Lo golpeaban en lo alto del Perú, aún con la cicatriz de las cadenas por los tobillos y las encías reverdecidas de mascar la coca. Percutían la basura de otros, cajas que transportaron frutos y panes como esclavos en los barcos. Lo golpeaban los marginados, lo apaleaban entre las alpacas, bajo el Cuzco, en los retablos y entre cerámicas, con la agónica compañía de ocarinas y zampoñas, de voces ancestrales y flores de la canela. Fue terremoto bajo las palmas de los negros.
El cajón
Narraciones que combinan vivencias y ficción con un claro propósito reflexivo
En 1977, Paco de Lucía posó sus pies sobre la ciudad de Lima. Bajo el ensueño que evoca la memoria, bajo el viejo puente del río y la alameda escuchó aquellos golpes y sintió latir la tierra. Descubrió, en derredor a Chabuca Granda, un instrumento que retumbaba noche y negritud, y que sería tan nuestro como suyo, tan suyo como nuestro, marginales músicos de ritmo y sangre. El maestro hizo hueco entre equipajes y lo trajo a España.
“Despreciado por los blancos y acariciado por los negros” dijo alguien alguna vez.
En Casa de Campo, en el teatro de su parque de atracciones, entre el sexteto de genios, Rubem Damtas acariciaba el cajón, mostrándole a los gitanos una nueva forma de percusión, una caja de madera donde salpicar compás y abolengo. En el público se econtraba la descendencia de Habichuela, la dinastía de Porrina y la infancia de los flamencos, que admiraban sin límites la fiebre de los golpes.
De Pititi, Chocolate y Rafael Santa Cruz a Antonio Carmona, Ramón Porrina y Piraña. De la flor de la canela al barrio negro, de la zamacueca a la soleá, del landó a los tangos y del festejo a las bulerías. El cajón es África en Perú y Rom en España, es raza y marginalidad, las esquinas de la ciudad donde se esconde el ritmo, el tañir de los ancestros, martillos en la veta y martillos en la fragua.
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