Cuando los griegos comenzaron a preguntarse por la mejor forma de gobierno, no partieron de una teoría abstracta sobre el Estado ni de un catálogo de derechos individuales. Partieron de una realidad mucho más concreta: la polis. Allí nació la política como disciplina y allí apareció por primera vez una comprensión del pueblo que marcaría todo el pensamiento occidental durante más de dos mil años.
El pueblo de la polis
Existe, además, otro aspecto decisivo en la experiencia griega. El pueblo no era únicamente una realidad jurídica. Era también una realidad moral
La polis era el espacio, hábitat o ethos, de la libertad y de la excelencia humanas. Era una forma de vida. Su territorio podía ser reducido y su población apenas alcanzar algunos miles de habitantes, pero en ella se desarrollaban todas las dimensiones fundamentales de la existencia humana: la familia, la religión, la educación, la guerra, el comercio, la justicia y el gobierno. Para un griego, vivir fuera de la polis no significaba únicamente carecer de protección jurídica; significaba quedar privado del ámbito natural donde el hombre podía realizar plenamente su condición racional y política.
No es casual que Aristóteles definiera al hombre como zóon politikón, un viviente político. La expresión suele interpretarse superficialmente como si el ser humano estuviera naturalmente inclinado hacia los partidos, las elecciones o las instituciones públicas. Nada más lejos del pensamiento aristotélico. El hombre es político porque solo alcanza su plenitud dentro de una comunidad ordenada al bien común. La política no constituye una actividad especializada reservada a los gobernantes; es una dimensión de la propia naturaleza humana.
Esta afirmación permite comprender por qué el pueblo ocupaba un lugar tan importante en la polis. El pueblo no era el destinatario de la política. Era su protagonista. La ciudad existía para hacer posible una vida buena compartida, y esa vida solo podía configurase mediante la participación responsable de los ciudadanos.
Aquí aparece una diferencia con buena parte del pensamiento moderno. Para los griegos, el hombre no precedía a la comunidad política como una realidad completamente autónoma que luego decidía asociarse mediante un contrato. Desde el nacimiento, cada persona era introducida en una trama de relaciones familiares, religiosas, educativas y cívicas que hacían posible su propio desarrollo. La comunidad no era un límite impuesto desde fuera; era la condición de posibilidad de florecer humanamente.
Esta idea aparece ya en Homero. Aunque sus poemas pertenecen a una época anterior a la polis clásica, muestran una sociedad donde el honor, la fama y la pertenencia a una comunidad constituyen elementos inseparables de la identidad personal. Aquiles no combate únicamente por sí mismo. Héctor no muere solamente por su familia. Ambos representan a un pueblo, una ciudad y una tradición.
Con Heródoto y Tucídides esta conciencia adquiere un carácter propiamente político. La defensa de Grecia frente al Imperio persa no se presenta simplemente como una lucha militar, sino como la protección de una determinada forma de vida. Los griegos aparecen unidos por sus dioses, su lengua, sus costumbres y su cultura, constituyen una civilización capaz de reconocerse frente a aquello que consideran extraño.
Es significativo que Heródoto mencione precisamente esos elementos cuando explica qué mantiene unidos a los helenos: la sangre compartida, la lengua común, los santuarios de los dioses y unas costumbres semejantes.
Sin embargo, será con Platón donde el concepto de pueblo adquiera una profundidad filosófica desconocida hasta entonces.
La experiencia ateniense había mostrado tanto las posibilidades como los peligros de la democracia. Atenas había alcanzado un extraordinario esplendor cultural precisamente bajo un régimen democrático. Pero esa misma democracia había condenado a muerte a Sócrates. La pregunta era inevitable: ¿puede el pueblo gobernar justamente?
Platón responde con cautela. Su crítica no se dirige al pueblo como comunidad política, sino a una democracia degradada que confunde libertad con ausencia de autoridad e igualdad con indiferenciación absoluta. En el libro VIII de La República, describe cómo una democracia puede degenerar cuando cada individuo convierte sus deseos particulares en la medida de todas las cosas. Allí donde desaparece toda jerarquía, toda educación moral y toda autoridad legítima, la ciudad termina gobernada por los apetitos más inmediatos.
La observación conserva una notable actualidad. Platón advierte que el mayor enemigo de la democracia no siempre procede desde fuera. Puede surgir desde el interior de la propia democracia cuando el pueblo deja de comportarse como una comunidad racional y comienza a actuar como una suma de voluntades particulares incapaces de reconocer un bien común.
Por eso Platón distingue cuidadosamente entre el pueblo y la multitud. La multitud puede entusiasmarse con facilidad, dejarse seducir por los demagogos y cambiar de opinión según las emociones del momento. El pueblo, en cambio, solo existe cuando la educación, las leyes y las instituciones forman ciudadanos capaces de gobernarse a sí mismos.
No es casual que el gran adversario de Platón sea precisamente el demagogo. El demagogo no crea un pueblo. Lo destruye. Sustituye la deliberación por la emoción, el juicio por el aplauso, la verdad por la adulación. No conduce a los ciudadanos hacia el bien común; simplemente aprende a interpretar sus pasiones para utilizarlas en beneficio propio.
Aristóteles a diferencia de su maestro, contempla con mayor simpatía la posibilidad de una participación amplia de los ciudadanos en el gobierno. Pero introduce inmediatamente una condición esencial: esa participación debe encontrarse sometida a la ley y orientada hacia el bien común.
En La Política, Aristóteles clasifica las formas de gobierno según dos criterios: quién gobierna y para qué gobierna. Cuando uno gobierna para el bien común existe monarquía; cuando unos pocos gobiernan para el bien común existe aristocracia; cuando muchos gobiernan para el bien común existe la politeia, que algunos traducen como república o régimen constitucional. Todas ellas poseen versiones corrompidas. La monarquía degenera en tiranía; la aristocracia en oligarquía; y la democracia —entendida aquí en su forma desviada— aparece cuando la mayoría gobierna exclusivamente en beneficio de sí misma.
Esta clasificación suele desconcertar al lector contemporáneo. ¿Cómo puede Aristóteles considerar la democracia una forma degradada? La respuesta se encuentra precisamente en el significado del pueblo. Cuando el conjunto de los ciudadanos actúa buscando el bien común, Aristóteles no habla de democracia, sino de politeia. Reserva el término democracia para aquellos casos en que la mayoría utiliza el poder únicamente para favorecer sus propios intereses frente al resto de la comunidad.
La diferencia es extraordinariamente importante. Lo decisivo no es cuántos gobiernan, sino cómo entienden el bien político. Un pueblo deja de ser propiamente pueblo cuando una parte de la comunidad pretende utilizar el poder contra las demás partes. En ese momento aparece la facción.
Aquí encontramos una clave comprensiva de la filosofía política clásica. El pueblo nunca coincide con una facción. Las facciones representan intereses legítimos o ilegítimos, pero siempre parciales. El pueblo, en cambio, designa la totalidad de la comunidad política. Cuando una facción consigue identificarse con el pueblo entero, la vida política comienza a corromperse.
No deja de resultar llamativo que esta advertencia atraviese veinticinco siglos de historia para llegar hasta nuestro presente. Gran parte del lenguaje político contemporáneo consiste precisamente en afirmar que una parte representa al verdadero pueblo mientras las demás serían enemigas de este. El esquema se repite una y otra vez: el pueblo auténtico frente a las élites, frente a los privilegiados, frente a los extranjeros, frente a los ricos, frente a los pobres o frente a cualquier otro grupo definido como ajeno a la comunidad verdadera. Aristóteles habría reconocido inmediatamente el peligro. Allí donde una parte se identifica con el todo, el pueblo comienza a desaparecer.
Existe, además, otro aspecto decisivo en la experiencia griega. El pueblo no era únicamente una realidad jurídica. Era también una realidad moral.
La polis dedicaba enormes esfuerzos a la educación de sus ciudadanos. La paideia no consistía simplemente en transmitir conocimientos. Formaba el carácter, enseñaba las virtudes cívicas y preparaba a los jóvenes para participar responsablemente en la vida pública. Gobernar una ciudad exigía ciudadanos capaces de gobernar sus pasiones, deliberar con prudencia y reconocer que el bien común era superior al interés inmediato.
Por eso los griegos nunca separaron completamente política y educación, politeia y paideia. Sin ciudadanos virtuosos no podía existir una buena comunidad política. Ninguna constitución bastaba por sí sola para sostener la ciudad si el pueblo perdía las virtudes necesarias para conservarla.
Esta enseñanza constituye probablemente la mayor herencia que la polis dejó a Occidente. Un pueblo no nace espontáneamente. Se forma. Requiere tiempo, memoria, instituciones y educación. Necesita leyes, pero fundamentalmente hábitos. Precisa libertad, pero igualmente responsabilidad. Sobre todo, exige ciudadanos que se reconozcan mutuamente como miembros de una empresa común.
Los romanos heredarán esta intuición y la llevarán todavía más lejos. Si Grecia descubrió el pueblo como comunidad política, Roma lo convertirá en una comunidad jurídica e histórica capaz de sobrevivir durante siglos. Allí el populus alcanzará una profundidad desconocida hasta entonces y dará origen a una idea que todavía hoy continúa siendo el fundamento de toda auténtica república: la res publica, la cosa que pertenece al pueblo porque el pueblo, antes que una multitud, es una comunidad unida por el derecho, la memoria y el bien común.
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