con capacidad para frenar algunos de sus peores excesos. Eso puede ser muy positivo.

Ahora, si esta tendencia hacia la izquierda se mantiene y en el 2028 llega AOC o un candidato del DSA a la Casa Blanca, ya ahí estamos hablando de otra tema distinto. Pero si eso sucede el problema ya no será solo venezolano, sino mundial. Por ahora, seguimos encaminados.

Jesús A. Riera S.

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