martes 6  de  octubre 2026
Opinión

El negocio perfecto: ganan aunque destruyan al inversor

Cambiarán los sectores de moda, aparecerán fondos nuevos y quizás entrará dinero nuevo. Pero se producirán pérdidas nuevas, y se volverá a hablar del cuchillo que cae.

Por Mookie Tenembaum

En julio de 2026 las acciones de semiconductores cayeron con fuerza. El índice de referencia perdió más del 20% en pocas semanas y fue su peor mes desde la crisis financiera de 2008. Miles de inversores pequeños hicieron entonces algo que la lógica del mercado suele desaconsejar, compraron más.

Sin embargo, demandaron fondos cotizados que prometen multiplicar por dos o por tres el movimiento diario de esas acciones. Un fondo cotizado, conocido por su sigla en inglés ETF, es un instrumento que agrupa varias acciones y se transa en la bolsa como si fuera una sola. Ciertos ETFs apalancados usan contratos derivados para entregar cada día el doble o el triple del rendimiento de un índice.

El resultado fue el esperado. Mientras el índice caía 20%, algunos de estos fondos apalancados perdían entre 70% y 86% de su valor. Y sin embargo hacia esos mismos productos entraron miles de millones de dólares.

La prensa financiera contó, como siempre, la historia del inversor imprudente. Habló de comprar en la caída y de atrapar el cuchillo que cae. Esa es la historia fácil, no es la más importante.

Cómo funciona el producto

Un ETF apalancado no compra y mantiene las acciones, usa derivados para perseguir un objetivo diario, no anual. Ese detalle es la clave de todo, porque el apalancamiento se reinicia cada jornada. En un mercado que sube y baja con fuerza, ese reinicio diario destruye valor de forma sistemática aunque el activo termine el año en el mismo nivel donde empezó.

Es un producto pensado para plazos muy cortos y quien lo sostiene semanas o meses, sobre todo en momentos de mucha volatilidad, suele perder una parte grande del capital aunque haya acertado la dirección general del mercado. Eso no es un defecto escondido sino la mecánica del producto y la conocen quienes lo emiten.

El negocio del emisor

Los emisores cobran comisiones anuales altas, entre 0,9% y 1,5% del patrimonio del fondo. Esa comisión se cobra mientras el producto exista, gane o pierda el inversor. Cuanto más dinero entra, más cobran; y cuanto más tiempo permanece ese dinero adentro, más cobran.

Lanzar un producto nuevo cuesta relativamente poco. Se estructura, se genera, se promociona y se espera a ver si atrae dinero, si fracasa se cierra. En los primeros siete meses de 2026 ya se habían cerrado 73 fondos apalancados, el triple que en todo 2025. La industria lanza cientos de productos nuevos cada año, y una parte grande de ellos nunca recauda suficiente dinero para sobrevivir. Entre tanto, el emisor ya cobró mientras estuvieron vivos.

Esto genera una asimetría profunda. El inversor asume el riesgo de perder capital de forma permanente por la volatilidad y el desgaste diario. El emisor asume apenas el riesgo de que el producto no convoque dinero suficiente. El riesgo está desbalanceado a favor de quien vende el producto.

Por qué se regula poco este desajuste

La regulación, cuando aparece, suele concentrarse en el lado del inversor. Corea del Sur, donde estos productos se volvieron muy populares, respondió a pérdidas masivas con un límite del 20% del patrimonio total que un inversor individual puede destinar a estos fondos. También triplicó el depósito mínimo exigido para operar con ellos y obligó a quien nunca operó antes a completar varias jornadas de práctica simulada antes de poder comprar con dinero real.

Es decir, se educó y se restringió al comprador. Se intervino poco sobre el diseño del producto o sobre los incentivos para los vendedores.

Esta es una constante, se regula el acceso, se exigen advertencias y se pide formación previa. Se habla de proteger al inversor pero queda intacto el modelo que permite el lanzamiento en masa productos cuyo diseño matemático castiga a quien los sostiene más de unos días. Mientras las comisiones sean altas y el costo de fracasar sea bajo, el incentivo para producir estos instrumentos permanece.

No se trata de prohibir el apalancamiento, existen usos legítimos de estos productos en plazos de horas o de pocos días. Se trata de reconocer que, cuando el producto se ofrece en masa al público general como una forma de exponerse con más fuerza a un sector de moda, se vende algo cuya estructura de costos no está alineada con el interés de quien lo compra.

Quién paga la factura

Al final, quien paga es siempre el mismo, el inversor final. Muchas veces alguien que no entiende del todo la diferencia entre un fondo cotizado tradicional y uno apalancado de reinicio diario, o ve que un sector es el tema del momento y cree que compra una versión más agresiva de esa misma apuesta. Lo que compra en realidad es un instrumento que cobra caro por un riesgo asimétrico y que tiende a erosionar el capital cuando la volatilidad es alta.

El emisor construyó mientras tanto un negocio que prospera aunque la mayoría de sus productos fracasen para el cliente. Eso no es un mercado eficiente en el sentido clásico. Es un mercado donde una de las partes tiene un modelo de cobro de comisiones que sobrevive incluso cuando el producto no cumple la promesa implícita de generar valor para quien lo sostiene.

Mientras la conversación pública siga centrada en la imprudencia del pequeño inversor y no en el diseño de los incentivos de quien le vende el producto, el ciclo se repetirá. Cambiarán los sectores de moda, aparecerán fondos nuevos y quizás entrará dinero nuevo. Pero se producirán pérdidas nuevas, y se volverá a hablar del cuchillo que cae.

El cuchillo, en realidad, ya estaba afilado del lado de quien lo fabricó.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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