Hay vidas que no pasan: irrumpen. Que no se conforman con existir, sino que se empeñan en significar. Vladimiro Mujica fue una de esas presencias que iluminan y desordenan, que incomodan y acompañan, que nos recuerdan que pensar, conversar y amar al país también son actos de valentía.
El morral que nos dejó Vladimiro Mujica
La partida de Vladimiro Mujica deja un vacío en la diáspora venezolana, recordando su legado a través del morral que simboliza su vida.
Su partida, aquel 26 de abril de 2026, no apagó solo un celular ni silenció un WhatsApp madrugador. Apagó una voz que hacía falta: la del humor que desarma, la del científico que duda, la del amigo que escucha, la del venezolano que cree. Desde entonces hablamos desde el sentimiento, con ese dolor que se instala cuando un amigo se va dejando atrás su morral.
Ese morral —su marca registrada— era más que un accesorio. Era una declaración de principios: boletos de avión, papeles arrugados, ideas a medio nacer, libros subrayados, sueños tercos y desencantos que nunca lo vencieron. Allí cargaba su vida entera, menos un peine, porque siempre tuvo prioridades más altas que la vanidad. Era su forma de recordarnos que la existencia es un viaje permanente y que siempre hay algo por aprender, corregir o intentar.
Fiel a su estilo, incluso su partida tuvo ironía. Escogió México para echarnos el peor chiste de su vida: irse sin aviso. Un chiste cruel, inesperado, que nadie rió. Pero dejó una pista en su último artículo, El Cisne Negro, donde escondió inquietudes que hoy leemos como despedida. Como esos caballeros andantes que se pierden en el horizonte confiando en que quienes quedan sabrán entender el mensaje.
Vladimiro Mujica vivió varias vidas a la vez. Fue el científico riguroso que buscaba la verdad sin atajos; el docente paciente que entendía que enseñar es un acto de amor; el luchador social que jamás aceptó que la injusticia fuera costumbre; el político conversador —no conversó— que creía en el diálogo como puente y no como trinchera. Su amistad era un regalo que no se exige ni se compra: lealtad, humildad, humor y una fe obstinada en el trabajo en equipo.
En VenAmérica y en cada organización que tocó dejó una arquitectura moral: rigor, cariño, terquedad y esperanza. Veía la diáspora no como dispersión, sino como siembra. Cada venezolano fuera del país era, para él, una raíz viva alimentando la posibilidad de una Venezuela decente, posible, respirable. Nos pedía recablear los miedos y convertirlos en valentía colectiva.
Hablaba del regreso a casa no como consigna política, sino como travesura moral: volver a un país donde uno pueda respirar hondo y decir “Aquí pertenezco”. Un país donde se pueda bailar salsa sin miedo, aunque él bailara con dos pies izquierdos, lanzándose igual a la pista con torpeza y alegría porfiada.
Hoy no lo despedimos: asumimos su tarea. Nos dejó la responsabilidad de ser científicos de nuestra propia historia y artesanos de nuestra esperanza. Su legado no está en un libro ni en una institución: está en nosotros, en cada persona que tocó con su palabra y su ejemplo.
Hoy ponemos su nombre en manos de Dios.
Vuela alto, mi pana.
Ahora nosotros llevamos tu morral.
Nelson Oxford*
*Presidente de VenAmérica
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