No hay duda de que el 2017 ha sido un año de gran agitación política, marcado por la búsqueda de cambios que desafíen el statu quo, poniendo a prueba el equilibrio y la armonía, tanto nacional como internacionalmente.

Justo para terminar el año, una mayoría de países se ha alineado contra del presidente Donald Trump, en rechazo a su decisión unilateral de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel.

Esto significa un gran revés para su liderazgo en el mundo.

El pronunciamiento de la mayoría de los miembros de Naciones Unidas en contra del reconocimiento de EEUU, aunque no fue vinculante, representó una condena extraordinaria a la decisión más controversial de Trump en política exterior.

A pesar de lanzar amenazas de retirar la ayuda financiera a los países que no le apoyaran, Estados Unidos sufrió una contundente derrota en la ONU pero fue un golpe aún mayor a la figura del Presidente.

Hasta ahora, aliados leales como Gran Bretaña siempre habían estado del lado de Estados Unidos, pero la decisión de La Casa Blanca sobre Jerusalén al parecer cruzó la línea.

Para Trump, el fracaso en la ONU no debería ser una sorpresa, pues cuando hizo su tan esperado anuncio a principios de diciembre nadie, a excepción de Israel, se ofreció a darle su respaldo.

El líder palestino Mahmoud Abbas respondió diciendo que Estados Unidos ya no podía ser considerado un interlocutor imparcial, en las negociaciones que están supuestas a lograr un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos.

Seguramente, otros países tienen la misma opinión.

Ahora no hay duda de que si alguna vez se logra una solución al problema entre Israel y Palestina, Estados Unidos tendrá que desempeñar un papel importante, aunque solo sea porque el Gobierno israelí siempre vea a Washington no sólo como negociador pero también como el garante por excelencia de un acuerdo.

Durante los últimos 50 años, todos los presidentes de Estados Unidos han intentado encontrar una salida negociada al conflicto palestino.

El expresidente Bill Clinton fue quien más cerca estuvo de lograr un acuerdo, aunque Yasser Arafat, el líder palestino anterior, finalmente rechazó su plan de paz en 2001.

Desde entonces, ha habido muy pocos avances, ya que la mayoría de los países considera que la única respuesta es la creación de dos estados.

Es cierto que Trump dijo en su campaña electoral que buscaría hacer algo diferente en el Medio Oriente y planteó la cuestión de la reclamación israelí de Jerusalén y su rechazo a la propuesta de los dos estados.

De alguna manera, algo más debe hacerse para romper el estancamiento entre Israel y Palestina.

Probablemente Trump pensó que al reconocer a Jerusalén como la capital legítima de Israel inyectaría un nuevo impulso, que obligaría a las partes a avanzar en las negociaciones.

Pero si hay alguna decisión política que puede provocar el efecto contrario es el tema de Jerusalén.

Solo Israel se vería beneficiado de tal decisión.

Es incuestionable que el estilo de Trump desafía las normas establecidas y en este caso literalmente arrojó el guante a la ONU, esperando que los demás países lo apoyaran, pero sus cálculos fallaron.

Es difícil ver cómo se puede alcanzar algún progreso en el Medio Oriente, si Trump no cambia su posición respecto a Jerusalén.

Por lo pronto, Trump es un héroe para los israelíes, aunque el resto del mundo se oponga a él.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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