Durante años el mundo aprendió sobre tierras raras, diecisiete metales con nombres de vieja mitología. Sirven para casi todo lo que zumba o brilla porque están en motores eléctricos, teléfonos, misiles y turbinas. No son escasas, pero lo difícil es refinarlas y separarlas porque ese proceso resulta sucio, caro y muy complejo; y durante décadas solo China aceptó cargarlo.
El resultado fue una concentración casi total. China produjo unas 270.000 toneladas de óxidos en 2024. El resto del planeta apenas alcanzó las 60.000 toneladas. Con ese dominio silencioso llegó también el poder. Y así, en 2010 recortó sus cuotas y los precios se multiplicaron por diez. Más tarde restringió el galio, el germanio y el antimonio. Luego, en 2025 sumó siete tierras raras pesadas y sus imanes. Como resultado, varias fábricas de automóviles europeas frenaron su producción en pocas semanas. Esa es la anatomía de un cuello de botella, donde un país controla el eslabón que nadie más quiere fabricar. Después convierte esa dependencia ajena en una llave propia que puede abrir o cerrar esa puerta cuando le conviene.
La era de la inteligencia artificial tiene sus propios cuellos de botella. Muchos señalan al centro de datos, un edificio grande y anónimo que guarda filas de computadoras trabajando sin descanso. Este consume enormes cantidades de electricidad y bastante agua y es el lugar donde ocurre el cálculo de estos modelos. Parece a primera vista el corazón de todo.
El centro de datos es en el fondo un galpón, todo lo que lo compone abunda por doquier. Hay tierra, hormigón, acero y tuberías en casi todas partes. Aunque levantarlo es lento y molesto para el vecino cercano, aun así, no es escaso en ningún sentido estratégico. Ningún país tiene el monopolio mundial del hormigón. El galpón nunca será una verdadera tierra rara, es apenas el envase que guarda lo valioso.
La escasez verdadera vive aguas arriba, está en todo lo que hay que fabricar antes, ahí reaparecen las tierras raras de esta época nueva.
Primero está la máquina que dibuja los circuitos diminutos. Los semiconductores modernos se graban con luz muy fina y una sola empresa en el mundo fabrica esas máquinas. La compañía es holandesa y responde al nombre de ASML. Ninguna otra creó algo semejante, y así, cada máquina cuesta varios cientos de millones de dólares, es del tamaño de un autobús y viaja en aviones. Todo circuito avanzado del planeta pasa por esa herramienta. Aunque China intenta copiarla con esfuerzo desde hace años, su primer prototipo no estará listo antes de 2028. Se trata de un solo proveedor, sin sustituto posible, en un solo lugar.
Después viene la fábrica que convierte el silicio en chips. Casi todos los circuitos más avanzados nacen en un mismo sitio, una empresa taiwanesa llamada TSMC produce cerca de nueve de cada diez. Sus competidores quedaron atrás por varios años de retraso. Por caso, Apple, Nvidia y casi toda la industria dependen de ella. Una isla pequeña concentra el nudo más delicado del mundo, aunque nadie eligió de forma deliberada esa fragilidad tan extrema.
Luego aparece la memoria veloz que alimenta esos circuitos y se la conoce como memoria de alto ancho de banda. Sin ella el procesador más caro queda quieto y hambriento. Apenas tres empresas fabrican casi la totalidad de esa memoria. Estas son SK Hynix, Samsung y Micron, y nadie más cuenta. Su producción entera está vendida por adelantado hasta 2027 y en los aceleradores nuevos esa memoria vale más que el procesador. Otro eslabón estrecho, otra vez apretado en muy pocas manos.
Por último, está lo más terrenal de toda la cadena. Para mover un centro de datos hace falta un transformador, un aparato pesado que regula el flujo de la energía. Conseguir uno nuevo puede demorar varios años. Estados Unidos importa una parte grande de ese equipo. El cuello de botella nunca fue el edificio en sí mismo, sino el hierro discreto que lo conecta con la red eléctrica.
Se suele comparar el centro de datos con la refinería, esta es una comparación cómoda y a la vez falsa. El galpón jamás fue el equivalente de la refinería porque en esta época es la máquina holandesa, pero es también la fábrica taiwanesa y la memoria coreana. Asimismo, el transformador que casi nadie sabe construir hoy es otro límite. Ahí vive la escasez que un rival puede usar como arma, ya no en el terreno donde se levanta un edificio.
La lección de las tierras raras fue una lección de eslabones. No importa demasiado quién ensambla el producto terminado, sino quién controla el paso que nadie más domina. Un país puede tener todos los edificios del mundo, pero depende de una sola máquina extranjera, por lo tanto, sigue atado de pies. La independencia real no se mide en metros cuadrados construidos, porque está en la capacidad concreta de fabricar lo difícil.
Por eso el debate sobre permisos y vecinos es un espejismo. Este discute el envase mientras el contenido llega entero desde afuera. Quien quiera evitar el viejo error debe mirar más arriba, a la luz que graba y el silicio, y la memoria que despierta y la corriente que enciende. El galpón siempre se podrá construir de nuevo mañana, pero la máquina que lo vuelve útil no se improvisa jamás. Esa es, al final, la única comparación que de verdad importa.
Las cosas como son.
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