ver más
OPINIÓN

Elogio de las hermanas

La novela La hermana de Sándor Márai, escrita en 1946 y considerada la última que publicó en Hungría antes de su exilio, explora el dolor, la enfermedad, el amor y la búsqueda de sentido

Por ZOÉ VALDÉS

La vida no se sostiene únicamente sobre los grandes acontecimientos históricos, sino también sobre los vínculos silenciosos que nos acompañan cuando todo lo demás desaparece. Entre esos vínculos, la figura de la hermana ocupa un lugar singular. No siempre es protagonista. A veces aparece como una presencia apenas insinuada, una voz, una compañía, una promesa de regreso o una memoria que nos salva. Sin embargo, cuando la literatura la invoca, suele hacerlo para hablar de algo más profundo: la fidelidad a la vida.

La novela La hermana de Sándor Márai, escrita en 1946 y considerada la última que publicó en Hungría antes de su exilio, explora el dolor, la enfermedad, el amor y la búsqueda de sentido a través de la historia de un pianista enfrentado a la proximidad de la muerte. Por su parte, Hermana de Jon Fosse, publicada en español en 2024, contempla el mundo desde la mirada de un niño de cuatro años que comparte sus descubrimientos con una hermana menor en un paisaje rural junto al mar.

A primera vista, ambas obras parecen alejadas entre sí. Márai escribe desde las ruinas morales de la Europa de posguerra; Fosse lo hace desde la transparencia de la infancia. Uno se mueve entre hospitales, sufrimiento y crisis existenciales; el otro, entre juegos, preguntas y horizontes marinos. Sin embargo, existe entre ellos una corriente secreta. Ambos convierten la figura de la hermana en una metáfora de aquello que permanece cuando el mundo se vuelve incierto.

La Europa en la que Márai escribe La hermana es una Europa herida. Las ciudades han sobrevivido a la guerra, pero los espíritus aún intentan comprender qué ha ocurrido. No resulta casual que el protagonista sea un músico. En Márai, el arte siempre aparece como una forma de resistencia frente al caos.

El pianista conocido como Z. atraviesa una experiencia límite. La enfermedad lo conduce a un hospital florentino donde deberá enfrentarse no sólo al deterioro físico, sino también a las preguntas esenciales de la existencia.

La novela gira alrededor del sufrimiento, pero no es una novela pesimista. En realidad, constituye una exploración de la capacidad humana para regresar a la vida desde sus fronteras más oscuras.

En medio del dolor aparece una voz femenina que le susurra: “no quiero que mueras”. Esas palabras actúan como una fuerza transformadora.

La hermana de Márai no es solamente una persona concreta. Es una energía espiritual. Representa aquello que llama al ser humano de regreso cuando está a punto de perderse.

La literatura europea ha conocido muchas figuras salvadoras: Beatriz para Dante, Sonia para Raskólnikov en Dostoievski, la Dulcinea idealizada de Cervantes. La hermana de Márai pertenece a esa tradición de presencias que rescatan.

Pero hay algo particularmente conmovedor en ella. No rescata mediante discursos grandiosos ni mediante promesas heroicas. Lo hace desde la cercanía.

La hermana simboliza la fraternidad profunda que sobrevive al derrumbe de las ideologías, de los sistemas políticos y de las certezas históricas. Como en el poemario Hermana pequeña de la poeta venezolana Sonia Chocrón.

Después de la Segunda Guerra Mundial, esa intuición tenía un valor extraordinario. Márai comprendió que las grandes narrativas del siglo XX habían fracasado. Lo que quedaba eran personas concretas tratando de sostenerse unas a otras. La verdad ya no podía encontrarse en los discursos de poder. Debía buscarse en los vínculos humanos. Ese vínculo humano lo hallé yo en mi reciente viaje a Miami con una gran mujer, Iliana Lavastida.

Poco después de escribir esta obra, Márai abandonó Hungría y comenzó el largo camino del exilio. El exilio no consiste solamente en perder una patria. Consiste también en perder un lenguaje familiar. Perder las calles donde crecimos. Perder las voces que nos nombraban. Perder a los padres, a los amigos, y otros llegarán para oír nuestro llanto cuando ya no podamos más.

Toda la obra de Márai está atravesada por esa experiencia. Por eso resulta tan significativo que la palabra "hermana" aparezca en el título.

La hermana representa aquello que el exiliado intenta conservar cuando todo cambia. No es la posesión material. Tampoco es la identidad política. Es la relación humana. Podría decirse que la hermana es una patria afectiva. Incluso cuando uno cruza fronteras y cambia de idioma, sigue recordando el lugar donde aprendió a amar.

Las hermanas son, muchas veces, las guardianas de esa memoria. Ellas conservan relatos familiares, fotografías, canciones olvidadas, nombres que el tiempo amenaza con borrar; secretos dolorosos.

En muchas culturas, la hermana aparece como custodio de una verdad íntima. No la verdad abstracta de los filósofos. La verdad concreta de la experiencia compartida. Márai entendió que sin esa memoria afectiva la libertad corre el riesgo de convertirse en una soledad estéril.

En Hermana, Jon Fosse se sitúa en el extremo opuesto. Ya no estamos ante un hombre enfermo que mira retrospectivamente su vida. Nos encontramos frente a un niño que apenas comienza a descubrirla. La novela sigue a un pequeño de cuatro años que vive con sus padres y con una hermana menor cerca del mar. Juntos exploran el entorno mientras la voz protectora de la madre los llama constantemente a casa. La anécdota parece sencilla. Sin embargo, Fosse nunca escribe sobre cosas simples. Escribe sobre lo esencial. A través de la mirada infantil aparecen cuestiones fundamentales: el miedo, la libertad, la soledad, el misterio de la existencia y el descubrimiento del otro.

La hermana se convierte aquí en compañera de aventura. No es una figura que salva desde la distancia. Participa en el descubrimiento. Comparte el asombro. Mira el mismo cielo. Escucha el mismo mar.

Camina por los mismos senderos. La infancia posee una característica extraordinaria. Todavía no separa la realidad de la maravilla.

Y la hermana, para el niño de Fosse, forma parte de ese territorio innombrable todavía. Es alguien con quien se puede atravesar el límite entre lo conocido y lo desconocido. La libertad aparece entonces como experiencia compartida. Nadie aprende a ser libre completamente solo.

La libertad nace del encuentro. Del diálogo. De la confianza. De la compañía.

De ahí entonces que la relación fraterna ocupe un lugar tan central en la literatura universal. Porque nos enseña que la independencia auténtica no consiste en romper vínculos, sino en construirlos libremente.

Existe otro punto de convergencia entre Márai y Fosse. Ambos sospechan de las verdades grandilocuentes. Ninguno pretende explicar el universo. Ninguno ofrece doctrinas cerradas. La verdad aparece en escenas mínimas. En una voz escuchada durante la enfermedad. En un paseo infantil junto al mar. En una conversación. En un silencio.

En una mirada. En un festejo de vida, en un nacimiento celebrado. La hermana es portadora de ese tipo de verdad. No la impone. La encarna.

Las hermanas suelen ocupar en nuestras vidas un espacio singular porque tienen acceso a una versión de nosotros que nadie más conoce.

Conocen nuestras derrotas, tempranas y tardías. Nuestros miedos ridículos. Nuestros sueños secretos.

Han compartido con nosotros una etapa en la que todavía no existían máscaras sociales. Por eso pueden recordarnos quiénes somos. Y la verdad, muchas veces, consiste precisamente en eso. Recordar. Volver a ser. Recuperar una identidad que el tiempo había ocultado.

La libertad suele asociarse con la autonomía individual. Sin embargo, tanto Márai como Fosse sugieren algo diferente. La libertad auténtica nace en relación con otros. En Márai, la voz de la hermana libera al protagonista de la resignación ante la muerte. En Fosse, la compañía de la hermana permite explorar el mundo sin caer en la soledad absoluta. En ambos casos, la libertad no es aislamiento. Es confianza. La hermana se convierte así en una figura ética. Nos enseña a convivir con la diferencia. A compartir. A proteger sin dominar. A acompañar sin poseer.

Vivimos tiempos en los que exalta el éxito individual. Pero los grandes libros recuerdan que nadie llega solitario a ninguna parte. Siempre existe una persona que nos sostuvo cuando éramos vulnerables. Una voz que nos llamó por nuestro nombre. Una presencia que creyó en nosotros cuando nosotros mismos habíamos dejado de hacerlo. Muchos seres humanos encuentran esa experiencia en una hermana, real o heredada.

Celebrar a las hermanas significa celebrar una de las formas más antiguas y discretas del amor. No el amor romántico. No el amor heroico. Sino el amor cotidiano. El amor que acompaña. El amor que permanece. El amor que recuerda y cuida.

Las hermanas son a menudo las primeras testigos de nuestra historia.

Con ellas compartimos las geografías de la infancia. Los descubrimientos. Las pérdidas. Los miedos. Las alegrías. Son memoria viva. Y también promesa. Porque en ellas descubrimos algo esencial: la posibilidad de que la existencia sea compartida.

Márai las contempla desde la cercanía de la muerte. Fosse las contempla desde el nacimiento de la conciencia. Entre ambos extremos se despliega toda una vida. Y en esa vida la hermana aparece como compañera del viaje humano.

La vida se sostiene gracias a los vínculos que nos ayudan a cruzar la oscuridad. La hermana es una de las figuras más luminosas de esos vínculos. Representa la esencia frente al olvido. La compañía frente al miedo. La libertad frente al encierro. La verdad frente a la apariencia.

Y quizá por eso, al cerrar los libros de Márai y Fosse, comprendemos que las hermanas no pertenecen únicamente a la familia. Pertenecen al reino de las presencias necesarias. Feliz cumpleaños, hermana.

 NULL

    

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Temas

Deja tu comentario

Te puede interesar